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Capítulo 6: Territorio Marcado y Camisas de Cuadros

 

La casa de Connor y Dante era exactamente como Maya esperaba: techos de madera, paredes de piedra y un desorden masculino que gritaba "aquí no vive ninguna mujer". Sin embargo, la cocina estaba impecable. Mientras Connor se movía con una eficiencia sorprendente entre ollas, el aroma a ajo, aceite de oliva y especias griegas empezó a llenar el aire.

—No te quedes ahí pasmada, bonita —dijo Connor sin volverse, mientras picaba cebolla con una velocidad envidiable—. Ve a arriba. Dante te ha dejado ropa limpia sobre la cama de la habitación del fondo. Dúchate y quítate ese olor a hospital.

Maya le dedicó una mueca a su espalda —una que él no pudo ver, pero que seguramente presintió— y subió las escaleras refunfuñando.

—Primate mandón... —masulló mientras entraba al cuarto.

Sobre la cama, en efecto, había una pila de ropa. Maya entró al baño, se dio una ducha rápida y, al salir, buscó algo que ponerse. Vio una camisa de franela a cuadros rojos y negros, suave y de aspecto cómodo. "Seguro es de Dante", pensó. Se la puso, notando que le quedaba enorme; las mangas le tapaban las manos y el bajo le llegaba casi a las rodillas, ocultando por completo sus muslos. Se abrochó solo los botones centrales, dejando que el cuello cayera con descuido, y bajó a la cocina.

Connor estaba de espaldas, sirviendo dos platos de moussaka humeante. Al escuchar sus pasos descalzos sobre la madera, se giró.

—Dante tiene un gusto terrible para la...

Las palabras se le atascaron en la garganta. Connor se quedó petrificado, con el cucharón en la mano. Sus ojos oscuros recorrieron a Maya de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que la tela de cuadros se amoldaba a sus curvas y cómo el rojo de la camisa hacía resaltar el fuego de su cabello.

—¿Qué pasa? —preguntó Maya, cruzándose de brazos, lo que hizo que la camisa se ajustara más a su pecho—. Dante me la dejó. ¿Tan mal me queda?

Connor dejó el cucharón con un golpe seco sobre la encimera. Sus ojos ya no eran burlones; eran brasas encendidas.

—Esa camisa no es de Dante, Maya —dijo con una voz que bajó dos octavas, volviéndose peligrosa—. Esa es mi camisa favorita.

Maya parpadeó, sorprendida. —¿Tuya? Pero si estaba en la pila...

—Dante es un idiota que no sabe distinguir los cajones —Connor avanzó hacia ella, invadiendo su espacio con esa zancada de cazador—. Y tú... tú te ves demasiado bien en mi ropa. Es un problema.

—¡Pues no me la pienso quitar! —desafió ella, aunque el calor empezaba a subirle por las mejillas—. No tengo nada más que ponerme y no voy a bajar en toalla para que me vuelvas a llamar exhibicionista.

—Te queda como una carpa, bonita —se burló él, recuperando un poco el control, aunque su mirada seguía fija en el trozo de piel que asomaba por el cuello desabrochado—. Pareces una niña jugando a ser grande.

—¡Y tú pareces un cavernícola celoso de sus pieles! —le soltó ella, acercándose a la mesa—. Huele bien para ser comida de primate. ¿Has cazado tú mismo la berenjena?

Connor soltó una carcajada ronca y se sentó frente a ella, sirviendo el vino. —La he seducido hasta que se ha dejado cocinar. Deberías aprender, quizás así dejarías de pelear con cada mueble de esta casa.

—Prefiero pelear con los muebles que ceder ante ti, Petrova —Maya probó un bocado y, a su pesar, tuvo que cerrar los ojos. Estaba delicioso—. Dios... esto está... aceptable.

—Aceptable, dice —Connor sonrió, bebiendo un sorbo de vino—. Te mueres por pedirme la receta, pero tu orgullo de bailarina es más grande que tu estómago.

—Mi orgullo es lo único que me queda, ya que tú me has robado la libertad y tu compañero me ha dado la ropa equivocada —ella se arremangó las mangas, dejando ver sus muñecas finas—. ¿Por qué vives con Dante? ¿Acaso ningún otro primate te soporta?

—Dante es como un hermano menor. Y además, alguien tiene que evitar que queme la casa intentando hacer tostadas —Connor se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa—. ¿Y tú, Maya? ¿Siempre fuiste así de impertinente o es un efecto secundario de la amnesia?

—Creo que nací con alergia a los hombres que se creen dueños del mundo —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

—No soy dueño del mundo —susurró él, mirándola fijamente a los labios—. Solo de lo que rescato. Y tú todavía estás en mi lista de "pendientes".

Maya rodó los ojos, aunque el corazón le iba a mil por hora. —Sigue soñando, Capitán. Por ahora, solo eres el hombre que me va a pasar la sal.

La cena continuó entre pullas, risas contenidas y una tensión que crecía con cada roce accidental de sus pies bajo la mesa. Maya no sabía que, en la habitación de Connor, el armario ocultaba mucho más que camisas de cuadros, y Connor no sabía que su "bonita" estaba disfrutando del juego mucho más de lo que jamás admitiría.

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