La sangre de Raffaele Lombardi todavía olía en la casa cuando amaneció.
No importaba cuánto fregáramos: el olor se metía en las grietas del piso, en las rendijas de las puertas, en la tela de los sillones. Lorenzo se negaba a entrar en la cocina; decía que veía fantasmas en las manchas que ya no estaban. Valeria, en cambio, se había vuelto más callada, más observadora. A veces se quedaba mirando el mar durante horas, como si esperara que el agua le devolviera algo que le habían arrancado.
Dante