Mundo ficciónIniciar sesiónCatalina De La Cruz jamás imaginó que su libertad sería arrebatada por un contrato que jamás firmó. Obligada por Axel Fort —el hombre más temido, arrogante y dominante del círculo empresarial— Catalina ve su vida trastocada al convertirse en esposa de alguien que afirma no tener corazón para dar. Para Axel, el matrimonio no es más que una obligación estratégica… y Catalina, un obstáculo que jamás pidió. Su pasado lo marcó profundamente: Geraldine, la única mujer a la que permitió entrar, traicionó su confianza y extinguyó cualquier rastro de bondad que pudiera habitar en él. Desde entonces, Axel Fort jura que no existe espacio para el amor en su pecho. Las mujeres, para él, no son más que piezas prescindibles en un mundo donde la lealtad no existe. Pero Catalina, con su dolor silencioso, su vulnerabilidad genuina y una fortaleza que ni ella conoce, empieza a abrir grietas en las paredes de hielo que Axel ha levantado. Lo que inició como un matrimonio impuesto se convierte lentamente en un campo de batalla emocional donde ambos descubren sentimientos que nunca planearon enfrentar. Y cuando la distancia entre ellos comienza a acortarse, aparece Andrea Manzanares: una mujer del pasado de Axel, seductora, peligrosa y dispuesta a todo… incluso a destruir a Catalina, con tal de recuperar al hombre que una vez quiso conseguir. Entre secretos, heridas del pasado y un amor que nace sin permiso, Catalina y Axel deberán decidir si siguen el camino marcado por el destino… o si luchan por un amor a voluntad.
Leer másEl sonido de los pasos resonaba por los pasillos amplios de la Universidad Cascabel, una de las más prestigiosas de Madrid. Catalina Cruz sostenía su carpeta contra el pecho mientras caminaba a paso ligero hacia el aula 304. Era la primera semana del programa de capacitación ejecutiva, un curso intensivo de doce meses que prometía abrirle muchas puertas.
Aquel lunes el aire estaba especialmente fresco, y el sol se filtraba por los ventanales altos, iluminando los corredores con un resplandor dorado. Catalina siempre llegaba temprano; no soportaba la idea de entrar cuando la clase ya había comenzado. Se sentó en su sitio habitual, en la tercera fila, cerca de la ventana. Sacó su cuaderno y comenzó a repasar sus apuntes de la jornada anterior. Le gustaba aprender, le gustaba esforzarse. Quizás por eso, Sofia —su mejor amiga y esposa de Naven Fort— siempre decía que Catalina tenía un alma noble, una paciencia infinita y una mente brillante, además de tener la fiesta en las venas, era alegre, pero también inocente. El murmullo de los estudiantes llenaba el aula cuando, de repente, la puerta se abrió. El silencio cayó de inmediato. Catalina levantó la vista… y su corazón se detuvo por un instante. Axel Fort. El mismísimo Axel Fort, director general de la universidad y hermano de Naven. No solía aparecer por las mañanas; todos sabían que su presencia se reservaba para las clases ejecutivas vespertinas o las reuniones con los inversores. Su sola figura imponía respeto. Vestía un traje gris oscuro perfectamente entallado, una corbata azul marino y una expresión tan serena como distante. Caminó hacia el escritorio con paso firme, y el murmullo nervioso volvió a elevarse entre los estudiantes. —Buenos días —saludó con voz grave, pausada, tan controlada que casi parecía medir cada palabra—. El profesor Morales no podrá asistir hoy, así que estaré a cargo de esta sesión. Catalina tragó saliva. No era la primera vez que lo veía, pero sí la primera que lo tenía tan cerca fuera de los eventos familiares. Ella y Axel eran padrinos de los hijos de Naven y Sofía; coincidían en cumpleaños o reuniones, pero siempre de manera fugaz. Y aunque él era cortés, jamás había cruzado límites de conversación con ella. Esa mañana, sin embargo, sus miradas se encontraron. Axel se detuvo