Mundo ficciónIniciar sesiónLa noche había caído sobre el territorio con una calma engañosa, de esas que parecen tranquilas en la superficie pero esconden algo más profundo moviéndose debajo. Kael caminaba entre los límites del bosque con paso firme, atento como siempre, cumpliendo su rol de Alfa con la disciplina que lo caracterizaba, pero esta vez su mente no estaba completamente allí. Había algo que lo estaba distrayendo, algo que no lograba apartar sin importar cuánto lo intentara, y eso lo irritaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. No era un enemigo, no era una amenaza externa, no era otra manada… era ella. Otra vez ella.
Desde que Lía había regresado, algo no encajaba. No era solo su presencia, no era solo el hecho de verla de nuevo después de todo lo que había pasado entre ellos. Era otra cosa. Algo más sutil y al mismo tiempo más inquietante. Su olor seguía siendo el mismo… pero no del todo. Había cambiado, se había intensificado, como si dentro de ella hubiera despertado algo que antes estaba dormido. Y eso, más que curiosidad, le provocaba alerta. Esto no es normal… y tú lo sabes, pensó mientras apretaba la mandíbula, tratando de enfocarse en su recorrido. Pero no podía. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de ella volvía, su mirada, su forma de sostenerse frente a él sin bajar la cabeza, sin la timidez de antes, sin el dolor evidente que él esperaba encontrar después de haberla rechazado. No, ahora había algo distinto… algo que no lograba descifrar y que, en el fondo, lo descolocaba. Se detuvo en seco cuando el viento cambió ligeramente de dirección. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El aroma llegó claro, inconfundible, envolviéndolo en un instante. Era ella. No había duda. Pero esta vez el efecto fue distinto. No fue solo reconocimiento… fue impacto. Su pecho se tensó, su respiración se volvió más pesada y una sensación incómoda, casi eléctrica, recorrió su cuerpo. ¿Qué diablos está pasando contigo…? —¿Me estás siguiendo? La voz de Lía rompió el silencio con una tranquilidad que no coincidía con la tensión del momento. Kael giró lentamente, encontrándola de pie entre las sombras, parcialmente iluminada por la luz de la luna que se filtraba entre los árboles. Su postura era firme, segura, y sus ojos estaban clavados en él sin rastro de duda o sumisión. Eso, por sí solo, ya era un cambio. Durante unos segundos ninguno habló. Solo se miraron. Pero ese silencio no era vacío, estaba cargado de algo denso, pesado, como si el aire mismo se hubiera vuelto más difícil de respirar. Kael no podía ignorarlo… ni quería hacerlo del todo, aunque no lo admitiera. —No eres difícil de encontrar —respondió finalmente, manteniendo un tono controlado, pero sin la frialdad absoluta que había usado antes con ella. Fue un error. Lo supo en el instante en que vio la leve curva en los labios de Lía. —Claro… siempre fui fácil de ver cuando querían ignorarme —dijo con suavidad, pero cada palabra llevaba un peso que golpeó más fuerte de lo esperado. Kael entrecerró los ojos, sintiendo la tensión aumentar. —No empieces. —¿Empezar qué? —replicó ella, inclinando ligeramente la cabeza, observándolo con una calma que parecía calculada—. ¿A decir la verdad? El silencio volvió, pero esta vez más corto, más tenso. Kael dio un paso hacia ella, intentando recuperar control, marcar territorio, imponer la distancia que sabía que debía existir entre ambos. —Te dije que no te acercaras. Pero Lía no retrocedió. Ni un centímetro. Y eso lo descolocó más de lo que estaba dispuesto a admitir. —Y tú dijiste muchas cosas hoy —respondió ella—. No significa que tengan poder sobre mí. Ahora estaban más cerca. Demasiado cerca. Kael podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, el ritmo de su respiración, el leve movimiento de su