La mañana llegó tranquila. Demasiado tranquila. Y, por primera vez en mucho tiempo, esa quietud absoluta no encendió las alarmas de nadie.
El territorio de Yaracuy parecía respirar en una paz legítima. A lo lejos, los guerreros entrenaban en el patio de armas sin la urgencia de una guerra inminente; los cachorros corrían por los senderos de piedra entre risas ruidosas, y las familias compartían el desayuno en las zonas comunes bajo el sol radiante. La enorme mansión del Alfa ya no se sentía com