un instante, observándola con una intensidad que hizo que Catalina desviara la vista enseguida. Su mirada era fría, penetrante, como si pudiera leer pensamientos ajenos. No era igual que la de Naven, los ojos de Axel era cálida y amable aunque tenía algo duro, un filo de acero que la hacía sentir vulnerable. Catalina, incómoda, asintió apenas con la cabeza en un gesto educado. Él respondió con una inclinación mínima, casi imperceptible, antes de comenzar la clase. —Hoy hablaremos sobre gestión estratégica y liderazgo corporativo —anunció mientras encendía el proyector—. Espero que todos estén preparados para pensar… no para copiar. La voz de Axel era como un roce de terciopelo sobre hielo. Firme, elegante, pero imposible de ignorar. Catalina intentó concentrarse, aunque su mente divagaba. Verlo allí, en ese papel de docente, le resultaba extraño. Axel siempre había sido para ella una figura lejana, inalcanzable, casi inaccesible en su perfección. No podía imaginarlo dando clases, y mucho menos sonriendo… aunque, claro, seguía sin hacerlo. Durante la hora siguiente, el aula permaneció atenta. A pesar de su fama de arrogante, Axel sabía enseñar. Su inteligencia era indiscutible, y su manera de exponer los temas, directa y aguda, dejaba poco espacio para la distracción. Cuando finalmente llegó el descanso, Catalina se dirigió al pasillo con sus compañeras. Las conversaciones comenzaron enseguida. —¿Has visto cómo le queda ese traje? —dijo una chica rubia, suspirando abiertamente—. Axel Fort es el hombre más guapo que he visto en mi vida. —Guapo, sí… pero también el más mujeriego de todos —respondió otra, riendo—. Mi prima trabaja en el hotel Fort Palace y dice que él cambia de acompañante cada semana. —Eso no me sorprende —intervino una tercera, con tono soñador—. Dicen que si él te mira, es imposible resistirte. Yo daría lo que fuera por pasar una noche con él… aunque sea una. Catalina bajó la mirada, sintiendo una punzada de incomodidad. No era una mujer ingenua, pero tampoco acostumbraba escuchar ese tipo de conversaciones. No podía negar que Axel era atractivo, con su porte seguro y esa elegancia natural que parecía innata en los Fort. Pero pensar en él como un gigoló, como lo llamaban algunas, le parecía exagerado. O quizá… no lo conocía tanto como creía. Desde la ventana del pasillo, lo vio hablando con un grupo de profesores. Sonreía de lado, apenas, con esa sonrisa discreta y peligrosa que parecía una invitación y una advertencia a la vez. Catalina suspiró. Se obligó a apartar la mirada, definitivamente tenía el encanto de los Fort. El aula se había vaciado por completo cuando Catalina guardó sus cosas con calma. Aún podía sentir la seriedad que flotaba en el aire tras la clase, el peso de aquella presencia que nadie se atrevía a desafiar. Axel Fort tenía esa capacidad: bastaba con entrar para imponer orden sin necesidad de alzar la voz. Catalina cerró su cuaderno, respiró hondo y salió del aula. Caminó por los pasillos de la universidad intentando no pensar demasiado en lo ocurrido. No había sido más que una clase. Nada extraordinario. Solo Axel Fort sustituyendo a un profesor ausente. Solo un hombre con una mirada que parecía examinarlo todo. Fuera del edificio, el cielo madrileño lucía despejado. El otoño apenas comenzaba a teñir los árboles de tonos dorados, y una brisa ligera revolvía los mechones sueltos de su cabello. Catalina se ajustó la bufanda y decidió llamar a Sofía antes de regresar a su apartamento. El tono del teléfono sonó apenas dos veces antes de que la voz cálida de su amiga respondiera: —¡Cata! Justo pensaba en ti. ¿Cómo va la capacitación? —Recién empieza, y ya puedo decir que será exigente —respondió Catalina con una ligera sonrisa mientras caminaba hacia la parada del autobús—. Hoy el profesor titular no asistió, así que Axel lo reemplazó. