—Ese infeliz nunca me agradó —confesó finalmente, cruzándose de brazos con desprecio—. Tenía cara de mantenido profesional.
—¿A usted tampoco? —pregunté mirándolo con incredulidad—. ¿Y por qué demonios nadie me lo dijo antes?
—Cada vez que venía a buscarte a la oficina era para pedirte dinero, exigir favores o conseguir que le resolvieras algún problema de adulto que no sabía manejar. Nunca lo vi preocupado por cómo estabas tú, a menos que tu tarjeta de crédito estuviera ardiendo.
Una vergüenza