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Capítulo 7: De Pucheros, Compras y Orgullo Herido

 

La mañana en Palamidi entró por la ventana con un sol radiante que no encajaba para nada con el humor de perros de Maya. Estaba sentada a la mesa de madera, todavía envuelta en la camisa de cuadros de Connor —que ahora olía a ella y a café—, viendo cómo los dos bomberos devoraban huevos fritos como si no hubieran comido en una semana.

—No —dijo Connor, sin siquiera mirarla, mientras cortaba un trozo de pan.

—¡Ni siquiera he terminado la frase, cavernícola! —protestó Maya, golpeando la mesa con la palma de la mano.

—Ibas a decir que quieres venir a la estación porque te aburres aquí encerrada. Y la respuesta es no. Es una zona de trabajo, no un centro de día para bailarinas con amnesia —Connor levantó la vista y se topó con el arma secreta de Maya: un puchero perfecto. Los labios fruncidos, los ojos verdes brillantes y esa expresión de absoluta injusticia.

Dante, que estaba a mitad de un bocado, se detuvo en seco. —Oh, venga, Cap... Mira esa cara. Parece un gatito abandonado bajo la lluvia. Déjala venir, puede ayudarnos con los informes o... no sé, a sacar brillo al camión.

Connor fulminó a Dante con la mirada. —Si quieres un gatito, cómprate uno, Dante. Ella se queda aquí. Es por su seguridad. Si alguien la busca, no quiero que la encuentren rodeada de civiles en el puerto.

—¡Eres un dictador, Connor Petrova! —Maya se cruzó de brazos, hundiendo el mentón en el pecho—. Me dejas aquí sola, con tus libros aburridos y tu desorden. ¡Me voy a volver loca!

—Tienes televisión, comida en la nevera y una terraza con vistas al mar. La mayoría de la gente paga miles de euros por esas "torturas" —Connor se levantó, recogiendo su plato con una agilidad exasperante—. Quédate aquí, bonita. Si te portas bien, puede que te traiga un helado.

—¡Guárdate el helado donde no te dé el sol! —le gritó ella mientras él salía por la puerta riendo, seguido de un Dante que le pedía disculpas con la mirada.

Una vez en la camioneta, el ambiente era más relajado. Connor conducía hacia la Estación 18, pero al pasar por la calle principal del centro histórico, frenó de golpe frente a una boutique de ropa elegante pero sencilla.

—¿Qué haces? —preguntó Dante, extrañado—. Vamos tarde. Micaela nos va a matar si no llegamos a la revisión del motor.

—Cállate y baja —gruñó Connor, bajando del vehículo—. No puedo tenerla por casa vestida con mi ropa. Es... distractor. Y no tiene nada más que ese trapo blanco roto con el que la rescaté.

Entraron en la tienda y la dependienta, una mujer joven que conocía a Connor de toda la vida, se acercó con una sonrisa pícara. —¿Capitán Petrova comprando ropa de mujer? Esto sí que es noticia en Palamidi. ¿Es para una novia secreta?

—Es para un rescate —respondió él con voz cortante, aunque sus orejas se pusieron ligeramente rojas—. Necesito algo... cómodo. Pantalones, camisetas. Nada de vestidos pomposos.

—Y algo sexy, ya que estamos —susurró Dante por lo bajo, recibiendo un codazo de Connor en las costillas.

Connor empezó a señalar prendas con el mismo criterio con el que elegiría una manguera de alta presión. —Esa de ahí, la negra de tirantes. Y esos pantalones de lino. Y... —se detuvo frente a un conjunto de lencería de encaje oscuro que estaba en un maniquí. Se quedó mirando la prenda unos segundos, imaginando cómo contrastaría el negro con la piel blanca de Maya y su cabello rojo.

—¿Capitán? —insistió la dependienta, divertida.

—Eso no —dijo él carraspeando, aunque terminó señalando un conjunto de seda mucho más sutil—. Llévatelo todo. Y añade ese vestido verde, el que tiene la espalda descubierta. Solo por si acaso.

Dante cargaba con las bolsas mientras salían de la tienda, riendo sin parar. —Vaya, vaya... el primate tiene gustos caros. Ese vestido verde cuesta más que mi sueldo de un mes, Connor.

—Es una inversión —se justificó él, subiendo a la camioneta—. Si va a estar en mi casa, al menos que no parezca que acaba de salir de una zona de guerra. Además, así dejará de robarme las camisas.

—Sí, claro. Seguro que es por las camisas —Dante negó con la cabeza—. Estás perdido, Cap. Esa chica te tiene dando vueltas antes de que ella misma sepa quién es.

—Ella no me tiene nada, Dante. Solo soy un buen ciudadano asegurándome de que su protegida esté presentable.

—Si tú lo dices... —Dante miró las bolsas—. Pero yo que tú le daría la ropa con cuidado. Si se la tiras a la cara como sueles hacer, te la va a devolver por la cabeza.

Connor no respondió, pero una sonrisa imperceptible apareció en su rostro mientras aceleraba hacia la estación. Se imaginaba a Maya abriendo las bolsas, discutiendo por el color de cada prenda y llamándolo cavernícola por intentar comprar su voluntad con seda. Y, por alguna razón, esa era la parte del día que más esperaba.

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