La casa quedó en silencio después de la masacre en Minca, pero no era un silencio limpio. Era ese silencio pesado que queda cuando el aire todavía huele a pólvora y a carne quemada aunque hayas fregado cada rincón tres veces. Lorenzo empezó a tener pesadillas: se despertaba gritando que alguien lo arrastraba por la ventana, que veía ojos amarillos en la oscuridad. Valeria dejó de hablar durante días; solo dibujaba figuras negras con crayones rojos, líneas que parecían cuchillos cruzados sobre c