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido de un tono curioso. —¿Axel? ¿En tu clase? —Sí —contestó con naturalidad—. Fue una sorpresa. No suele venir por las mañanas, ¿verdad? —No —dijo Sofía, sonando divertida—. Mi cuñado tiene una relación complicada con los madrugones. Pero imagino que, si aceptó sustituir al docente, es porque Naven se lo pidió. Últimamente pasa más tiempo en la universidad que en su oficina. Catalina asintió, aunque Sofía no podía verla. —Se notó que está acostumbrado a mandar. Todo el aula se quedó en silencio apenas entró. —Eso suena bastante típico de él —replicó Sofía, riendo suavemente—. Siempre fue así: serio, reservado… pero con un magnetismo que desconcierta. Catalina se encogió de hombros mientras esperaba el autobús. —Puede ser. No lo veo tan seguido como ustedes. En realidad, apenas coincidimos en los cumpleaños de los niños o en alguna cena familiar. —Pues prepárate, porque ahora lo verás más seguido —comentó Sofía con tono insinuante—. Y hablando de él… Estuvo este fin de semana en Barcelona. —¿Ah sí? —preguntó Catalina con educación, sin mostrar mayor interés. —Sí, y no estaba solo —continuó Sofía, bajando un poco la voz, como si compartiera un secreto—. Naven lo mencionó. Parece que fue con una mujer. Catalina miró hacia el horizonte, indiferente. —He escuchado rumores sobre su fama. No me sorprende. —¿No te causa curiosidad? —preguntó Sofía, entre divertida y cautelosa. —No especialmente —respondió Catalina con calma—. La vida de Axel Fort no es asunto mío. Además, los rumores tienden a ser… exagerados. Además ya hemos trabajado juntos antes, no me parece muy interesante. Sofía soltó una risita. —Eso dices porque no lo has visto cuando está en modo “Fort”. Te aseguro que, si lo conocieras un poco más, entenderías por qué la prensa lo llama el “empresario más deseado de Madrid”. Catalina sonrió apenas. —Supongo que hay quien encuentra encanto en ese tipo de hombres. —¿Y tú no? —replicó Sofía, divertida. Catalina se acomodó el bolso al hombro, mirando las hojas que caían sobre la acera. —No me gustan los hombres que creen que el mundo gira a su alrededor. Porque aparentemente tu cuñado después de la muerte de su esposa se ha convertido en eso. Del otro lado de la línea, Sofía guardó silencio por un instante antes de soltar una risita breve. —. Pero en el fondo no es tan terrible como parece. Solo tiene un carácter… complicado. Catalina arqueó una ceja, escéptica. —¿Complicado o imposible? —Depende de a quién le preguntes —respondió Sofía con una carcajada—. Pero prométeme algo: si en la universidad las chicas empiezan a hablar demasiado de él, no te dejes llevar por lo que dicen. Axel puede ser muchas cosas, pero lo que más le molesta es que lo juzguen sin conocerlo. Catalina miró al suelo, distraída. —Tranquila, no tengo tiempo para juzgarlo ni para interesarme. Es solo el director de la universidad, nada más. Nunca habrá una oportunidad más que no sea de respeto por las criaturas y quizás de Docente y estudiante. No me gustan los hombres con la fama de mujeriego. —Nunca digas nunca, Cata —replicó su amiga con tono ligero—. En esta familia todo puede pasar. Ambas rieron con suavidad antes de despedirse. Catalina guardó el teléfono y subió al vehículo. Durante el trayecto, el bullicio de la ciudad llenaba los espacios entre sus pensamientos. Madrid se movía con su ritmo habitual: coches, peatones, luces, conversaciones dispersas. Ella observaba todo con tranquilidad, agradecida por la rutina. No quería pensar en Axel Fort, pero la imagen de su rostro serio aparecía de nuevo. Su manera de observar, tan precisa, tan poco emocional, le recordaba a alguien que ha aprendido a no confiar en nada. Quizás por eso resultaba tan distante. Quizás por eso imponía tanto. En la universidad, su nombre se repetía en los pasillos con la fascinación que solo