Capítulo 5: El Primate y su Rehén

 

Maya bajó las escaleras de la estación arrastrando los pies, vestida con unos pantalones de chándal de algodón gris que le quedaban un poco grandes y una camiseta de tirantes negra que Micaela le había prestado. Se veía pequeña, casi frágil, si no fuera por la llamarada de determinación que desprendían sus ojos verdes.

Al llegar a la planta baja, encontró a Connor apoyado contra el parachoques del camión de bomberos, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia que le daban ganas de abofetearlo.

—Micaela dice que te mudas —soltó Connor sin preámbulos, su voz resonando en el hangar vacío—. A mi casa. Ahora.

Maya se detuvo en seco, a tres metros de él. —¿Perdona? He debido de golpearme la cabeza más fuerte de lo que pensaba, porque he creído oír que voy a vivir contigo. La respuesta es un "no" rotundo, absoluto y eterno, Capitán Cavernícola.

Connor se separó del camión con una lentitud felina. Cada paso que daba hacia ella parecía acortar el oxígeno en la habitación. —No es una oferta, bonita. Es una orden directa del mando de esta estación. Aquí no puedes quedarte; mis hombres están más distraídos con tus desfiles en toalla que con el mantenimiento de las mangueras. Y no te voy a dejar en un hotel donde cualquier buitre pueda aprovecharse de tu... "desorientación".

—¡Prefiero los buitres a ti! —exclamó Maya, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra una columna de acero—. No pienso ir a una casa privada contigo. ¿Quién me asegura que no eres un psicópata?

Connor llegó hasta ella. No se detuvo hasta que sus pechos rozaron el firme relieve de su pecho. Apoyó una mano en la columna, justo al lado de la cabeza de Maya, atrapándola. Se inclinó tanto que ella pudo ver las pequeñas motas doradas en sus ojos oscuros y sentir el calor que desprendía su piel.

—Escúchame bien, Maya —susurró, con una voz tan baja y ronca que le erizó el vello de la nuca—. No tienes opciones. No tienes dinero, no tienes memoria y, según este papel —señaló la tarjeta quemada que asomaba por el bolsillo de ella—, solo tienes un nombre de pila. En mi casa estarás segura. Yo me encargo de las reglas, y tú te encargas de no romperlas.

—Eres un dictador —jadeó ella, tratando de mantener la mirada a pesar de que su corazón martilleaba contra sus costillas por la cercanía—. Un bruto que cree que puede arrear a las personas como si fueran ganado.

—Soy un hombre práctico —corrigió él, rozando con el dorso de su dedo la mandíbula de ella—. Y tú eres demasiado testaruda para tu propio bien. Así que, o caminas hacia la camioneta por tu propio pie, o te cargo al hombro delante de todos mis hombres. Tú eliges el nivel de espectáculo.

Maya apretó los dientes. La humillación de ser cargada como un saco de patatas frente a Dante y Elias era demasiado. Rodó los ojos con tal fuerza que pensó que se le saldrían de las órbitas.

—Te odio con cada fibra de mi ser, Connor Petrova.

—Lo sé. Es lo más interesante de ti hasta ahora —él se alejó de golpe, rompiendo la burbuja de tensión y dándole aire para respirar—. Camioneta. Dos minutos. Muévete.

Connor se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la salida con ese andar arrogante que tanto la irritaba. Maya se quedó allí un segundo, apretando los puños a los costados.

—¡Primate! —le gritó a su espalda—. ¡Eres un primate involucionado! ¡Un neandertal con complejo de héroe!

Connor se detuvo un momento, soltó una risita que sonó como un rugido suave y, sin volverse, levantó una mano en un gesto de despedida burlón.

—¡Y tú eres mi bonita! —le devolvió él a voces—. ¡Apresúrate, que los primates tenemos hambre y la cena no se hace sola!

—¡Ugh! —Maya pisó fuerte contra el suelo, soltando un gruñido de frustración—. Juro que recuperaré mi memoria solo para recordar cómo insultarte en más idiomas.

Micaela, que observaba la escena desde la puerta de la cocina, soltó una carcajada limpia mientras limpiaba un plato. —Esa niña tiene fuego —murmuró para sí misma—. Y Connor... Connor ha encontrado por fin un incendio que no va a querer apagar.

Maya caminó hacia la camioneta, murmurando maldiciones sobre la genética de los Petrova, sin saber que al cruzar el umbral de la casa de Connor, el juego de rol y sumisión que él ocultaba estaba a punto de volverse su nueva y pecaminosa realidad.

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