EL REY DE LA MAFIA

EL REY DE LA MAFIAES

Mafia
Última actualización: 2026-01-21
Sofía Leclerc  En proceso
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Resumen
Índice

El padre de Alessia Bellini le debía la vida al hombre más temido de Italia. Para saldar la deuda, tuvo que entregar lo más valioso que tenía: a su hija. Ahora Alessia es la esposa del capo Alessandro Moretti, un hombre de mirada fría, voz grave y deseo peligroso. No la obliga… pero la provoca. No la toca… pero la enciende con cada palabra. Ella juró odiarlo, pero su cuerpo lo traiciona cada noche. Él prometió no romper su inocencia, pero la quiere rendida, temblando, suya. Porque en el imperio del rey de la mafia, el amor no se pide… se toma.

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Capítulo 1

EL PRECIO DE UNA DEUDA

El reloj del despacho marcaba las once y media de la mañana cuando Alessandro Moretti levantó la vista de los papeles que cubrían su escritorio.

El humo de un habano recién apagado se elevaba lento, dibujando una línea gris sobre el aire cargado de silencio.

El mármol oscuro del suelo reflejaba las luces cálidas de la lámpara, y el ambiente olía a cuero, madera vieja y autoridad.

La puerta se abrió sin que él diera permiso.

Solo un hombre podía hacerlo.

Luca Ferraro, su mano derecha desde hacía más de una década, se detuvo frente al escritorio con una carpeta en la mano.

Sus pasos eran firmes, medidos, como si supiera que cada movimiento en esa oficina debía justificarse con resultados.

—Ha llegado lo que pediste, jefe —dijo, depositando la carpeta sobre el escritorio.

Alessandro no respondió enseguida.

Abrió la carpeta con calma, hojeando los documentos con la mirada fría de quien evalúa cifras que podrían costar vidas.

—¿Estás seguro de que todo está aquí? —preguntó, sin levantar la vista.

—Cada pagaré, cada firma. Vittorio Bellini no ha pagado ni la tercera parte de lo que debe.

Un leve tic se formó en la mandíbula de Alessandro.

Cerró la carpeta y apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde el último plazo?

—Seis meses —respondió Luca.

—Y aún tiene el descaro de respirar tranquilo —murmuró, reclinándose en la silla—.

Hubo un silencio corto. Luego, Alessandro se levantó. El sonido de su silla deslizándose rompió la calma como un latigazo.

Se abrochó la chaqueta del traje y caminó hacia la ventana.

Desde el piso veinticinco de su edificio, la ciudad parecía un tablero iluminado. Y él, el jugador que movía las piezas.

—¿Qué sabes de su situación actual? —preguntó, sin apartar la vista de las luces.

—Está intentando vender una propiedad en el norte. Pero el terreno no cubre ni la mitad de la deuda.

—¿Y su familia?

—Una esposa enferma… y una hija. Alessia. Veinticuatro años, vive con ellos.

El nombre resonó en la habitación como una nota inesperada.

Alessandro se giró despacio.

—¿Una hija? —repitió.

—Sí, señor. No parece involucrada en los negocios.

Un silencio pesado se formó entre ambos.

Luca sabía lo que eso significaba. Había visto esa mirada antes: la de un hombre calculando, ajustando el tablero a su conveniencia.

—Prepárate —ordenó Alessandro al fin—. Iremos a visitarlo esta noche.

Luca asintió sin hacer preguntas.

Sabía que cuando Moretti hablaba con ese tono, no había espacio para discutir.

El trayecto hasta la mansión Bellini fue largo y silencioso.

Las luces del auto se deslizaban por las avenidas vacías, reflejándose en los ventanales cerrados de la ciudad dormida.

Dentro del vehículo, Alessandro observaba los documentos en su regazo. Los nombres, las cifras, los plazos vencidos. Todo era un recordatorio del tipo de hombres que rompían promesas… y del precio que eso tenía.

Cuando el auto se detuvo frente al portón de hierro, el guardia apenas se atrevió a mirar.

—El señor Bellini no está disponible —balbuceó al reconocerlo.

—Entonces avísale que su deuda sí lo está —dijo Alessandro, sin elevar la voz.

El guardia vaciló, pero antes de que respondiera, Luca ya había abierto la puerta del coche.

El aire nocturno olía a tierra húmeda y gardenias. La fachada de la mansión, antaño símbolo de poder, tenía grietas que hablaban por sí solas.

Los hombres de Moretti se mantuvieron detrás, en silencio.

El sonido de los pasos de Alessandro sobre el mármol de la entrada fue suficiente para que el mayordomo abriera la puerta sin que nadie tocara.

—Anúnciale que estoy aquí —dijo Alessandro, con un tono tan cortés que resultaba más amenazante que cualquier grito.

El mayordomo dudó, pero desapareció por el pasillo.