despiertan los hombres inaccesibles. Pero Catalina prefería mantener los pies sobre la tierra. Había visto a demasiados hombres usar la arrogancia como armadura. Axel Fort era solo otro más en esa categoría. Al llegar a su apartamento, dejó la carpeta sobre la mesa y se preparó una taza de té. El aroma cálido llenó la cocina mientras se asomaba al balcón. Desde allí podía ver parte del centro de la ciudad, con sus luces parpadeando entre los edificios. Pensó en Sofía, en cómo siempre encontraba algo bueno que decir de todo el mundo. Pensó también en Axel, en cómo su sola presencia parecía alterar la atmósfera sin esfuerzo alguno. Se encogió de hombros. No importaba. No debía hacerlo. Tenía un año completo de capacitación por delante, un futuro profesional que dependía de su esfuerzo, y ninguna intención de dejar que la fama de un hombre —por más poderoso que fuera— interfiriera en ello. Aun así, mientras apagaba las luces para ir a dormir, una imagen cruzó su mente sin aviso: la mirada de Axel esa mañana, fija, imperturbable, como si buscara algo que ni él mismo entendía. Catalina cerró los ojos, sin darle importancia. Solo era una impresión pasajera. Nada más. La noche había caído sobre Madrid con un aire denso, casi sofocante. Las luces de la ciudad parpadeaban en las calles húmedas, reflejándose en los escaparates y los autos que pasaban. En una esquina del barrio de Salamanca, un bar discreto mantenía su ambiente elegante y reservado, lejos del bullicio habitual. Axel Fort estaba sentado en la barra, con la chaqueta del traje sobre el respaldo del asiento y la corbata ligeramente aflojada. Frente a él, un vaso de whisky reposaba a medio llenar. No era la primera vez que terminaba allí después de una jornada complicada, pero esa noche era distinta. Había cometido un error. Uno que podía costarle caro. El informe que había llegado esa tarde confirmaba lo que llevaba días temiendo: una firma competidora había aprovechado una brecha en los contratos de expansión hotelera en Lisboa, una brecha que él mismo había pasado por alto. Su error. Una omisión simple, pero suficiente para que su oponente —un director tan ambicioso como implacable— pudiera adelantarse en la adquisición de uno de los terrenos más valiosos del proyecto. Apoyó los codos en la barra y se frotó el rostro con ambas manos. Su cabeza estaba llena de cifras, cláusulas, nombres, plazos. Y el sonido insistente de su propia voz diciéndose que no debía fallar. Axel Fort no fallaba. No se permitía hacerlo. Pero lo había hecho. Y lo peor era que no tenía intención de contárselo a su hermano. Naven no lo entendería. Él era conciliador, siempre buscando el equilibrio, siempre viendo el lado humano de los negocios. Axel, en cambio, creía en el control, en la precisión, en la autoridad absoluta. Reconocer un error sería mostrar debilidad, y eso era algo que no podía permitirse. El barman se acercó con discreción. —¿Le sirvo otro, señor Fort? Axel miró el vaso por un momento antes de asentir. —Uno más. Solo uno. El hombre obedeció sin decir palabra. En ese lugar, nadie se atrevía a hacer preguntas. Todos sabían quién era Axel Fort, y todos sabían que era mejor mantener las conversaciones en un tono bajo cuando él estaba presente. El hielo chocó suavemente contra el cristal, rompiendo el silencio. Axel tomó un sorbo, dejando que el ardor del alcohol le quemara la garganta. Por un instante, el fuego del whisky le dio una sensación de control, aunque fuera momentánea. Encendió su teléfono, revisó el correo y encontró el mensaje que no quería abrir: “Reunión urgente — Posible acuerdo de compensación. Mañana, 8:00 a.m.” La cita lo esperaba. Un intento de frenar el daño antes de que su error se convirtiera en un escándalo. Apoyó el móvil sobre la barra y lo miró durante un largo rato. Podría llamar a su abogado, o incluso a Naven. Pero