El coche se detuvo ante una fachada de ladrillo claro con ventanas altas y contraventanas negras. No era un restaurante en el sentido habitual: no había letrero, ni música que escapara por la puerta, ni olor a ajo desde la cocina. Era una casa privada con personal discreto, y eso le dijo a María más que cualquier nombre caro en una guía. A Carlo le gustaban los lugares donde el menú no se negociaba y las entradas no se anunciaban.
Un mayordomo los condujo por un pasillo pulcro, madera encerada