Mundo de ficçãoIniciar sessãoElla aceptó casarse con él para salvar a su familia. Él la compró como si fuera un bien más de su imperio. Lía Ferrer jamás imaginó que su destino dependería de la mano de Ethan Vane: el hombre más rico, temido y frío de la ciudad. Dueño de empresas, de secretos y de una reputación que dice que no tiene corazón. Cuando la deuda de su padre la pone al borde del abismo, él le presenta la única salida: —Cásate conmigo por un año. Vive en mi casa, sé mi esposa ante todos. Al terminar, tu familia queda libre y tú recibes lo que pidas. Pero hay una sola regla: no te enamores de mí. —No pienso hacerlo —respondió ella, con la cabeza alta aunque el corazón le temblaba. Ambos mintieron. Pronto, las paredes del contrato empiezan a desmoronarse. Las miradas que duran demasiado, los roces que queman, los celos que no logra ocultar… Ethan descubre que ella es la única que no le teme, y la única que logra romper su indiferencia. Cuando el tiempo se acabe y los enemigos se acerquen, ¿podrá él soltarla? ¿O admitirá por fin que lo que empezó como un trato… se convirtió en su única salvación? —Nunca fue un acuerdo, Lía. Tú eres mi destino.
Ler maisEl aire dentro del despacho estaba cargado, denso y frío, como si las paredes mismas se encargaran de recordarle a cada persona que entraba quién tenía el control absoluto sobre todo lo que ocurría allí. Yo permanecía de pie frente a un escritorio inmenso, hecho de madera oscura y cristal tan transparente que parecía no existir, apretando los dedos contra la tela de mi falda hasta que los nudillos se me ponían blancos. El corazón me latía con fuerza desbocada, golpeándome el pecho como si quisiera salirse, y tenía la garganta seca, como si hubiera caminado kilómetros bajo el sol sin probar una gota de agua.
Detrás de aquella mesa, Ethan Vane seguía revisando documentos con una calma inquietante. Firmaba página tras página con trazos seguros y rápidos, sin levantar la vista, como si yo no fuera más que un objeto que alguien había dejado olvidado a su lado. Y en cierto modo, me dije con un nudo en el estómago, quizás no anduviera muy lejos de la verdad. —Tu padre me debe dos millones y medio —dijo de repente, sin dejar de escribir. Su voz era grave, profunda y cortante, sin una sola pizca de emoción o compasión—. Dinero que no tiene. Y el plazo que le di para reunirlo se venció ayer a medianoche. Me tragué el sabor amargo que subió a mi boca e intenté que mi voz no se quebrara al hablar. —Lo sé —respondí, esforzándome por mantener la cabeza alta—. Sé que es una cifra enorme y que cometimos errores al invertir, pero mi padre es un hombre honrado. Haré lo que haga falta para devolvérselo: trabajaré dos empleos, tres si hace falta, aceptaré cualquier tarea… cualquier cosa para pagar la deuda poco a poco. Él soltó la pluma de golpe sobre la superficie de cristal. El sonido seco y agudo resonó en todo el cuarto, haciéndome dar un pequeño salto del susto. Entonces, por fin, alzó la vista hacia mí. Sus ojos eran de un gris oscuro, impenetrable, y cuando me recorrió de arriba abajo sentí que me desnudaba sin necesidad de mover un solo dedo, que veía mucho más de lo que yo quería mostrar. —¿Crees que necesito que me limpies los suelos o que me sirvas el té, Lía? —preguntó, inclinándose un poco hacia adelante con una media sonrisa fría y arrogante—. Yo no busco tu trabajo. El dinero que tú podrías ganar en toda tu vida no llega ni para cubrir el interés de lo que me debe tu padre. Yo quiero algo mucho más valioso. El aire se me escapó de los pulmones. —¿Qué cosa? —susurré, sintiendo miedo a la respuesta. Se puso de pie con lentitud y dio la vuelta al escritorio. Era inmenso, y cuando se detuvo a solo unos pasos de mí, tuve que echar la cabeza hacia atrás para poder sostenerle la mirada. Su presencia era abrumadora, como una tormenta que se avecina y contra la que no hay refugio posible. Su perfume, una mezcla de madera ambarina y algo fresco y fuerte que no logré identificar, me rodeó por