El matadero abandonado se alzaba como una mole de hierro oxidado, con sus viejas tuberías y ganchos de carnicería colgando del techo, convertido ahora en guarida de un imperio sucio. Desde el exterior se oía música baja, vasos chocando, risas contenidas. La guarida de Greco estaba viva y despreocupada.
Carlo se agachó tras un contenedor. A su lado, Rocco revisaba el cargador del fusil corto; Matteo, con el maletín de explosivos, parecía una sombra nerviosa. Ninguno habló. No hacía falta. La ten