Pagué mi boda y mi hermana se casó con mi prometido

Pagué mi boda y mi hermana se casó con mi prometidoES

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Última actualización: 2026-08-10
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Resumen
Índice

Durante meses pagué cada detalle para celebrar la boda de mis sueños con el hombre que amaba desde la adolescencia. Pero apenas puse un pie en la entrada de la iglesia con mi vestido de novia, unos hombres me impidieron el paso. Mi propia madre salió a la puerta y me echó a la calle como si fuera un perro. Desde ahí, con el corazón roto pero la mente fría, pude ver lo impensable: mi hermana menor y mi prometido se estaban casando en el altar, mientras mis padres y todo nuestro entorno celebraban a lo grande esa infamia. La traición era tan obscena que dolía, sobre todo porque a gran parte de esa gente los había ayudado económicamente cuando más lo necesitaban, y así me pagaron. Pensaron que, consumida por el dolor y el supuesto amor inmenso que siempre les di, me quedaría callada y cedería como una tonta. Jamás se imaginaron que una traición así se devuelve multiplicada, y que la venganza más fría la diseña la misma abogada a la que intentaron destruir.

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Capítulo 1

Capitulo 1

La felicidad que tanto esperaba por fin estaba frente a mí. Vestida de novia, sonreía ante el espejo y sentía que todo en mi vida finalmente encajaba.

Me observé una y otra vez, incapaz de creer que aquel día había llegado, porque uniría mi vida con el hombre al que amaba desde los 15 años.

Camila, mi hermana, había elegido mi vestido y aseguró que me quedaba perfecto. Incluso dijo que parecía una princesa, y yo le creí porque confiaba ciegamente en mi hermana.

Mateo también tenía preparada una sorpresa para nuestra luna de miel. Desde niña soñaba con ver el amanecer desde la cima de una montaña, y él juró que me llevaría para cumplir ese deseo.

—No te preocupes por nada, amor —me había dicho la noche anterior con dulzura—. Ya reservé todo y será perfecto.

Eso era lo que más amaba de él, siempre prometía protegerme y cumplir mis sueños. Nos conocimos durante la adolescencia, cuando me defendía de los compañeros que me molestaban, y con los años ese vínculo se volvió inquebrantable.

—Mientras yo esté contigo, nadie volverá a hacerte daño —me aseguró mientras me limpiaba las lágrimas—. Siempre voy a protegerte.

Le creí durante años. Me aferré a cada palabra como si fuera una promesa irrompible, y mi corazón se llenaba de calma cada vez que me decía que todo estaría bien, que siempre permanecería a mi lado.

Por eso, cuando me recibí de abogada y comencé a ganar dinero, jamás dudé en ayudarlo. Estaba convencida de que crecíamos como equipo y de que cada sacrificio valdría la pena.

Entre mis primeros grandes juicios estuvo el caso de un político muy conocido, un proceso difícil que muchos daban por perdido por su poder y la presión de los medios.

Tras meses de trabajo y noches sin dormir revisando pruebas, logré demostrar la verdad en el tribunal y gané el caso, lo que marcó el inicio de mi carrera profesional.

También recibí una suma de dinero que jamás imaginé tener. Lo primero que hice fue ayudar a quienes amaba, porque sentía que mi triunfo también les pertenecía a ellos.

Salvé la empresa familiar de unos gastos, pagué la universidad de Mateo, cubrí sus deudas y también ayudé a su familia cuando más lo necesitaban.

También pagué la carrera de Camila cuando estaba a punto de dejarla y cubrí las deudas de mi madre, aunque eso me dejó casi sin ahorros.

Nunca pedí nada a cambio, porque eran mi familia y creía que apoyarlos era lo correcto, confiando en que algún día estarían para mí cuando los necesitara.

Frente al espejo acomodé el velo y respiré hondo para calmar los nervios; todo parecía estar en su lugar ,mi familia unida, mi trabajo avanzando y, en unos minutos, me casaría con el hombre que amaba.

Camila organizó toda la boda y yo pagué cada gasto sin cuestionarla, porque estaba ocupada con mi trabajo y solo asistía a reuniones rápidas donde ella me mostraba avances que siempre parecían perfectos.

A veces notaba que cambiaba lo que yo elegía y me hacía aceptar otras opciones, pero lo dejé pasar porque confiaba en que solo quería ayudarme a tener la boda que yo no podía organizar por falta de tiempo.

Camila y Mateo me repitieron que no debía preocuparme por nada. Solo tenía que arreglarme, llegar a la iglesia y disfrutar el día más feliz de mi vida.

Antes de salir, Camila me llamó para decirme que todos ya estaban en la ceremonia. El automóvil esperaba únicamente por mí, mientras ella y Mateo revisaban los últimos detalles.

Durante el camino sonreía sin parar, acariciando nerviosa mi vestido mientras el auto avanzaba, y sentía que cada minuto me acercaba a la vida que siempre soñé. Sin embargo, una leve inquietud comenzó a instalarse en mi pecho.

Cuando llegué, la entrada de la iglesia estaba hermosa, con un arco de flores blancas sobre las puertas y cintas doradas moviéndose con la brisa.

El camino estaba decorado con flores y velas en recipientes de cristal, todo lucía hermoso y tal como lo había soñado, mostrando el esfuerzo de mi hermana por hacer de ese día algo especial.

Dos guardias vigilaban la entrada y pensé que solo estaban controlando el acceso, así que me acerqué , segura de que me dejarían pasar sin problema.

Esperaba que abrieran las puertas al verme, pero los dos guardias se adelantaron y me bloquearon el paso, uno levantando el brazo para detenerme sin mostrar ninguna amabilidad.

—Su invitación, señorita.

—No necesito invitación —respondí con una pequeña risa—. Soy la novia.

Intenté avanzar, pero el primer guardia volvió a cerrarme el paso y su compañero se acercó para formar una barrera frente a las puertas.

—La invitación —repitió el primero con menos paciencia—. Sin ella no puede entrar.

Mi sonrisa desapareció poco a poco mientras trataba de mantener la calma, pensando que todo era solo un malentendido.

—Señor, se equivoca —dije con una sonrisa nerviosa—. Realmente soy la novia, no necesito invitación.

El segundo me miró de arriba abajo y soltó una risa burlona, como si pensara que yo estaba loca.

—Sí, claro, tú eres la novia —se burló con descaro—. Y yo el sacerdote.

—La novia ya está adentro —añadió el primero con frialdad—. Si no tiene invitación, dé la vuelta y lárguese.

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