La lluvia en Palamidi no caía; castigaba. Era un diluvio bíblico que borraba la línea entre el cielo plomizo y el mar Egeo, que rugía furioso cien metros más abajo, estrellándose contra los acantilados de piedra caliza. Para Maya Nikos, ese estruendo era la única melodía que encajaba con el caos de su alma.Llevaba un vestido de seda blanca, ahora empapado y pegado a su cuerpo como una segunda piel fría. Sus pies descalzos resbalaban en el borde del precipicio. Un paso más. Solo uno. Y la pesadilla terminaría. No habría boda con Viktor Petrova, no habría más sumisión a los caprichos de su padre, Stavros. Solo silencio.Cerró los ojos, inclinándose hacia adelante, saboreando la libertad del vacío.—¡Ni se te ocurra, maldita sea!La voz no fue un grito, fue un trueno que cortó el viento. Maya abrió los ojos de golpe, girándose con brusquedad. A diez metros, emergiendo de la cortina de agua como un titán oscuro, estaba un hombre. Llevaba el uniforme pesado de bombero, la chaqueta negra c
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