Mundo ficciónIniciar sesión—¡Déjenme entrar! —exigí, intentando zafarme—. ¡No pueden hacerme esto!
Mi madre se volvió hacia mí y me dio otra bofetada, más fuerte que la anterior, haciéndome perder el equilibrio y caer de nuevo en el lodo.
—¡Te dije que dejaras de armar escándalo! —gritó, fuera de sí por la rabia—. ¡Camila merece ser feliz! ¿Me oyes? ¡Y no permitiré que la arruines por tus estupidos celos!
El lodo manchó mi vestido y mis brazos, y algunas gotas me salpicaron la cara; levanté la mirada entre lágrimas, sintiendo un peso enorme en el pecho.
Sus palabras me dolieron más que los golpes, porque entendí que mi madre siempre supo la verdad y aun así eligió apoyarlos y tratarme como si yo fuera el problema.
—¿Todos ustedes lo sabían? —susurré—. ¿Desde cuándo?
Mi madre no respondió, pero no hacía falta, su actitud lo dejaba claro. Todo había sido planeado a mis espaldas y solo me usaron para pagar la boda, mientras ella siempre estuvo de su lado.
—No dejen que interrumpa la ceremonia —ordenó a los guardias antes de regresar al interior—. Si sigue causando problemas, llamen a la policía para que se la lleven.
Me lanzó una última mirada antes de entrar, fría y distante, sin rastro de culpa ni tristeza, mientras las puertas se cerraban lentamente y yo luchaba por ponerme de pie.
—¡Mamá, no! —grité—. ¡No pueden hacerme esto!
Mi madre no se detuvo ni volvió a mirarme; las puertas se cerraron frente a mí mientras los guardias me retenían para impedir que me acercara de nuevo.
—Ya escuchaste —dijo uno de ellos con fastidio—. Se terminó el espectáculo.
—¡Suéltenme! —exclamé, intentando zafarme—. ¡Esa es mi familia! ¡El hombre que está adentro es mi prometido!
No les importó lo que dije y me arrastraron lejos de la entrada, sin importarles mi vestido ni que apenas podía caminar con los tacones.
—¡Déjenme hablar con él! —supliqué, intentando zafarme—. ¡Suéltenme!
—¡Lárgate de una vez! —ordenó uno de ellos antes de empujarme con fuerza—. ¡No queremos volver a verte cerca de esa puerta!
El empujón me hizo tropezar con el vestido y caí en el barro; el tacón se rompió, mi tobillo se dobló y un dolor intenso me recorrió la pierna. Quedé en el suelo, sucia y temblando, viendo cómo mi vestido quedaba arruinado.
—Esto no puede ser verdad —murmuré, negando una y otra vez—. Es un sueño… Tiene que ser un sueño.
Me abracé intentando calmarme, pero me faltaba el aire y no podía dejar de llorar, repitiendo eso una y otra vez.
Cerré los ojos unos segundos, esperando despertar en mi habitación, pero al abrirlos seguía en la misma pesadilla.
Aún no podía creerlo, pero aunque me dolía, decidí acercarme un poco más para verlo con mis propios ojos.
Me levanté con dificultad, el tobillo me dolía mucho, pero aun así caminé despacio alrededor del templo buscando cómo ver lo que pasaba dentro.
Avancé apoyándome en la pared hasta encontrar una ventana cubierta de enredaderas, aparté las hojas con cuidado y me acerqué al cristal, respirando rápido por los nervios.
Desde allí podía ver el altar completo. Camila y Mateo permanecían uno frente al otro, con las manos entrelazadas, mientras el sacerdote terminaba de pronunciar las palabras.
—Puede besar a la novia
Sentí que el corazón se me detenía cuando Mateo abrazó a Camila por la cintura y la acercó para besarla; ella cerró los ojos con una leve sonrisa y se besaron sin dudar.
Los aplausos llenaron la iglesia mientras se daban un beso largo y profundo, como si nada más existiera a su alrededor.
Cuando se separaron, siguieron sonriendo y se miraron con cariño; ella acomodó su velo mientras él le susurraba algo, y por un momento parecían hechos el uno para el otro.
Era como si los 10 años que pasé a su lado nunca hubieran existido.
Todos los invitados se levantaron y aplaudieron, mientras mis padres observaban con orgullo, satisfechos de ver a Camila en mi lugar como si nada hubiera pasado.
Los padres de Mateo también celebraban sin parar, aunque durante años me llamaron hija y aceptaron cada ayuda que les ofrecí. Ninguno parecía recordar que Mateo había llegado hasta allí gracias a mi.
Entre los invitados vi a amigos, conocidos y personas a las que alguna vez ayudé; todos sonreían y celebraban como si nada, como si lo que estaba pasando fuera normal.
Nadie parecía incómodo ni sorprendido, y el hecho de que nadie preguntara por mí dejaba claro que todos sabían lo que pasaba y habían decidido callar.
Mientras yo trabajaba sin parar para pagar la boda, mi familia organizaba todo a mis espaldas y planeaba humillarme sin que yo me diera cuenta.
Apoyé la mano en el cristal para no caer cuando las piernas me fallaron; con la vista borrosa por las lágrimas, respiré hondo y me obligué a seguir mirando el altar, guardando cada imagen como un castigo.
Mateo besó de nuevo a Camila mientras los invitados aplaudían y celebraban con entusiasmo.
Mi hermana levantó el ramo, orgullosa de haberme quitado al hombre que amaba.
Me quedé afuera, cubierta de lodo, con el vestido roto y el tobillo adolorido, mirando por la ventana cómo las personas que amaba celebraban sin importarles mi dolor.
No recuerdo cómo salí de la iglesia ni cuánto caminé cojeando; una mujer que me vio llorar me ayudó a tomar un taxi y el conductor me llevó aunque no tenía dinero.
Durante todo el camino mantuve la mirada fija en la ventanilla, mientras varias personas me observaban con extrañeza desde la calle.
Mi vestido estaba roto y cubierto de lodo, el maquillaje se había corrido por las lágrimas, pero ya no me daba vergüenza nada.
Cuando llegamos al edificio, intenté pedirle al conductor que esperara mientras subía por dinero. Sin embargo, al ver el estado en que me encontraba, me indicó que no me preocupara por el pago.
El portero quiso preguntarme qué me había pasado, pero pasé sin responder; apenas podía mantenerme en pie y no tenía fuerzas para explicar lo ocurrido.







