El amanecer llegó sin fanfarria, solo con una luz gris que se filtraba entre las nubes bajas y teñía el mar de un color plomizo. La casa seguía oliendo a desinfectante y a la sangre que habíamos limpiado a medias de las baldosas. Mi madre dormía en la habitación de invitados, sedada por los calmantes que el médico había dejado. Lorenzo y Valeria se habían quedado dormidos al fin, abrazados en la misma cama, como si temieran que separarse significara perderse otra vez.
Dante y yo estábamos en la