Lorenzo tenía doce años cuando el primer eco llegó de verdad.
Era una tarde de finales de marzo, de esas en las que el calor empieza a apretar pero el mar todavía refresca el aire. El niño había salido temprano con su bicicleta nueva —una roja con cambios que Dante le había regalado por su cumpleaños— y dijo que iba a dar una vuelta por el camino de tierra que llevaba al pueblo. Valeria, que ya caminaba segura y hablaba sin parar, se había quedado en casa con mi madre, dibujando con crayones en