Capitulo 2

Me quedé paralizada intentando entender lo que pasaba mientras miraba a mi alrededor y confirmaba que todo coincidía con el lugar que Camila me había indicado, pero aun así la inquietud que había tratado de ignorar creció de repente.

—Se están confundiendo —insistí—. ¡Esta es mi ceremonia! Mi familia y mi prometido están adentro.

—Eso mismo dicen todas las que intentan colarse —respondió el segundo con fastidio—. Ya te dijimos que la novia llegó hace rato.

Sentí el corazón latiendo con fuerza contra mi pecho y, por reflejo, busqué el celular, pero enseguida recordé que Camila me había pedido dejarlo en casa, así que no tenía cómo comunicarme ni pedir ayuda

No llevaba invitación ni bolso, además el conductor se había ido apenas me bajé del auto, así que me quedé completamente sola y sin forma de contactar a mi familia ni de demostrar que yo era la verdadera novia.

—Por favor, hablo en serio —supliqué desesperada—. ¿Por qué otra razón vendría vestida así?

Ambos pusieron los ojos en blanco, molestos, y cuando levanté la voz sin querer, el primer guardia cambió su expresión y se puso serio de inmediato.

—Mire, señorita, está colmando mi paciencia —me advirtió, acercándose de forma amenazante—. Se va por su voluntad o nosotros la sacamos a la fuerza.

—¡Solo llamen a alguien de adentro! —grité, ya sin control— ¡Yo soy la novia!

—¡Lárgate de una vez! —ordenó el segundo con desprecio—. ¡No vamos a interrumpir nada por tus tonterías!

Intenté pasar, pero se movieron rápido y me bloquearon; uno me empujó del pecho y me hizo retroceder, y por más que traté de apartarlo, no se movió.

—¡Déjenme pasar! —grité, lanzándome de nuevo entre ellos—. ¡Llamen al organizador, a quien sea! ¡Es mi boda!

Uno de los guardias me agarró del brazo y el otro se acercó para sacarme, pero en ese momento las puertas de la iglesia se abrieron de golpe.

Mi madre apareció en la entrada y sentí un gran alivio, porque pensé que por fin alguien me reconocería y aclararía todo.

—¡Mamá! —exclamé—. Al fin...

No pude terminar la frase; mi madre se acercó, me miró con una rabia desconocida y, sin decir nada, me dio una bofetada que me hizo girar la cara.

El golpe me hizo perder el equilibrio y caer en un charco, con el sabor de la sangre en la boca y un zumbido fuerte en los oídos.

Me quedé en el suelo con la mano en la mejilla, sin entender por qué mi madre me había golpeado; me ardía la cara, pero dolía más verla tan distante.

Estaba frente a mí, rígida y con la mirada fría, como si yo le molestara, dejando claro que no me veía como su hija.

—¡Lárgate de aquí! —gritó, señalándome la salida—. ¡No tienes ningún derecho a venir a arruinar la boda de tu hermana!

Sus palabras se repitieron en mi mente, dejándome confundida mientras trataba de entender lo que acababa de pasar.

¿La boda de mi hermana?

—¿Qué…? —logré preguntar, con la voz temblorosa—. Mamá, ¿de qué estás hablando?

Bajé la mirada y vi mi vestido blanco lleno de lodo; mis manos temblaban y el frío del suelo, junto con la vergüenza, me hacía sentir peor.

—¿Por qué siempre tienes que arruinarle todo a Camila? —me reclamó con rabia—. ¿No soportas verla feliz?

—¿Que? —repetí, completamente confundida—. ¡Esta es mi boda! ¡La que se casa hoy soy yo!

Mi madre me miró con fastidio, como si ya no tuviera paciencia para escucharme. No le importaba lo que yo dijera , ni lo destrozada que estaba, solo quería que me fuera de una vez.

—No permitan que entre —ordenó con frialdad—. Si intenta acercarse otra vez, sáquenla de aquí.

Después se dio la vuelta y caminó hacia la iglesia; al verla irse, el miedo me hizo reaccionar y, aunque me dolía todo, me levanté y corrí tras ella.

—¡Mamá, espera! —grité desesperada.

Cuando la alcancé, la tomé del brazo, pero ella se soltó con brusquedad y apartó mi mano con desprecio, dejando la entrada libre por unos segundos.

Miré por encima de su hombro y sentí que todo se derrumbaba; el ruido desapareció, me quedé paralizada y apenas podía respirar.

Al fondo del pasillo, junto al altar, estaba Mateo, el hombre que había amado durante años, sonriendo tranquilo como si nada pasara.

Frente a él estaba Camila, mi hermana menor, a quien siempre cuidé y consentí; vestida de blanco con un traje más lujoso que el mío, sostenía el ramo y lo miraba de una forma que me hizo entender todo.

Su velo caía por las escaleras del altar y sonreía sin apartar la mirada de Mateo, como si por fin estuviera cumpliendo algo que había deseado por mucho tiempo.

Ambos estaban muy cerca, tomados de la mano, mirándose con una confianza que dejaba claro que llevaban tiempo juntos en secreto.

Sentí que mis piernas fallaban y el corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho, quise hablar pero no me salió la voz.

Mateo se estaba casando con mi hermana y, aunque lo veía frente a mí, no podía aceptarlo, como si fuera una pesadilla de la que aún podía despertar.

Él prometió cuidarme, amarme y formar una familia conmigo, y yo le creí; lo apoyé en todo, estuve a su lado cuando no tenía nada, hasta verlo salir adelante.

Camila también lo tuvo todo de mí; le cumplí sus caprichos y confié en ella para organizar mi boda, sin pensar que usaría esa confianza para traicionarme.

Mi madre me empujó con fuerza y me hizo retroceder, sacándome del shock, aunque aún no podía dejar de mirar el altar.

—Ni se te ocurra armar un escándalo —me amenazó, señalándome—. ¡Lárgate de una vez o verás de lo que somos capaces!

—¡Mamá! —exclamé, con la voz quebrada sin poder creerlo—. ¡La que debería estar en ese altar soy yo!

Intenté avanzar, pero los guardias me bloquearon la puerta y mi madre, detrás de ellos, me miró con un desprecio que no lo podia creer.

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