No durmieron.
No podían.
La noche se estiró como una herida abierta mientras Valeria y Anabel fingían normalidad en espacios distintos, separadas por muros que ya no parecían tan sólidos. Cada segundo que pasaba era una cuenta regresiva. Cada ruido, una amenaza.
Valeria caminaba por los pasillos con el rostro endurecido, ocultando el moretón bajo una gorra baja y una capucha. Nadie le preguntó nada. Vincenzo había enseñado bien a sus hombres: no cuestionar, no mirar dos veces.
Pero por dentro,