completo, invadiendo mis sentidos. —Cásate conmigo —dijo, tan tranquilo como si me hubiera invitado a tomar un café. Parpadeé varias veces, segura de haber escuchado mal. Las palabras tardaron en asentarse en mi mente, y cuando lo hicieron, sentí que el suelo se movía bajo mis pies. —¿…Qué? —alcancé a balbucear. —Me caso contigo —repitió él, lento y claro, pronunciando cada sílaba como si estuviera dictando un contrato que no se puede discutir—. Un año. Vivirás aquí, en mi mansión. Serás mi esposa en público y en privado, tal como yo diga. Cuando se cumpla el plazo, cancelaré toda la deuda de tu padre, te daré tu libertad y una suma de dinero que te bastará a ti y a tu familia para vivir sin preocupaciones el resto de vuestras vidas. Me quedé sin aire, sin palabras, con la mente en blanco. Un matrimonio… con él. Conocido por ser implacable, frío, un hombre del que decían que no tenía corazón y que era mejor no cruzarse en su camino. Nadie se casa con Ethan Vane por amor; yo no era más que una solución a un problema, una forma de callar rumores o cumplir una condición que yo no conocía. —¿Por qué yo? —pregunté, con la voz temblorosa—. No nos conocemos. Hay mil mujeres con mejor posición, más dinero y más… adecuadas para esto. Una expresión que no supe definir cruzó su rostro, desapareciendo tan rápido que creí imaginarla. —Porque necesito una esposa —respondió, bajando la voz hasta que sonó casi como un susurro—. Y tú necesitas salvar a la tuya. Es un intercambio justo. —¿Y qué se espera exactamente de mí? —pregunté, obligándome a no apartar la vista de la suya, a no mostrarle cuánto me asustaba todo aquello. Él alzó una mano y me tocó levemente la barbilla, obligándome a mantener la cara levantada hacia él. El contacto fue breve, pero quemó la piel donde sus dedos habían pasado, dejando una sensación extraña y perturbadora. —Que estés ahí cuando te busque. Que sonrías cuando estemos ante otros. Que te comportes como lo que eres: mi esposa —dijo, haciendo una pausa breve mientras sus ojos se oscurecían aún más—. Y sobre todo, hay una regla que no se rompe bajo ninguna circunstancia: no te enamores de mí. Sentí como si me hubieran dado un golpe directo en el pecho. Él lo dijo con tal seguridad, como si enamorarse de él fuera algo imposible, una debilidad que no existía. Como si él fuera incapaz de despertar algo así en nadie, y yo fuera demasiado insignificante para siquiera intentarlo. Miré hacia la ventana, hacia la lluvia que azotaba el cristal con fuerza, y pensé en mi padre, en la casa que íbamos a perder, en el futuro que se nos desmoronaba entre las manos. No tenía opciones. Había buscado y rebuscado, pero no había otra salida. Si aceptaba, perdía mi libertad por un tiempo. Si no lo hacía, perdía todo lo que amaba. Volví a mirarlo. Él seguía allí, inmóvil, esperando la respuesta con esa calma arrogante de quien sabe que ya ha ganado, de quien sabe que no tengo a dónde ir. —Acepto —dije, y aunque intenté que sonara firme, escuché el temblor en mi propia voz. Una expresión de satisfacción cruzó su rostro. Asintió lentamente y se apartó para volver a su sitio, tomando unos papeles impresos del escritorio y extendiéndolos hacia mí. —Bien —dijo—. Lee si quieres, aunque sé que no tienes otra opción. Firma aquí. Me acerqué con pasos lentos y tomé la pluma que me ofrecía. Mis dedos temblaban un poco al sostenerla. Leí las primeras líneas por encima: Contrato Matrimonial de Duración Determinada. Un año, me repetí para mis adentros como un conjuro. Solo doce meses. Y luego volveré a ser libre. Firmé con mi nombre completo, y cuando la tinta se secó sobre el papel, sentí que cerraba una puerta detrás de mí para siempre. Ethan recogió los papeles y los guardó en una carpeta de cuero. Luego me miró, y por un instante sentí que acababa de firmar mucho más que un acuerdo legal. Había entregado una parte de mí misma sin saber bien qué recibía a cambio. —Bienvenida a mi mundo, Lía —murmuró con una voz que no prometía nada bueno—. Espero que sepas aguantar el