Mundo ficciónIniciar sesión
La lluvia en Palamidi no caía; castigaba. Era un diluvio bíblico que borraba la línea entre el cielo plomizo y el mar Egeo, que rugía furioso cien metros más abajo, estrellándose contra los acantilados de piedra caliza. Para Maya Nikos, ese estruendo era la única melodía que encajaba con el caos de su alma.
Llevaba un vestido de seda blanca, ahora empapado y pegado a su cuerpo como una segunda piel fría. Sus pies descalzos resbalaban en el borde del precipicio. Un paso más. Solo uno. Y la pesadilla terminaría. No habría boda con Viktor Petrova, no habría más sumisión a los caprichos de su padre, Stavros. Solo silencio.
Cerró los ojos, inclinándose hacia adelante, saboreando la libertad del vacío.
—¡Ni se te ocurra, maldita sea!
La voz no fue un grito, fue un trueno que cortó el viento. Maya abrió los ojos de golpe, girándose con brusquedad. A diez metros, emergiendo de la cortina de agua como un titán oscuro, estaba un hombre. Llevaba el uniforme pesado de bombero, la chaqueta negra con bandas reflectantes amarillas brillando bajo la luz intermitente de las sirenas que, a lo lejos, rasgaban la noche.
Era joven, quizás unos años mayor que ella, pero su presencia llenaba el espacio. Su cabello oscuro estaba empapado, pegado a la frente, y una barba de pocos días acentuaba la mandíbula apretada por la furia y la determinación. Sus ojos, oscuros y penetrantes, estaban fijos en ella, no con lástima, sino con una orden directa.
—¡Atrás! —gritó Maya, su voz apenas un hilo contra el viento. Dio un paso más hacia el borde. Una piedra suelta rodó hacia el abismo.
El bombero se detuvo en seco, levantando las manos enguantadas en un gesto de aparente calma, aunque sus músculos estaban en tensión máxima.
—Tranquila. Solo quiero hablar —dijo él, su voz extrañamente calmada ahora, profunda y autoritaria—. Me llamo Connor. Soy el Capitán de la unidad de rescate. Dame tu mano.
—No quiero tu ayuda, Connor —escupió ella, el pánico mezclándose con la adrenalina—. No quiero que nadie me salve. Déjame en paz.
—No funciona así, bonita —respondió él, dando un paso corto y calculado hacia adelante—. Mi trabajo es asegurarme de que nadie muera hoy bajo mi guardia. Y tú pareces una bailarina que ha perdido el escenario, no una mujer que quiere terminar con todo.
Esas palabras la golpearon. ¿Cómo sabía que era bailarina? Su postura, su equilibrio incluso en ese borde traicionero... la había leído en segundos.
—No sabes nada de mí —replicó Maya, sintiendo una extraña indignación—. A veces, la única forma de ganar es rindiéndose.
—Rendirse es de cobardes —dijo Connor, ahora a solo cinco metros. Su mirada era un desafío—. Y tú no pareces cobarde. Pareces... furiosa. Úsala. Úsala para dar un paso hacia mí, no hacia el puto vacío.
—¡No entiendes! —gritó ella, las lágrimas mezclándose con la lluvia en su rostro—. Si vuelvo... si me encuentran... es peor que la muerte.
—Nada es peor que la muerte, créeme. He visto suficientes cadáveres para saberlo —Connor dio otro paso. Estaba peligrosamente cerca—. Dame tu mano, joder. Solo eso.
Maya miró el abismo, luego a Connor. Había algo en ese hombre, una fuerza telúrica que la atraía y la aterrorizaba al mismo tiempo. Dudó. El viento sopló con una ráfaga traicionera, empujándola.
—¡Cuidado! —gritó Connor.
Se lanzó hacia ella en el mismo momento en que el pie de Maya resbalaba en el barro líquido. Ella gritó, sintiendo el vacío reclamándola. Pero no cayó sola.
Connor la atrapó por la cintura con una fuerza brutal, un ancla humana. El impacto de su cuerpo contra el de ella fue ensordecedor. Pero el impulso los arrastró a ambos. No cayeron al abismo, pero rodaron violentamente por la pendiente empinada y llena de rocas y matorrales espinosos que precedía al precipicio.
Fue un torbellino de dolor, seda rota, barro y uniformes pesados. Maya sentía los golpes de las piedras en la espalda, el peso de Connor tratando desesperadamente de proteger su cabeza con sus brazos enguantados mientras rodaban sin control. Sus cuerpos estaban entrelazados en una lucha desesperada contra la gravedad.
—¡Mierda! —gruñó Connor, su voz cortada cuando su hombro impactó contra una roca grande.
El mundo giraba. Maya sentía el olor a tierra mojada, a humo y al perfume varonil y sudoroso de Connor. Por un segundo, sus rostros estuvieron a centímetros, la respiración entrecortada de él golpeando su mejilla, sus ojos oscuros clavados en los de ella con una intensidad posesiva que la dejó sin aliento, no por el golpe, sino por la extraña conexión que sintió. No era el rescate de un héroe; era la captura de un depredador.
Entonces, el giro terminó. Impactaron contra un saliente de piedra que detuvo su caída a pocos metros del borde real. El golpe fue brutal. Maya sintió un dolor agudo en la sien y, de repente, la luz de la tormenta se apagó.
El silencio fue inmediato.
Connor, jadeando, se incorporó lentamente sobre sus codos. El dolor en su hombro era intenso, pero lo ignoró. Debajo de él, la chica estaba inerte. Su vestido blanco estaba marrón de barro, su cabello rojo extendido como un charco de sangre en la piedra mojada. Estaba pálida, demasiado pálida.
—¿Eh? ¿Bonita? — Connor le dio unos golpecitos suaves en la mejilla con su guante embarrado. Nada.
El pánico, el verdadero pánico de un rescatista que ve a su víctima desvanecerse, lo invadió. Se quitó los guantes rápidamente, sus manos ahora libres y frías buscaron el pulso en su cuello delicado. Estaba allí. Débil, rápido, pero allí.
—Capitán, ¿dónde está? —La voz de Elias, su segundo al mando, llegó desde arriba, cortando la lluvia. Las linternas tácticas empezaron a barrer la zona.
Connor miró a la chica desmayada. No tenía ni idea de quién era. Solo sabía que era la mujer más hermosa y obstinada que había visto en su vida, y que casi se le escapa de las manos. La rabia por su estupidez se mezcló con una extraña y oscura fascinación. Se había lanzado al abismo para salvarla, y en esos segundos en que rodaron juntos, sintió algo que no debería haber sentido.
—¡Aquí abajo! —gritó Connor, su voz recuperando la autoridad—. Está inconsciente. Ha recibido un golpe fuerte en la cabeza. Necesitamos la camilla de rescate técnico. ¡Dante, Luka, bajad con cuidado!
Se quedó solo con ella de nuevo. La lluvia seguía cayendo, pero ahora Connor la usaba para limpiar un poco el barro de la cara de la chica. Sus dedos recorrieron la línea de su mandíbula, su sien herida.
—No sé qué te asusta tanto ahí arriba, bonita —susurró, su voz ahora baja, casi peligrosa—, pero te prometo que, a partir de ahora, vas a desear haber saltado. Porque no pienso dejar que nadie más te toque... hasta que yo diga cómo y cuándo.
Fue una promesa, no un consuelo. Y mientras Luka y Dante bajaban rapelando con el equipo, Connor Petrova se juró a sí mismo que esta "bailarina sin escenario" se convertiría en su proyecto más personal.







