Lorenzo cumplió tres años en una mañana de sol abrasador.
La playa estaba casi vacía; solo unos pocos pescadores recogían redes a lo lejos y un perro callejero que rondaba la orilla buscando restos de comida. Habíamos decorado la terraza con globos azules y blancos que Sophia había traído desde Santa Marta. Mi madre preparó un pastel de vainilla con tres velitas diminutas que Lorenzo sopló con ayuda de Dante, riendo como si el mundo entero fuera un juego nuevo.
El niño era una mezcla perfecta d