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Capítulo 4: Arácnidos, Toallas y la Ley de Micaela

 

La estación de bomberos de Palamidi era un edificio de techos altos y ecos constantes, pero en la zona de las duchas, el vapor y el silencio solían ser la norma. Maya acababa de terminar de quitarse el rastro de barro y salitre de su piel. Se sentía renovada, envuelta en una toalla blanca que apenas le llegaba a la mitad del muslo, cuando la vio.

Era enorme. O al menos, en su estado de nervios, parecía del tamaño de una langosta. Una araña peluda descansaba pacíficamente sobre su sandalia.

—¡AAAAHHHH! ¡POR LOS DIOSES! —el grito de Maya rebotó en los azulejos.

Sin pensar, sin medir las consecuencias de su desnudez parcial y olvidando por completo su papel de "víctima amnésica", Maya salió disparada del área de duchas hacia el salón principal, donde los chicos estaban revisando el equipo.

Connor estaba de espaldas, guardando una manguera, cuando sintió un impacto directo. Maya, impulsada por el puro terror arácnido, saltó sobre su espalda, rodeando su cintura con las piernas y hundiendo el rostro en su cuello.

—¡Mátala! ¡Connor, mátala, es un monstruo! —chillaba ella, apretándose contra él.

La estación se quedó en un silencio sepulcral. Dante dejó caer una llave inglesa que resonó como una campana. Elias se atragantó con su café. Connor, petrificado por un segundo ante la sensación de la piel húmeda y suave de Maya contra su uniforme, tardó un momento en reaccionar. Sus manos, por puro instinto de rescate, se posaron bajo los muslos de ella para sostenerla.

—¿Qué demonios...? —Connor giró la cabeza, su nariz rozando la oreja de Maya—. Bonita, a menos que un tsunami venga detrás de ti, esta es una entrada muy... entusiasta.

—¡Hay una tarántula asesina en mi sandalia! —gritó ella, sin soltarse.

Connor soltó una carcajada ronca que vibró en el pecho de Maya. —Es una araña de jardín, Maya. Mide dos centímetros.

—¡Medía un metro! ¡Bájame cuando la hayas incinerado!

Dante soltó un silbido largo, recorriendo con la mirada las piernas largas y los hombros descubiertos de la bailarina. —Capitán, si vas a incinerar algo, que no sea a la invitada. Por cierto, Maya, esa toalla desafía las leyes de la gravedad.

La mirada de Connor se oscureció al instante. Al notar cómo Dante y otros dos bomberos devoraban a Maya con los ojos, su postura cambió. Sus brazos se tensaron y una posesividad animal emanó de él.

—¡Dante, a por el camión! ¡Luka, revisa el inventario! ¡Fuera de aquí, todos! —rugió Connor con una autoridad que no admitía réplicas.

—¡Uy, el capitán se puso celoso! —se burló Dante mientras se alejaba trotando, seguido por los demás que reían por lo bajo.

—¡No estoy celoso, estoy manteniendo el orden! —le gritó Connor, antes de bajar a Maya con una brusquedad que la obligó a aferrarse a su toalla para que no se cayera—. Y tú, bonita... si vas a pasearte así, avísame para cobrar entrada. O mejor, quédate en tu habitación antes de que provoque un accidente laboral masivo.

—¡Eres un imbécil! —Maya se puso roja como su cabello—. ¡Casi muero por un ataque cardíaco arácnido y tú solo piensas en... en eso! ¡Cavernícola!

—¡Ya basta de gritos! —una voz firme y maternal cortó la discusión.

Micaela, la cocinera de la estación, una mujer de unos cincuenta años con brazos fuertes y una sonrisa que escondía una disciplina de hierro, salió de la cocina con un cucharón en la mano. Era la madre de todos ellos, la única a la que Connor realmente escuchaba.

—Micaela, esta mujer es un peligro público —dijo Connor, señalando a Maya.

Micaela miró a Maya, luego a la toalla, y finalmente a la cara de "perro guardián" de Connor. —La chica tiene frío y tú tienes cara de querer morderla, y no precisamente de rabia, Connor Petrova. Sube ahora mismo, niña, y ponte algo de ropa. He guardado unos pantalones de Tessa que te quedarán bien.

Maya asintió, fulminando a Connor con la mirada antes de subir las escaleras a toda prisa.

Micaela se acercó a Connor y le dio un golpe suave con el cucharón en el brazo. —Escúchame bien, hijo. Esta estación es un nido de testosterona. No es lugar para una chica como ella, y menos con esa tensión que hay entre ustedes. Se van a prender fuego antes de que suene la alarma.

—Está bajo mi custodia, Mica —gruñó él, cruzándose de brazos.

—Pues llévatela a tu casa —sentenció la mujer—. En la casa que compartes con Dante hay una habitación libre desde que se fue el inquilino. Allí estará más tranquila, lejos de las miradas de estos lobos, y tú podrás vigilarla... o lo que sea que estés haciendo con ella.

Connor arqueó una ceja. Vivir con ella en su espacio privado. El lugar donde guardaba sus "juguetes", sus cuerdas y sus reglas de medianoche.

—No creo que sea buena idea, Micaela. Ella y yo nos llevamos como el fuego y la gasolina.

—Exacto —sonrió Micaela con sabiduría—. Por eso mismo. Mejor que el incendio ocurra en una casa privada que en la estación de bomberos del gobierno. Ahora ve a ayudarla con su bolsa, y ni se te ocurra volver a decirle "bonita" delante de los chicos si no quieres que te reten a un duelo.

Connor suspiró, mirando hacia las escaleras. Una sonrisa lenta y peligrosa apareció en su rostro. —Está bien, Mica. Se irá a casa conmigo. Pero si termina odiándome más de lo que ya me odia, será culpa tuya.

—Oh, no me engañas, Connor —rio la cocinera volviendo a sus ollas—. Esa niña no te odia. Solo está esperando a ver quién de los dos cede primero.

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