El hospital privado estaba en silencio a las tres de la madrugada. El viento golpeaba los ventanales del ala norte, y el sonido quedaba atrapado en el pasillo blanco como un murmullo lejano.
Dentro de la habitación 214, la luz era tenue, azulada, apenas una lámpara encendida en la esquina. El olor a desinfectante cubría todo, aunque todavía se mezclaba con un rastro de humo y hierro traído en la ropa de Carlo.
Él estaba sentado en una butaca demasiado pequeña para su cuerpo. El vendaje blanco r