Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años de casada, y Camila Rodríguez lo había dado todo sin una sola queja ni un solo arrepentimiento. Se encargaba de la hija, trataba a sus suegros con todo el cariño del mundo, y le daba a Mateo Fernández todo el espacio que él quisiera. Pero tanta entrega solo sirvió para que su marido anduviera manteniendo a una amante a escondidas —le puso auto, le puso casa, hasta le consiguió trabajo, y la colmaba de un amor que a Camila nunca le dio. Con tal de que su esposo, que ya casi ni pisaba la casa, volviera a ella, Camila se jugó todo por tener un segundo hijo, y esta vez rezaba porque fuera varón. Pensó que si él aceptaba tener otro bebé con ella, era porque por fin la reconocía como su verdadera esposa, como la señora Fernández. Pero la verdad era otra muy distinta: Mateo le tenía miedo a que su amante corriera peligro dando a luz, y por eso usó a Camila nada más como una máquina de tener hijos. Ella se consolaba pensando que, aunque hubiera perdido al esposo, al menos le quedaba su hija para no estar sola. Pero hasta esa niña que había criado ella misma terminó siéndole arrebatada, convertida en hija de otra. Y ahí, de golpe, algo se rompió dentro de Camila. Se deshizo del segundo bebé y decidió que ya no quería nada de esa familia: ni al marido ni a la hija, no quería saber nada de ninguno de los dos. Pero cuando por fin llegó el divorcio, el mismo esposo que nunca quería volver a casa se le plantó en medio de la sala, cerrándole el paso: —¿No que íbamos a tener un segundo hijo?
Leer más"Ve a llevar a Isabella. Yo ya llegué a la empresa."La empleada terminó de arreglar a Isabella, le hizo dos trenzas, y la ayudó a desayunar.Esperaron desde las ocho hasta las ocho y veinte, y ya casi se les hacía tarde, pero Camila no aparecía por ningún lado.La empleada empezó a preocuparse, y salió corriendo a buscarla.Justo en ese momento, Carlos llegó a la entrada de la sala, apoyado en su bastón. Al ver a la empleada tan apurada, preguntó con cierto disgusto:—¿Qué pasa? ¿Por qué tanta prisa?La empleada miró detrás de Carlos, pero no vio a Camila por ningún lado, y preguntó, confundida:—Don Carlos, ¿y la señora? La señorita Isabella todavía la está esperando, y ya casi se le hace tarde. De verdad, la señora no tiene ninguna noción del tiempo.Carlos, sin tiempo para reprenderla por hablar así de su patrona, frunció el ceño y dijo:—Camila ya se fue. ¿Y Mateo? ¿No estaba arriba todavía? ¿No va a llevar él a Isabella al jardín?La empleada, al escuchar eso, se puso todavía más
La empleada corrió de inmediato hacia la cama y preguntó en voz baja:—Señorita Isabella, ¿qué le pasó?Al ver que era la empleada, Isabella lloró todavía con más fuerza.—Quiero a mi papá, quiero a mi papá...Golpeaba las sábanas con más fuerza, y no dejaba de patear con las dos piernas.La empleada intentó abrazarla:—Señorita Isabella, el señor ya se fue. Dijo que la señora la llevaría al preescolar. ¿Quiere que la ayude a asearse?Isabella, al ver que las manos de la empleada todavía tenían un poco de grasa de la cocina, las apartó de un manotazo con desprecio:—No quiero que me abraces. Quita esas manos sucias de aquí.La empleada retiró las manos y trató de calmarla en voz baja:—Está bien, ya no llore. ¿Qué le parece si esperamos a que vuelva la señora, y ella la asea?Isabella volteó la cara, con tono de disgusto:—No quiero que ella me lave nada.La empleada, sin saber qué más hacer, suspiró:—Señorita Isabella, la señora salió a acompañar a don Carlos. Mejor la ayudo yo a ase
Del otro lado de la línea, Valentina, al escuchar las palabras de Isabella, se apresuró a consolarla:—Isabella, hazme caso, hoy no te bañes. Cuando llegues a casa mañana, yo te baño.Isabella la escuchó, pero solo respondió con un resoplido:—Bueno.Valentina era buena con ella, pero mamá siempre la bañaba con más cuidado, con más detalle.Aunque, claro, la mamá de ahora ya ni siquiera la quería.Como Mateo era hombre y no le resultaba apropiado bañar a Isabella, y ella tampoco quiso llamar a ninguna empleada para que la bañara, simplemente subió a la cama, se cubrió con las cobijas, y cerró los ojos.Al colgar la videollamada, Mateo también se levantó. Le echó un vistazo a Camila, pero no le preguntó nada. Fue directo al baño a asearse.Cuando salió, Camila ya había apagado la luz principal; solo quedaba encendida la lámpara de pared.Mateo se acostó junto a Isabella, pero no lograba conciliar el sueño. No muy lejos, desde el sofá, se escuchaba la respiración tranquila y pareja de Ca
Justo cuando Isabella terminaba su berrinche en la sala, Mateo salía del cuarto de Carlos.Al ver las cartas regadas por el suelo, echó un vistazo alrededor, pero no vio a Camila por ningún lado.Un poco confundido, le preguntó a Isabella:—¿Y tu mamá?Isabella, todavía molesta, señaló hacia arriba con la mirada:—Subió.Al escucharla, Mateo se quedó un instante desconcertado.Esa mujer que antes vivía y respiraba solo para su hija, ahora ni siquiera parecía tenerla en mente.Después de quedarse callado unos segundos, tomó a Isabella de la mano:—Vamos, te llevo arriba a que te alistes para dormir.Isabella se detuvo:—Papá, no quiero dormir con mamá.Mateo volteó a verla, con expresión seria:—El abuelo Carlos ya preparó un cuarto para todos. Si no quieres dormir con tu mamá, ve y díselo tú misma.Isabella hizo un puchero, con la molestia y el rechazo pintados en la cara.Pero como Mateo no le dio la razón, hacer berrinche no serviría de nada, así que terminó cediendo.Si mamá no le h










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