Lorenzo tenía quince años cuando la sombra volvió a tocar la puerta.
Era una noche de octubre sin luna. El mar estaba inquieto, golpeando las rocas con furia contenida, como si supiera lo que se avecinaba. Valeria dormía en su habitación con auriculares puestos, música electrónica a todo volumen. Mi madre ya no bajaba las escaleras de noche; sus rodillas protestaban y prefería quedarse arriba leyendo hasta que el sueño la vencía. Dante y yo estábamos en la terraza, descalzos, con una botella de