no. Lo resolvería solo, como siempre. Esa era su regla, su forma de mantenerse invencible. Un grupo de jóvenes ejecutivos entró en el bar, riendo y hablando alto. Axel los observó apenas, con el ceño levemente fruncido. En su época, recordaba haber tenido la misma energía. Antes de Geraldine. Antes de la desconfianza. Ella también solía reír así. Y él, entonces, también creía que el mundo era suyo. Apartó el pensamiento de golpe. No necesitaba recordar. No esa noche. Pidió la cuenta, pero el barman, sabiendo quién era, simplemente la posó frente a él sin pronunciar palabra. Axel dejó unos billetes y se levantó, ajustándose el abrigo antes de salir a la calle. El aire frío lo recibió de inmediato. Madrid seguía viva, llena de luces y murmullos, pero a él le parecía un escenario distante. Caminó sin rumbo durante varios minutos, con las manos en los bolsillos, hasta que terminó frente al edificio de cristal que llevaba su apellido grabado en letras doradas: FORT ENTERPRISES. Miró el logo iluminado sobre la fachada. Cada letra brillaba con perfección, como si nada pudiera alterar su equilibrio. Pero detrás de esas paredes, el imperio que había construido se sostenía sobre un delicado sistema de decisiones… y una sola equivocación bastaba para tambalearlo. Sacó su teléfono de nuevo. Tenía varios mensajes sin leer, entre ellos uno de su asistente: > “Señor Fort, la prensa ha solicitado declaraciones sobre la adquisición en Lisboa. ¿Desea responder?” Axel apretó la mandíbula. No. No diría nada hasta resolverlo. Guardó el teléfono y se encaminó hacia su coche, estacionado unos metros más allá. Al pasar por la puerta principal del edificio, se detuvo un segundo. Desde allí podía ver, a través del cristal, a los empleados del turno nocturno. Jóvenes que todavía creían que el esfuerzo era suficiente para llegar a la cima. Axel recordaba haber pensado lo mismo una vez. Subió al coche y encendió el motor. No tenía ganas de ir a casa, pero tampoco de seguir bebiendo. Su apartamento era silencioso, demasiado grande para una sola persona. Allí no había ruido, ni voces, ni recuerdos amables. Solo su propia mente repitiéndole que no debía equivocarse otra vez. Mientras conducía por la Gran Vía, la ciudad parecía un espejismo. Las luces de los hoteles, los anuncios brillando, la música lejana de los bares… todo formaba un paisaje ajeno, como si él no perteneciera realmente a nada de aquello. El semáforo cambió a rojo. Se detuvo y miró su reflejo en el retrovisor. El rostro que lo devolvía la mirada no era el del hombre invulnerable que todos conocían. Había cansancio en sus ojos, una sombra de algo que no quería admitir: frustración. Pensó en su hermano, en cómo Naven solía decirle que el éxito no servía de nada si no había paz. Y pensó también en Sofía, con su manera de suavizar cualquier situación, en los niños que siempre lo recibían con una sonrisa sin juicio alguno. Y, de forma inesperada, la imagen de Catalina Cruz cruzó fugazmente su mente. La había visto esa mañana en la universidad: discreta, concentrada, diferente a todas las demás. Había algo en ella que no encajaba con el ruido del mundo que él conocía. Sacudió la cabeza, molesto consigo mismo. No tenía tiempo para distracciones. Mucho menos para pensamientos inútiles. El semáforo cambió a verde, y el coche avanzó. Media hora después, llegó a su apartamento. El edificio estaba en silencio, las luces tenues del pasillo proyectaban sombras sobre las paredes. Dejó las llaves sobre la mesa y se quitó el abrigo con movimientos automáticos. Encendió la lámpara del salón. Los documentos de Lisboa seguían sobre el escritorio, junto a un contrato sin firmar. Se sirvió otro whisky y se sentó frente a ellos. Pasó las páginas una y otra vez, buscando una solución que no encontraba. Cada línea parecía recordarle el fallo. Su propio descuido. El reloj