Su indignación exagerada siempre conseguía sacarme una sonrisa, incluso en medio de aquel desastre.
—¿Podrías calmarte un poco?
—¿Que me calme? ¿Cómo quieres que me calme en un momento como este? Te vas dentro de unas horas y todavía no sabemos qué hacer con el Mercedes —protestó—. No me digas que piensas dejárselo a ese espantapájaros con piernas de alambre.
Solté una carcajada que me sorprendió incluso a mí. Después de todo lo ocurrido durante aquel día, no creía que todavía pudiera reírme de