Capítulo 3: Maya y el Cavernícola

 

Maya estaba sentada en el borde de la cama de la clínica, absorta en el movimiento de sus propias manos. Sus dedos, largos y ágiles de bailarina, juguetearon con la sábana blanca mientras intentaba calmar el latido errático de su corazón. Cada vez que escuchaba unas botas pesadas en el pasillo, se ponía en guardia.

La puerta se abrió con un estruendo familiar. No necesitaba mirar para saber quién era. El aire de la habitación cambió de inmediato, cargándose de esa electricidad estática que solo Connor Petrova parecía arrastrar consigo.

—Buenas noticias, bonita. O malas, según se mire —dijo Connor, entrando con paso firme.

En su mano derecha sostenía una bolsa de plástico transparente. Dentro, Maya reconoció su teléfono móvil: una masa de metal y vidrio triturado por las rocas del acantilado.

—Mi teléfono... —susurró ella, fingiendo una tristeza que en parte era real. Perder el aparato significaba perder su último vínculo con el mundo que intentaba dejar atrás.

—Está para el desguace. Luka lo encontró en el lugar donde rodamos —Connor sacó una pequeña tarjeta de identificación que estaba pegada a la funda, o lo que quedaba de ella. El plástico estaba derretido y chamuscado—. Casi todo está quemado por el roce con la piedra caliente o la humedad, pero se lee un nombre.

Él se acercó tanto que Maya pudo oler el aroma a jabón de sándalo y humo que siempre parecía emanar de sus poros. Le tendió la tarjeta. En el centro, apenas legible entre manchas negras, decía en letras elegantes: Maya.

—Maya —repitió Connor, saboreando el nombre como si fuera un vino caro—. Te pega. Corto, directo y difícil de domar.

Maya le arrebató la tarjeta y rodó los ojos con una exageración dramática. —Gracias, Capitán Obvio. Ahora ya sé que me llamo Maya. ¿Eso te da permiso para dejar de llamarme "bonita" como si fuera una mascota?

—Ni en tus sueños, bonita —replicó él con una sonrisa de medio lado que hizo que a Maya se le diera un vuelco el estómago—. Hasta que no recuperes el apellido, eres mi rescate. Y yo decido cómo llamo a mis trofeos.

—¡No soy un trofeo, cavernícola! —le espetó ella, cruzándose de brazos.

—¡Eh, eh! ¡Haya paz en el estadio! —Dante asomó la cabeza por la puerta, seguido de Elias. El joven bombero miraba la escena con diversión—. Capitán, deja de acosar a la chica. Luka dice que ya le pueden dar el alta, pero la policía de la ciudad vecina dice que no tienen reportes de desaparición de ninguna "Maya" todavía.

Elias dio un paso al frente, mirando a Connor con seriedad profesional. —No podemos dejarla en un refugio municipal, Connor. Está confundida y la prensa local ya está husmeando por el rescate del acantilado. Si se enteran de que es una "desconocida", la van a acosar.

—¿Y qué sugieres, Elias? ¿Que la llevemos a un hotel? No tiene ni un dracma —dijo Connor, aunque sus ojos no se apartaban de Maya.

—La estación tiene la planta alta vacía —sugirió Dante con entusiasmo—. Hay dos habitaciones de invitados para los inspectores. Podría quedarse allí unos días mientras alguien la reclama. Estaría segura, vigilada y... bueno, cerca de su salvador favorito.

Maya abrió mucho los ojos. ¿Vivir en la estación de bomberos? ¿Con él? —¡Ni loca! Prefiero dormir en el puerto con los gatos que pasar una noche bajo el mismo techo que este tipo.

—Vaya, la "bonita" tiene miedo de que el cavernícola la muerda —se burló Connor, dándole un golpecito juguetón en la barbilla, gesto que ella respondió intentando morderle el dedo—. Escucha, Maya. No es una invitación a cenar. Es un procedimiento de seguridad. En la estación estarás bajo mi custodia. Si alguien viene a buscarte, quiero ser el primero en verle la cara.

—¿Tu custodia? —Maya se puso de pie, enfrentándolo a pesar de que él le sacaba una cabeza de altura—. Eres un dictador. Un bruto que cree que por llevar un hacha puede mandar sobre todo el mundo.

—Y tú eres una bailarina sin memoria que no tiene a dónde ir —Connor se inclinó, reduciendo la distancia hasta que sus narices casi se tocaron—. Así que vas a recoger lo que queda de tu vestido, vas a subirte a mi camioneta y vas a venir a la estación. Allí podrás discutir conmigo todo lo que quieras, pero al menos estarás alimentada.

—Te odio —masulló ella, aunque una chispa de desafío excitante brillaba en sus ojos verdes.

—Mientes fatal, Maya. Te encanta odiarme —Connor se enderezó y miró a sus compañeros—. Dante, prepara la habitación de arriba. Elias, firma los papeles del alta. Yo me encargo de escoltar a nuestra invitada.

Durante el trayecto a la estación, el silencio en la camioneta de Connor era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Maya miraba por la ventana las calles empedradas de Palamidi, sintiendo el peso de la mentira que estaba tejiendo. Connor conducía con una mano, la otra apoyada en la palanca de cambios, moviéndose con una gracia felina que no encajaba con su tamaño.

—¿Por qué me miras tanto, bonita? —preguntó él sin apartar la vista de la carretera.

—No te miro. Miro el paisaje. Es mucho más interesante que tu perfil de neandertal.

—Claro —él soltó una risita ronca—. Por cierto, en la estación hay reglas. No se sube a mi oficina sin permiso y no se sale después de medianoche.

—¿Reglas? —Maya soltó una carcajada sarcástica—. ¿Qué vas a hacer si las rompo? ¿Arrestarme? ¿Echarme agua con la manguera?

Connor detuvo la camioneta frente al edificio de la estación, un imponente almacén de piedra frente al mar. Apagó el motor y se giró hacia ella. Su mirada ya no era burlona; era oscura, densa, la mirada del hombre que guardaba cuerdas y secretos en su sótano privado.

—No, Maya —susurró él, acercándose a su oído—. Si rompes mis reglas, te darás cuenta de que el cavernícola tiene formas mucho más... creativas de imponer disciplina.

Maya sintió un escalofrío que no fue de miedo, sino de una anticipación prohibida que le recorrió toda la columna. Rodó los ojos una vez más, tratando de ocultar el sonrojo de sus mejillas.

—Bájate ya de la camioneta, Connor. Me estás quitando el oxígeno.

—A tus órdenes, pequeña sumisa —respondió él con un guiño, bajando del vehículo con una agilidad que la dejó sin palabras.

Maya se quedó un segundo a solas en el asiento del copiloto, apretando la tarjeta quemada con su nombre. El juego se estaba volviendo peligroso, y aún no habían pasado ni dos horas desde que despertó.

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