marcaba la medianoche cuando finalmente se recostó en el sillón, mirando hacia el techo. El vaso aún en la mano, el cansancio empezando a pesarle en los párpados. Sabía que debía dormir, pero la mente no se lo permitía. Sabía también que mañana tendría que enfrentarse a quienes habían visto su error. Y que, si fallaba una vez más, su nombre —el que durante años había sido sinónimo de perfección— empezaría a perder peso. La ciudad seguía viva más allá de su ventana. Pero en el interior del apartamento, solo había silencio. Axel Fort cerró los ojos, dejando que el cansancio lo venciera por un instante. Por primera vez en mucho tiempo, el hombre que lo tenía todo se sintió vulnerable. Aunque nunca lo admitiría en voz alta. Madrid amaneció con un cielo encapotado, tan gris como el ánimo que acompañaba a Axel Fort al llegar a la sede principal de Fort Enterprises. El tráfico no ayudaba, tampoco el silencio implacable de su propio pensamiento. Había pasado la noche en un bar intentando ahogar la frustración, pero ni el whisky más caro pudo borrar la realidad: había cometido un error. Un contrato con el grupo inversor de Lisboa, mal revisado y firmado a destiempo, había abierto una grieta en su reputación. Un simple descuido —imperdonable viniendo de él— ahora era un escándalo en ciernes. Los socios extranjeros pedían explicaciones y el consejo directivo esperaba su versión. Axel bajó del auto con el mismo porte que siempre lo distinguía: traje negro impecable, corbata perfectamente anudada, y esa mirada de acero que hacía temblar incluso a los más experimentados ejecutivos. Ni un rastro de cansancio, aunque en el fondo llevaba la resaca de la noche anterior y un mal humor que cualquiera habría preferido evitar. Al ingresar a la sala de juntas, todos los miembros del consejo ya estaban presentes. Entre ellos, su hermano Naven, que lo miró con una mezcla de prudencia y preocupación. Axel simplemente tomó asiento, apoyando los codos en la mesa de cristal. —Empecemos con esto —dijo, con voz grave y firme. El primer informe fue una exposición fría de números, pérdidas potenciales y daño mediático. Nadie se atrevió a culparlo directamente, pero el silencio lo hacía evidente. Cuando el asesor terminó de hablar, Axel solo asintió y dejó caer una frase cortante: —Asumo el error. No volverá a pasar. Naven lo observó de reojo, sabiendo que esa frase era más una declaración de dominio que una disculpa. Sin embargo, el resto del consejo no parecía dispuesto a dejarlo pasar tan fácilmente. Fue Eduardo Salazar, el consejero más veterano —un hombre de voz suave pero de mirada venenosa— quien habló en tono calculado. —Director Fort, todos sabemos que los errores se corrigen con acciones visibles. La confianza no se reconstruye solo con palabras. Axel entrecerró los ojos. Sabía que venía algo más. —¿Y qué sugiere, señor Salazar? —preguntó, con un dejo de burla. Eduardo acomodó sus lentes, disfrutando de la atención que había captado. —Los inversores extranjeros están cuestionando su estabilidad, su… estilo de vida. Consideran que la dirección de Fort Enterprises necesita proyectar una imagen más sólida, más… familiar. La palabra “familiar” flotó en el aire como un golpe velado. Naven frunció el ceño, intentando intervenir, pero Axel levantó una mano para detenerlo. —Sea claro, Salazar —dijo con una sonrisa ladeada—. ¿Está insinuando que mi vida privada pone en riesgo a la empresa? —No es una insinuación, señor Fort. Es una preocupación. Su nombre aparece con frecuencia en la prensa, y no precisamente por su trabajo. Los socios necesitan confiar en su estabilidad. Y quizás… —Eduardo hizo una pausa teatral— …una alianza matrimonial podría ser la solución más eficaz. Un silencio helado recorrió la sala. Axel apoyó la espalda en la silla, con una risa apenas audible. —¿Una alianza matrimonial? —repitió con