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Capítulo 2: El Despertar de la "Desmemoriada"

 

El olor a antiséptico y café cargado fue lo primero que golpeó los sentidos de Maya. Abrió los ojos con pesadez, sintiendo un martilleo rítmico tras la sien. Lo último que recordaba era el sabor de la lluvia y el peso de un cuerpo sólido y caliente aplastándola contra el barro.

—Vaya, la bella durmiente ha decidido que el hospital no es tan cómodo como el acantilado —una voz profunda, cargada de un sarcasmo vibrante, llegó desde el rincón de la habitación.

Maya giró la cabeza con cuidado. Allí estaba él. Connor Petrova ya no llevaba la chaqueta pesada de bombero; vestía una camiseta azul marino que se ajustaba a sus hombros como una segunda piel y unos pantalones de trabajo. Tenía una taza de café en la mano y la miraba con una mezcla de curiosidad y fastidio.

—¿Quién... quién eres tú? —preguntó Maya, esforzándose por que su voz sonara quebrada, vacía. La "Amnesia de Manual" estaba en marcha.

Connor dejó la taza en una mesita y se acercó a la cama. Se inclinó sobre ella, apoyando las manos en los barandales, invadiendo su espacio personal sin el menor reparo.

—Soy el idiota que rodó por un barranco para que no te convirtieras en comida para peces —respondió él, entrecerrando los ojos—. Me llamo Connor. ¿Y tú? ¿O también te has olvidado de cómo te bautizaron?

Maya parpadeó, fingiendo una mirada perdida. —No lo sé... No recuerdo nada. Solo... lluvia. Y a ti gritándome.

—Te gritaba porque estabas a punto de hacer una estupidez monumental, bonita —soltó él, y el apelativo sonó a la vez como un cumplido y un insulto.

—¡No me llames así! —saltó ella, incorporándose de golpe. El dolor de cabeza le dio un latigazo, pero su orgullo era más fuerte—. Si no sé quién soy, al menos sé que no me gusta tu tono. Eres un arrogante.

Connor soltó una carcajada seca, apoyándose en la pared con los brazos cruzados. —Fantástico. No sabes cómo te llamas, no sabes de dónde vienes, pero te sobran las agallas para insultar al hombre que te salvó el pellejo. Tienes prioridades interesantes.

—¡Tú me empujaste! —acusó ella, señalándolo con un dedo tembloroso.

—¡Te tacleé para que no saltaras! Hay una diferencia técnica importante, pero supongo que el golpe te dejó un poco lenta de reflejos.

—¿Lenta? —Maya se puso roja de furia—. ¡Estábamos discutiendo y me arrastraste contigo! Casi me matas en el proceso de "salvarme". ¡Eres el peor rescatista de toda Grecia!

—Y tú la víctima más malagradecida que he tenido el placer de sacar de un fango —replicó él, dando un paso más hacia la cama. La tensión entre ambos era casi eléctrica; el aire parecía vibrar cada vez que sus miradas se cruzaban—. Deberías estar dándome las gracias, no cuestionando mis métodos.

—¡Gracias por nada, Capitán Cavernícola!

—¡Basta! ¡Suficiente los dos! —La puerta se abrió de golpe y Luka, el paramédico y médico de guardia, entró con una carpeta en la mano y cara de pocos amigos—. Connor, sal de aquí ahora mismo. Estás alterando el ritmo cardíaco de la paciente.

—Ella altera el mío con su insolencia, Luka —gruñó Connor, sin apartar la vista de Maya.

—Me importa un bledo. Ella tiene una contusión y tú tienes un turno que cubrir —Luka se puso en medio de ambos como un árbitro en un combate de boxeo—. Fuera. Ahora.

Connor suspiró, se pasó una mano por el cabello oscuro y miró a Maya una última vez. Una chispa de diversión cruel bailó en sus ojos.

—Está bien, me voy. Pero no te acostumbres a la paz, bonita. En Palamidi todos nos conocemos, y si de verdad no sabes quién eres, alguien vendrá a reclamarte. Y espero que tengan más paciencia que yo.

—¡Espero no volver a ver tu cara de barba mal afeitada! —le gritó Maya mientras él salía por la puerta, riendo por lo bajo.

Cuando la puerta se cerró, el silencio regresó a la habitación. Luka suspiró, ajustándose las gafas mientras revisaba las pupilas de Maya con una linterna pequeña.

—No le hagas caso —dijo Luka con voz suave—. Connor es... intenso. Es el mejor en lo que hace, pero tiene el tacto de un martillo hidráulico. ¿De verdad no recuerdas nada? ¿Ni un nombre? ¿Una dirección?

Maya suspiró, forzando una expresión de vulnerabilidad que ocultaba el pánico que sentía por dentro. —Nada, doctor. Es como si mi mente fuera una hoja en blanco.

—Es normal tras un traumatismo y un choque emocional —explicó Luka, anotando algo—. Te quedarás en observación. Connor y los muchachos te han traído aquí porque no tienes identificación. Si nadie te reclama en las próximas horas, tendremos que dar parte a la policía de la ciudad vecina.

Maya asintió, fingiendo resignación. Por dentro, su corazón latía con fuerza. El plan estaba funcionando, pero el precio era tener que lidiar con ese capitán insufrible.

Minutos después, a través de la pequeña ventana de la puerta, vio a Connor hablando con Elias en el pasillo. Connor no miraba al frente; tenía la vista fija en la puerta de ella. Se tocó el labio inferior con el pulgar, con un gesto pensativo y oscuro que no tenía nada de heroico.

Él sabía que algo no encajaba. Y ella sabía que, bajo esa fachada de bombero gruñón, Connor Petrova era un hombre que disfrutaba cazando mentiras.

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