La mansión de Julian era un organismo vivo que parecía respirar con él. Cada vez que Amelia intentaba acercarse a una puerta o a una ventana, el aire se volvía más denso, como si la casa misma le advirtiera que no debía cruzar los límites establecidos. Sin embargo, el peso del diario oculto bajo el colchón era un recordatorio constante de que su "protector" era también su verdugo histórico.
Esa noche, Julian no estaba en la habitación. Amelia aprovechó su ausencia para deslizarse hacia el des