sarcasmo—. ¿Quiere que arregle un contrato con un anillo, señor Salazar? —Quiere que restablezca su imagen —intervino Naven con calma—. Sabes que las apariencias pesan tanto como los resultados, Axel. Axel se pasó una mano por la barbilla, mirando a su hermano con frialdad. —Después de todo lo que he hecho por esta empresa, ¿me están diciendo que necesito una esposa para que crean en mí? Eduardo entrelazó los dedos. —No una esposa cualquiera. Alguien que inspire confianza. Que devuelva el equilibrio a la compañía. Axel lo observó en silencio, pero sus ojos lo decían todo. Sabía perfectamente lo que ese hombre buscaba. Había escuchado rumores: Eduardo tenía una hija, joven, recién graduada, de familia “respetable”. Y ahora todo encajaba. La idea le resultaba casi divertida, si no fuera tan insultante. —Entiendo —dijo finalmente, con una sonrisa fría—. Así que su propuesta de redención implica convertirme en un hombre casado. Fascinante. —Nadie lo obliga —replicó el consejero—. Pero sería un gesto… inteligente. Axel se levantó lentamente. Su sola presencia imponía un peso que hizo callar a todos. —Yo no necesito una esposa para demostrar nada. Ni a los inversores, ni a esta junta. —Su tono era glacial—. Y si alguien aquí cree que puede manipular mi vida privada para obtener ventaja, le aconsejo que lo piense dos veces. Eduardo mantuvo una sonrisa tensa, fingiendo diplomacia. —Solo queremos lo mejor para la compañía, señor Fort. —Claro —dijo Axel, mientras se abotonaba el saco—. Siempre es por el bien de la compañía. Sin esperar respuesta, salió de la sala. El sonido de sus pasos resonó por el pasillo vacío, firme, autoritario. Cuando llegó a su oficina, cerró la puerta con fuerza y se apoyó contra ella unos segundos. El eco de la conversación seguía en su cabeza. Casarse… Qué broma tan absurda. Había prometido no volver a hacerlo. No después de Geraldine, la mujer que lo había destruido desde dentro. Ella le había enseñado que el amor no era más que una trampa elegante, una forma refinada de debilitar a los hombres. Desde entonces, había convertido su vida en una serie de encuentros sin compromiso, sin nombres, sin vínculos. Y así le gustaba. Control absoluto. Sin emociones. Pero ahora, su reputación pendía de un hilo, y los buitres del consejo lo sabían. Si no actuaba rápido, Eduardo Salazar podría utilizar ese error para forzarlo a aceptar un trato que no quería. Axel se sirvió un trago de whisky, observando su reflejo en el vidrio del ventanal. Madrid se extendía a sus pies, brillante y despiadada. —Un matrimonio, ¿eh? —murmuró con desdén—. No hay trato que me ate otra vez. Sin embargo, mientras bebía, su mente ya trabajaba. Calculaba, como siempre. No era un hombre que huyera del problema. Si debía enfrentar esa jugada, lo haría a su manera. Con frialdad. Con estrategia. Y sobre todo… sin enamorarse jamás.El amanecer en Madrid llegó con un cielo grisáceo, cargado de nubes que parecían arrastrar un presagio. Catalina observó ese color apagado mientras se servía un vaso de agua. Apenas había dormido un par de horas. Sus pensamientos, enredados con la cercanía de Axel la noche anterior, no le habían permitido descansar.Y sin embargo, allí estaba, cumpliendo con su rutina: su mochila lista, documentos por retirar, y un nudo en la garganta que no sabía explicar.Se vio en el espejo antes de salir. Su rostro estaba limpio, cansado, pero firme.—No es momento para estupideces, Catalina… —se dijo a sí misma, estirándose un mechón rebelde detrás de la oreja.Cuando salió del departamento, respiró el aire frío de la mañana madrileña. Las calles estaban comenzando a despertar: cafeterías abriendo, estudiantes cruzando, motos pasando con prisa. El sonido de la ciudad la tranquilizó un poco.Caminó hacia la parada del bus y esperó. Aunque Axel le había ofrecido llevarla, ella insistió en ir sola.
