Francesco llevaba tres noches sin dormir.
Tres noches en las que el alcohol ya no bastaba para silenciar los pensamientos. Había dejado la botella intacta sobre el escritorio mientras observaba el mapa extendido frente a él, cubierto de marcas rojas, rutas muertas, nombres que no llevaban a nada.
Hasta esa madrugada.
—Jefe —dijo uno de sus hombres, entrando sin tocar—. Tenemos algo.
Francesco alzó la cabeza de golpe. Los ojos enrojecidos, la barba crecida, el rostro de un hombre sostenido solo