Mundo ficciónIniciar sesiónDurante meses pagué cada detalle para celebrar la boda de mis sueños con el hombre que amaba desde la adolescencia. Pero apenas puse un pie en la entrada de la iglesia con mi vestido de novia, unos hombres me impidieron el paso. Mi propia madre salió a la puerta y me echó a la calle como si fuera un perro. Desde ahí, con el corazón roto pero la mente fría, pude ver lo impensable: mi hermana menor y mi prometido se estaban casando en el altar, mientras mis padres y todo nuestro entorno celebraban a lo grande esa infamia. La traición era tan obscena que dolía, sobre todo porque a gran parte de esa gente los había ayudado económicamente cuando más lo necesitaban, y así me pagaron. Pensaron que, consumida por el dolor y el supuesto amor inmenso que siempre les di, me quedaría callada y cedería como una tonta. Jamás se imaginaron que una traición así se devuelve multiplicada, y que la venganza más fría la diseña la misma abogada a la que intentaron destruir.
Leer másLa felicidad que tanto esperaba por fin estaba frente a mí. Vestida de novia, sonreía ante el espejo y sentía que todo en mi vida finalmente encajaba.
Me observé una y otra vez, incapaz de creer que aquel día había llegado, porque uniría mi vida con el hombre al que amaba desde los 15 años.
Camila, mi hermana, había elegido mi vestido y aseguró que me quedaba perfecto. Incluso dijo que parecía una princesa, y yo le creí porque confiaba ciegamente en mi hermana.
Mateo también tenía preparada una sorpresa para nuestra luna de miel. Desde niña soñaba con ver el amanecer desde la cima de una montaña, y él juró que me llevaría para cumplir ese deseo.
—No te preocupes por nada, amor —me había dicho la noche anterior con dulzura—. Ya reservé todo y será perfecto.
Eso era lo que más amaba de él, siempre prometía protegerme y cumplir mis sueños. Nos conocimos durante la adolescencia, cuando me defendía de los compañeros que me molestaban, y con los años ese vínculo se volvió inquebrantable.
—Mientras yo esté contigo, nadie volverá a hacerte daño —me aseguró mientras me limpiaba las lágrimas—. Siempre voy a protegerte.
Le creí durante años. Me aferré a cada palabra como si fuera una promesa irrompible, y mi corazón se llenaba de calma cada vez que me decía que todo estaría bien, que siempre permanecería a mi lado.
Por eso, cuando me recibí de abogada y comencé a ganar dinero, jamás dudé en ayudarlo. Estaba convencida de que crecíamos como equipo y de que cada sacrificio valdría la pena.
Entre mis primeros grandes juicios estuvo el caso de un político muy conocido, un proceso difícil que muchos daban por perdido por su poder y la presión de los medios.
Tras meses de trabajo y noches sin dormir revisando pruebas, logré demostrar la verdad en el tribunal y gané el caso, lo que marcó el inicio de mi carrera profesional.
También recibí una suma de dinero que jamás imaginé tener. Lo primero que hice fue ayudar a quienes amaba, porque sentía que mi triunfo también les pertenecía a ellos.
Salvé la empresa familiar de unos gastos, pagué la universidad de Mateo, cubrí sus deudas y también ayudé a su familia cuando más lo necesitaban.
También pagué la carrera de Camila cuando estaba a punto de dejarla y cubrí las deudas de mi madre, aunque eso me dejó casi sin ahorros.
Nunca pedí nada a cambio, porque eran mi familia y creía que apoyarlos era lo correcto, confiando en que algún día estarían para mí cuando los necesitara.
Frente al espejo acomodé el velo y respiré hondo para calmar los nervios; todo parecía estar en su lugar ,mi familia unida, mi trabajo avanzando y, en unos minutos, me casaría con el hombre que amaba.
Camila organizó toda la boda y yo pagué cada gasto sin cuestionarla, porque estaba ocupada con mi trabajo y solo asistía a reuniones rápidas donde ella me mostraba avances que siempre parecían perfectos.
A veces notaba que cambiaba lo que yo elegía y me hacía aceptar otras opciones, pero lo dejé pasar porque confiaba en que solo quería ayudarme a tener la boda que yo no podía organizar por falta de tiempo.
Camila y Mateo me repitieron que no debía preocuparme por nada. Solo tenía que arreglarme, llegar a la iglesia y disfrutar el día más feliz de mi vida.
Antes de salir, Camila me llamó para decirme que todos ya estaban en la ceremonia. El automóvil esperaba únicamente por mí, mientras ella y Mateo revisaban los últimos detalles.
Durante el camino sonreía sin parar, acariciando nerviosa mi vestido mientras el auto avanzaba, y sentía que cada minuto me acercaba a la vida que siempre soñé. Sin embargo, una leve inquietud comenzó a instalarse en mi pecho.
Cuando llegué, la entrada de la iglesia estaba hermosa, con un arco de flores blancas sobre las puertas y cintas doradas moviéndose con la brisa.
El camino estaba decorado con flores y velas en recipientes de cristal, todo lucía hermoso y tal como lo había soñado, mostrando el esfuerzo de mi hermana por hacer de ese día algo especial.
Dos guardias vigilaban la entrada y pensé que solo estaban controlando el acceso, así que me acerqué , segura de que me dejarían pasar sin problema.