Catalina aún sostenía la taza de chocolate caliente cuando Axel se acercó. El día en Londres estaba frío, húmedo, pero luminoso, y la vitrina de la pequeña cafetería reflejaba la calle antigua, llena de transeúntes que caminaban apurados. Ella ni siquiera notó a Axel al principio; estaba concentrada observando el vaho salir de la taza, como si pudiera guardar un poco de calor entre los dedos. Axel se detuvo detrás de ella, sin interrumpirla. La había seguido desde que salió de la tienda donde la encontró comprando una bufanda azul marino. No quiso acercarse de inmediato; le gustó verla libre, sin miedo, sin el peso de estar a su lado por obligación. Por primera vez, Catalina parecía… luminosa. —Catalina —dijo con voz neutra, pero suave. Ella dio un pequeño salto y casi derramó la bebida.—¿Qué pasa? —preguntó, sorprendida, intentando ocultar el rubor que le subió al rostro. Axel metió las manos en los bolsillos.—Pensé que podríamos… tomar algo juntos. Catalina lo miró de arriba
Axel regresó al hotel con pasos largos, tensos, como si cada músculo de su cuerpo cargara el peso de algo que aún no quería admitir. La conversación con Andrea seguía martillándole la cabeza, una y otra vez, como un eco que no sabía cómo silenciar. Había sido duro, incluso más frío de lo habitual, pero necesario. Muy necesario.Cuando entró a la suite, lo primero que notó fue el silencio. Un silencio distinto.Catalina no estaba.Axel frunció el ceño. Catalina no había mencionado ningún plan concreto, solo que “vería qué hacer”. Caminó lentamente por la habitación, observando su abrigo sobre la silla, la taza de chocolate vacío aún sobre la mesa… señales de que había salido hace poco. Aun así, una punzada incómoda atravesó su pecho.No debería importarle. No debería…Pero le importaba.Se acercó al ventanal enorme, el mismo lugar donde la había visto la noche anterior, absorta en la vista nocturna de Londres, abrazándose a sí misma mientras sus ojos parecían perderse entre luces y rec
Andrea estaba enfurecida, sabía que había perdido terreno, pero no iba a darse por vencida, Axel debía de caer en sus brazos y a ella no le importa que tenga que hacer para lograrlo.La fría mañana londinense le rozaba la piel, pero ella no sentía el clima: estaba demasiado consumida por la mezcla de humillación, ira y desesperación que hervía dentro de su pecho.Axel la había rechazado.Axel había pronunciado aquellas palabras como si le arrancara el corazón y las tirara al suelo.Y lo peor, lo peor de todo…Era que había defendido a Catalina.Catalina.La simple idea del nombre hizo que Andrea apretara la mandíbula con tanta fuerza que le dolieron los dientes. Sus uñas se clavaron en las palmas de sus manos, pero ni eso la distraía del pensamiento insistente, doloroso, corrosivo:“Si Catalina no existiera, Axel estaría conmigo.”Caminó una cuadra entera sin darse cuenta. Estaba tan furiosa que no escuchaba el ruido de la ciudad, ni el paso de la gente, ni siquiera el sonido de su pr
El amanecer en Londres era gris, húmedo y silencioso; una neblina tenue cubría la ciudad como si respetara el duelo que Andrea llevaba en el pecho. A pesar de la temprana hora, el teléfono de Axel comenzó a sonar insistente sobre la mesita de noche del hotel. Catalina, aún profundamente dormida, no se movió.Axel alargó el brazo, respondió en voz baja.—¿Sí?La voz de Andrea sonó temblorosa al otro lado.—Axel… ¿puedes venir a buscarme? No quiero ir sola.El hombre se pasó una mano por el rostro, suspiró apenas. Había esperado esa llamada, aunque no tan temprano.—Está bien —respondió con tono sereno—. Dame un momento, desayunaré y luego pasaré por ti.Andrea dejó escapar un pequeño sollozo agradecido.—Gracias… Axel.Colgó sin agregar más, como si temiera escucharse débil. Axel miró el teléfono por unos segundos, después lo dejó a un lado. Tenía claro que, aunque la situación era complicada, él había prometido apoyarla y cumpliría.Se levantó y se duchó sin hacer ruido, consciente de
Catalina llevaba más de veinte minutos mirando por la enorme ventana del hotel, pero no estaba realmente observando Londres; estaba observándose a sí misma a través de ese reflejo frío y azulado que le devolvía el vidrio. Afuera, la ciudad brillaba con sus luces dispersas, cubiertas por una neblina ligera que parecía envolverlo todo, incluso sus pensamientos. Era de noche, y el viento golpeaba con fuerza la estructura del hotel, produciendo un leve crujido que la mantenía inquieta.Se abrazó los brazos, pero no por frío. Londres tenía una temperatura más dura que su hogar, pero no era eso lo que la estremecía. Era otra cosa. Algo que no quería aceptar, algo que no debía aceptar. Sin embargo, allí estaba, devorándola desde dentro sin pedir permiso.Pensar en Axel siempre la ponía a la defensiva. Era su esposo, sí, pero aquello era un contrato, un matrimonio en el cual ella fue obligada, pero ahora mientras ella oensaba que él la trajo de Madrid solo para dejarla en el hotel para él irs
Último capítulo