La atmósfera en la Abadía de San Judas había cambiado. El aire, antes viciado por el polvo de los siglos, ahora vibraba con una carga estática tan potente que el vello de los brazos de Amelia se erizaba. El amanecer que asomaba por el rosetón roto no traía la paz del día; traía el asedio.
Desde su nueva conexión simbiótica, Amelia podía sentir a Julian como si fuera una extensión de su propio cuerpo. Su pulso, su respiración y, sobre todo, su nueva sed de justicia, eran una melodía compartida