Esperaba que abrieran las puertas al verme, pero los dos guardias se adelantaron y me bloquearon el paso, uno levantando el brazo para detenerme sin mostrar ninguna amabilidad.
—Su invitación, señorita.
—No necesito invitación —respondí con una pequeña risa—. Soy la novia.
Intenté avanzar, pero el primer guardia volvió a cerrarme el paso y su compañero se acercó para formar una barrera frente a las puertas.
—La invitación —repitió el primero con menos paciencia—. Sin ella no puede entrar.
Mi sonrisa desapareció poco a poco mientras trataba de mantener la calma, pensando que todo era solo un malentendido.
—Señor, se equivoca —dije con una sonrisa nerviosa—. Realmente soy la novia, no necesito invitación.
El segundo me miró de arriba abajo y soltó una risa burlona, como si pensara que yo estaba loca.
—Sí, claro, tú eres la novia —se burló con descaro—. Y yo el sacerdote.
—La novia ya está adentro —añadió el primero con frialdad—. Si no tiene invitación, dé la vuelta y lárguese.
—¿Qué? Los dos son adultos. No me digas que el tema no se te ha cruzado por la cabeza ni una sola vez durante todo este tiempo.Su cara de pánico lo confesó todo. Apartó la vista, rojo hasta la raíz del cabello.—No tienes remedio de verdad; eres un peligro público.—Solo digo que podrías invitarla a cenar, presumirle el Mercedes que acabo de regalarte y después pasar a estrenar el departamento. Dos pájaros de un tiro.—¡Elara, cállate ya! —gritó con la cara ardiendo.Volví a reír con ganas, pero la broma desapareció cuando Leandro recuperó la calma y se acercó con una seriedad inesperada. Luego me sujetó suavemente por los hombros.—Escúchame bien, Lara. Hanna, Yuliana, Alejandro y yo no somos como ese grupo de parásitos que tenías por familia —dijo con firmeza—. No te ayudamos esperando que nos mantengas ni exigiendo que nos recompenses con autos alemanes o departamentos. Lo hacemos porque te queremos de verdad y porque mereces que alguien esté de tu lado por una maldita vez en la v
Su indignación exagerada siempre conseguía sacarme una sonrisa, incluso en medio de aquel desastre.—¿Podrías calmarte un poco?—¿Que me calme? ¿Cómo quieres que me calme en un momento como este? Te vas dentro de unas horas y todavía no sabemos qué hacer con el Mercedes —protestó—. No me digas que piensas dejárselo a ese espantapájaros con piernas de alambre.Solté una carcajada que me sorprendió incluso a mí. Después de todo lo ocurrido durante aquel día, no creía que todavía pudiera reírme de esa manera.—No me digas que piensas dejárselo como compensación por haber interrumpido su boda —continuó con sarcasmo—. Quizá deberíamos pedirle disculpas o dejarle el Mercedes con un moño en la entrada para que pueda estrenarlo con su nueva esposa. ¿Quieres que compre el papel de regalo o también le enviamos una tarjeta de felicitación?Le di un golpe en el brazo antes de que continuara diciendo tonterías.—Idiota.Saqué las llaves del Mercedes de mi bolso y las sostuve frente a él.—Extiende
—Ese infeliz nunca me agradó —confesó finalmente, cruzándose de brazos con desprecio—. Tenía cara de mantenido profesional.—¿A usted tampoco? —pregunté mirándolo con incredulidad—. ¿Y por qué demonios nadie me lo dijo antes?—Cada vez que venía a buscarte a la oficina era para pedirte dinero, exigir favores o conseguir que le resolvieras algún problema de adulto que no sabía manejar. Nunca lo vi preocupado por cómo estabas tú, a menos que tu tarjeta de crédito estuviera ardiendo.Una vergüenza amarga me recorrió el cuerpo. Al parecer, todos habían notado aquel comportamiento, mientras yo seguía cegada por la estúpida ilusión del amor romántico.—¿Acaso usted y Leandro se aliaron para hablar mal de Mateo a mis espaldas? —pregunté, intentando bromear.—Soy hombre, Lara. Los hombres conocemos demasiado bien a los de nuestra especie —añadió con naturalidad.—Pues su especie cada día decepciona más de lo previsto —respondí mientras me ponía de pie—. A este paso terminaré pidiendo asilo en
—Y, por si fuera poco, mi queridísima madre terminó echándome a patadas de la parroquia como si fuera una vendedora ambulante, mientras todo ese montón de familiares y amigos aplaudía y celebraba feliz de la vida.Leandro se quedó petrificado, con la boca tan abierta que casi se le caía la mandíbula y los lentes colgando de un dedo. Durante varios segundos intentó procesar el tamaño del chisme.—A ver si lo entendí —murmuró—. ¿La víbora de tu hermana te robó al novio, utilizó tu dinero y encima tu madre te echó a la calle?—La verdad es que fui una estúpida y también tuve la culpa —admití, bajando la mirada—. Me encerré en esta oficina, trabajé día y noche y confié en ellos sin ver lo que hacían frente a mis narices.—¡No vuelvas a llamarte estúpida! —me interrumpió—. ¡Tú confiaste en tu familia y ellos aprovecharon esa confianza para apuñalarte! ¡Los estúpidos son ellos si creen que saldrán de esta sin pagar!Leandro se puso rojo de rabia y comenzó a caminar de un lado a otro, como s
Último capítulo