pecho al inhalar. Su cuerpo reaccionó de una forma que no le gustó… y eso lo irritó aún más. Aléjate… hazlo ahora, se ordenó internamente. Pero no lo hizo. —No entiendes en lo que te estás metiendo —dijo, bajando ligeramente la voz, esta vez con un tono más serio, más cercano a una advertencia real. Pero Lía no mostró miedo. Solo lo miró. —Entonces explícame. Esa respuesta lo golpeó directo. Sin rodeos. Sin evasivas. Kael apretó la mandíbula, sintiendo cómo algo dentro de él comenzaba a perder estabilidad. —Lo que llevas dentro… no es normal. Hubo un breve silencio, y en ese instante, los ojos de Lía brillaron apenas, un destello fugaz que no pasó desapercibido para él. —Lo sé —respondió ella. Esa respuesta no era la que esperaba. —¿Y no te asusta? —preguntó, antes de poder detenerse. Por un momento, ella no respondió. Solo lo miró. Y en ese breve espacio de tiempo, algo cambió. Una duda real cruzó por su mirada… pero desapareció igual de rápido. —No. Era mentira. Kael lo sintió. Pero no insistió. No porque no quisiera… sino porque algo más estaba creciendo en ese instante, algo que desviaba su atención de todo lo demás. Atracción. No tenía sentido. No era correcta. Pero estaba ahí, entre ellos, latiendo con fuerza, mezclándose con la tensión, con el orgullo, con el pasado no resuelto. —Deberías mantenerte lejos de mí —dijo Kael finalmente, pero su voz ya no sonó como una orden absoluta. Sonó… más personal. Lía lo notó. Y eso le dio ventaja. Se acercó un paso más, rompiendo por completo cualquier espacio entre ellos. Ahora estaban a centímetros. Kael podía ver cada detalle de su rostro, la forma en que sus labios se entreabrían apenas al respirar, el leve brillo en sus ojos. —¿Por qué? —susurró ella. Su voz fue más baja, más lenta, más peligrosa. Kael sintió cómo su respiración se alteraba ligeramente. —Porque no sabes lo que puedo hacerte —respondió, intentando mantener firmeza. Pero no lo logró del todo. La sonrisa de Lía apareció, lenta, provocadora. —¿Eso es una amenaza… o una advertencia para ti mismo? Ese golpe fue directo. Preciso. Kael reaccionó de inmediato, sujetando su brazo con firmeza, tirando de ella apenas hacia él. —No juegues conmigo. Su voz bajó, más grave, más cargada. Pero su cercanía no disminuyó. Al contrario, la intensificó. El contacto entre ellos envió una descarga silenciosa que ninguno pudo ignorar. El pulso de Lía se aceleró, pero no se apartó. Hazlo caer… pensó ella por un instante, sintiendo cómo una parte de sí misma quería empujarlo más allá. —Tú empezaste esto —susurró, acercándose aún más, reduciendo la distancia hasta que sus labios quedaron peligrosamente cerca de los de él. El aire se volvió denso, pesado, cargado de una tensión que ya no podía ocultarse. Kael sintió cómo su control comenzaba a resquebrajarse. Cada instinto dentro de él le gritaba que se alejara… pero su cuerpo no respondía. Por un segundo… solo uno… estuvo a punto de ceder. Y eso fue lo que lo hizo reaccionar. La soltó de golpe, retrocediendo como si el contacto lo hubiera quemado. —Vete. Esta vez sonó más como una orden… pero no completamente firme. Lía lo observó en silencio, analizando cada pequeño cambio en su expresión, cada señal de debilidad que él intentaba ocultar. Y lo vio. Te estoy afectando… Esa certeza la recorrió como un escalofrío. —Nos vemos, Alfa —murmuró finalmente, girándose con calma y comenzando a alejarse sin prisa. No miró atrás. No lo necesitaba. Sabía que él la estaba mirando. Y eso… Le gustó más de lo que debería. Kael se quedó inmóvil en su lugar, observándola desaparecer entre las sombras del bosque, con la respiración aún descompasada y una sensación incómoda creciendo en su pecho. Esto se está saliendo de control… Pero lo peor no era eso. Lo peor… Era que una parte de él no estaba segura de querer detenerlo.