ritmo.El sol se filtraba entre las hojas de los árboles que rodeaban la casa, dibujando manchas doradas sobre el suelo de madera del porche. Me quedé allí un momento, antes de entrar a la fundación, escuchando el viento mover las ramas, sintiendo esa paz que ya formaba parte de mí, como si siempre hubiera estado ahí, esperándonos. Ethan salió un instante después, con una taza de café en cada mano, y al verme, sonrió de esa forma que siempre me hacía sentir en casa. —Pensé que te habías adelantado —dijo, sentándose a mi lado y dejando la taza caliente entre mis manos—. Pero supongo que a veces hace falta detenerse. Para mirar atrás y ver todo lo que hemos recorrido. Para darnos cuenta de que no fue un sueño. Fue vida. De verdad. Lo miré: el sol le iluminaba el rostro, y aunque el tiempo había dejado sus huellas, eran huellas de bondad, de lucha, de amor vivido con plenitud. —A veces me cuesta creerlo —admití—. Que de aquel principio, tan lleno de sombras y de miedos, haya nacido algo tan l
El sol de la mañana bañaba la ciudad con una luz dorada, como si el mundo celebrara con nosotros cada paso que dábamos. Al despertar, sentí el calor de Ethan a mi lado, y su mano que buscaba la mía, como siempre, como si fuera la primera vez. —Buenos días, mi vida —me susurró, acercándose para besarme—. Sesenta y cinco capítulos… y siento que apenas empieza lo más hermoso. Cada día a tu lado es una página nueva, más brillante que la anterior. Me abracé a él, sintiendo la paz que solo él me daba. —Sesenta y cinco capítulos de amor, de lucha, de nosotros. Y no cambiaría ninguno. Porque cada uno me enseñó algo valioso: a confiar, a perdonar, a creer que lo imposible se hace posible cuando se ama de verdad. Ese día, la fundación nos tenía preparada una sorpresa que nos llenó el alma. Las chicas, junto con Valentina, habían pintado un mural entero en la pared principal de la entrada: nosotros cuatro, tomados de la mano, rodeados de flores, de aves que volaban libres, de personas que se a
La primavera envolvía la ciudad en un manto de flores y luz, y con ella, todo a nuestro alrededor parecía florecer al mismo ritmo. La fundación ya no era solo un edificio; era un pulso vivo que latía en el corazón de la comunidad. Cada mañana, al cruzar sus puertas, el aire olía a esperanza: risas que se entrelazaban, páginas que se pasaban suavemente, pinceles que bailaban sobre el lienzo, voces que encontraban su tono y su fuerza. Ethan y yo caminábamos entre ellas no como quienes dirigen, sino como quienes acompañan. Y esa cercanía, esa humildad, era el cimiento sobre el que todo se sostenía. Una tarde, mientras organizábamos una nueva sala de estudio, Valentina se acercó con una carpeta llena de bocetos. —Me pidieron diseñar el logo para una nueva red de centros comunitarios —dijo, con la voz firme y la mirada segura—. Pensé en todo lo que aprendí aquí. En las manos que se unen, en la luz que nace entre todos. ¿Quieren verlo? Al desplegar los dibujos, vi lo que ya sabía: su arte
El sol de la mañana se filtraba entre las cortinas de la sala, iluminando el polvo que bailaba en el aire como pequeñas estrellas. Me desperté con una sensación de calma profunda, esa que solo se siente cuando sabes que todo está bien, no porque sea perfecto, sino porque estás rodeada de amor. Al bajar las escaleras, encontré a Ethan en la cocina, preparando el desayuno mientras mi madre leía tranquilamente junto a la ventana. El aroma a pan recién tostado y café llenaba el espacio, y en ese instante supe que ese era el verdadero paraíso: no un lugar lejano, sino este momento, aquí, ahora, con ellos. —Buenos días, mi amor —me dijo, acercándose para darme un beso suave en la frente—. Hoy el día se siente especial. Como si el mundo mismo nos estuviera diciendo que vamos por buen camino. —Lo sentí también —respondí, abrazándolo—. Es como si todo encajara. Como si cada pieza de este rompecabezas que hemos ido armando con tanto cuidado estuviera encontrando su lugar. Esa mañana, al lleg





Último capítulo