Regresó al cabo de un minuto, pálido.

—El señor Bellini… no puede recibirlo esta noche.

La sonrisa de Alessandro fue breve, sin llegar a los ojos.

—Claro. —Se volvió hacia Luca—. Entremos.

Y efectivamente entraron.

El eco de sus pasos llenó el vestíbulo vacío.

Subieron la escalera principal con la calma de quien ya sabe dónde está su destino.

El despacho de Vittorio Bellini los esperaba con la puerta entornada y la luz encendida.

Dentro, el antiguo patriarca de la familia se puso de pie de inmediato.

Llevaba el rostro cansado, los ojos hundidos, y una maleta junto al escritorio.

Alessandro detuvo su andar justo en el centro del salón.

—Vaya… llegamos justo a tiempo —dijo con un tono que mezclaba cortesía e ironía—. ¿Negocios en el extranjero, señor Bellini?

Vittorio tragó saliva.

—No, no… acabo de llegar de viaje. Y pensaba… salir un momento.

—¿Salir? —repitió Alessandro, rodeando lentamente el escritorio—. Qué curioso. Yo pensaba que lo que debía salir de aquí eran sus deudas.

El hombre no respondió. Sus dedos temblaron apenas cuando buscó apoyo en el borde del mueble.

Alessandro tomó asiento en el sillón frente a él, sin dejar de mirarlo.

Colocó la carpeta sobre la mesa y la abrió con precisión.

—Usted y yo tenemos un problema, Vittorio. Bueno… usted lo tiene. —Empujó los documentos hacia él—. Estos son los pagarés que firmó. Fechas vencidas, montos acumulados. Todo en regla.

Vittorio miró los papeles como si fueran una sentencia.

—No tengo cómo pagarle, Alessandro. No ahora. Pero tengo una propiedad, que estoy vendiendo, podría...

—Ya revisé eso —lo interrumpió él—. Esa propiedad no cubre ni la mitad de lo que me debe. Y necesito resultados, no promesas.

El silencio cayó sobre la habitación como una sombra.

Vittorio respiró con dificultad, los ojos buscando una salida que no existía.

—Por favor, dame tiempo —dijo, la voz apenas con un susurro—. Haré lo que sea.

Alessandro apoyó los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos.

—“Lo que sea” —repitió despacio—. ¿Sabes cuántas veces escuché esa frase, Vittorio? Siempre suena igual, siempre significa nada.

El hombre se levantó de pronto, desesperado.

—Por favor, te lo imploro. No lo hagas, no arruines a mi familia.

Alessandro lo miró en silencio durante unos segundos. Luego, con voz calmada, dijo:

—No tengo intención de arruinarte, Vittorio. Si quisiera eso, no estaría aquí hablando contigo.

El anciano lo miró confundido.

Alessandro se puso de pie, caminó hasta la ventana y miró hacia los jardines.

—Quiero que tu familia siga con vida. Pero también quiero lo que me corresponde.

—¿Y qué es lo que quieres? —preguntó Vittorio con un hilo de voz.

Alessandro se giró. Sus ojos, oscuros como la tormenta que se avecinaba, se detuvieron en el retrato familiar colgado sobre la pared.

Una mujer sonriente, un hombre más joven, y una chica de mirada dulce.

—Tu hija —dijo finalmente.

Vittorio se quedó inmóvil.

—¿Qué… dijiste?

—Quiero que se case conmigo.

El silencio fue tan profundo que se escuchó el crujir del fuego en la chimenea.

—No —respondió el hombre al fin, con un temblor en la voz—. Ella es demasiado joven. No sabe nada del mundo en el que nos movemos nosotros. No la arrastres a esto.

Alessandro avanzó lentamente hasta quedar frente a él. Su mirada no era de ira, sino de certeza.

—No la arrastro, Vittorio. La elevo. Tu apellido está acabado. El mío puede protegerla.

—Eso no es protección, es un castigo.

—Llámalo como quieras. Pero es la única forma de saldar tu deuda sin consecuencias peores.

Vittorio apartó la mirada. La respiración le temblaba.

Por un momento, pareció reunir fuerzas para responder, pero solo dijo:

—Necesito hablar con ella.

Alessandro asintió despacio.

—Me parece justo. —Tomó la carpeta y la cerró—. Pero no tardes. No me gusta repetir las ofertas, soy amable una sola vez.

Sin más, se giró hacia la puerta.

Luca lo siguió en silencio.

Antes de salir, Alessandro se detuvo en el umbral y habló sin mirar atrás:

—Dile que no acepto un no por respuesta.

Y se marchó.

El eco de sus pasos se perdió en el pasillo.

Dentro del despacho, Vittorio Bellini permaneció quieto, sabiendo que acababa de firmar un destino que ningún dinero podría revertir.

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