La nieve había comenzado a caer sobre Lucerna.
Era un invierno tímido, de copos pequeños y persistentes. La ciudad tenía ese aire de postal antigua que María —ahora Adele Delacroix— encontraba reconfortante. No recordaba nada antes del hospital, salvo pesadillas vagas y escenas que no lograba ubicar.
Tenía una pequeña casa de dos pisos, al borde del lago. Una galería de madera, cortinas blancas, una lámpara junto a la ventana. Vivía de forma austera: enseñaba francés a turistas, escribía cartas