El reloj de pared marcaba las nueve. Carlo estaba sentado en el sillón de cuero, copa de grappa en mano, la chaqueta aún puesta como si no hubiera terminado de desvestirse desde que volvió a casa.
No había mensajes, no había llamada.
Carlo nunca había sido paciente. Menos aún con una mujer que era suya.
El silencio lo consumía.
La copa se estrelló contra la chimenea, el cristal se hizo añicos y la bebida se mezcló con la ceniza.
—¡Busquen a mi esposa! —rugió, de pie, con la voz que hacía tembla