Francesco estaba perdiendo la cordura.
No de golpe.
No con gritos ni explosiones.
La perdía como se pierde la sangre por una herida mal cerrada: lenta, constante, inevitable.
Las noches eran las peores.
El silencio del despacho se volvía un enemigo. Cada sombra parecía tener forma. Cada ruido lejano sonaba como un recuerdo mal enterrado. Bebía para dormir, bebía para no pensar, bebía para no escuchar la voz de Anabel llamándolo desde algún lugar que no podía alcanzar.
El whisky ardía al bajar,