Capítulo 8: El Peso del Mando

 

El sonido de la alarma de la Estación 18 no era un timbre, era un alarido eléctrico que cortaba el aire y ponía los corazones a mil por hora. Connor, que acababa de dejar las bolsas con la ropa de Maya en el vestuario, reaccionó por puro instinto. En menos de sesenta segundos, el primate que discutía por el desayuno había desaparecido, dejando paso al Capitán Petrova.

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