Mundo ficciónIniciar sesiónMAXIMILIANO MARKOV es un hombre cruel y calculador que no sabe perder. Para él, las mujeres son solo un medio para su propio placer. Conquista, usa y despues deshecha, hasta que puso sus ojos en Victoria, su secretaria. Obsesionado, Maximiliano hace de todo, cosas impensables solo para tenerla en sus manos y meterla a su cama. Pero el sexo ya no es suficiente. Para ganar una guerra de poder contra su primo y reclamar una herencia, Maximiliano necesita una esposa intachable, y Victoria es la única pieza que encaja en su tablero. Lo que empezó como una cacería se convierte en su única salvación dándole el poder ahora a Victoria. Solo que, entre deudas y traiciones, ambos corren el riesgo de caer en la trampa más peligrosa. El amor. Por fin, ese CEO se nota que ya la ama demasiado a su secretaría, pero ¿será que el puede conseguir el amor de ella?
Leer másNueva York nunca duerme, pero Viktor Ivanov sí la hace callar cuando quiere.
Desde su ático en la Torre Ivanov, con vistas a un Central Park que parecía un juguete bajo sus pies, él tomaba decisiones que valían vidas. Esa noche llevaba un traje negro impecable, camisa abierta, la telaraña tatuada en la mano derecha brillando bajo la luz fría. Treinta y cinco años de poder absoluto lo habían vuelto exigente. Sus mujeres eran altas, rubias, con cuerpos esculpidos en gimnasios caros y cirugías perfectas. Rusas o ucranianas que parecían muñecas de hielo. Él las usaba una vez y las descartaba como cigarrillos apagados. El teléfono sonó. Dimitri, su mano derecha. —Jefe, el colombiano no paga. Dice que… ofrece a la hija. Una noche con usted a cambio del millón doscientos. Viktor soltó una risa seca. —¿La hija? ¿Qué, ahora soy el basurero de deudas? —Es virgen, jefe. Veinte años. Latina. Vive en Queens, trabaja en una cafetería. Nada del otro mundo, pero… es lo que hay. —Descríbemela —ordenó, más por aburrimiento que por interés. Dimitri carraspeó incómodo. —Ehh… no es modelo, jefe. Cabello castaño oscuro ondulado, piel morena normalita. Cuerpo… cuadrado. Hombros anchos, espalda recta como de hombre, caderas rectas, sin curva. Tiene rollitos a los lados, piernas flacas, culo pequeño. Nada que resalte. La típica chica común que pasa desapercibida. Viktor frunció el ceño. Sintió una punzada de asco anticipado. Él, que podía tener a cualquier supermodelo con un chasquido, ahora le ofrecían… eso. Una morocha gordita sin forma, sin gracia. Se imaginó tocando esos rollitos blandos y se le revolvió el estómago. —Tráiganla mañana a la una —dijo de todas formas, voz helada—. Quiero ver si al menos sirve para desquitarme la bronca. _____ Sofía Ramírez lloraba en silencio en su cuartito de Queens. El vestido blanco que su padre le obligó a ponerse le quedaba apretado en los sitios equivocados: marcaba los rollitos laterales, hacía que sus caderas parecieran una caja, que sus hombros anchos se vieran aún más masculinos. Siempre se había sentido fea. Los chicos en el colegio la ignoraban; las chicas lindas se reían de su cuerpo “raro”: espalda ancha, cintura inexistente, piernas flacas que terminaban en un trasero casi plano. Ahora su padre la vendía como si fuera algo valioso. —Una noche, mija. Solo una. Ese hombre está acostumbrado a lo mejor… pero tú eres virgen, eso vale. Sofía se miró al espejo y se odió más que nunca. Cabello oscuro cayendo ondulado sobre sus hombros cuadrados. Pechos flácidos pero generosos que no hacía ver bien el vestido. Rollitos que se desbordaban apenas. ¿Quién querría tocar esto? _____ Una y cinco de la madrugada. El club privado “Nochnaya Zvezda”. Sofía entró temblando. El vestido blanco parecía ridículo bajo las luces rojas. Sus piernas delgadas temblaban, el cabello castaño oscuro le caía desordenado sobre la cara. Viktor estaba sentado, piernas abiertas, vodka en mano. Cuando la vio, su expresión no cambió… pero sus ojos grises se endurecieron con desdén puro. Acércate, ordenó en español con acento ruso cortante. Ella dio pasos torpes. Descalza cuando él se lo mandó. Él la escaneó como quien revisa mercancía dañada. Cabello opaco. Hombros de camionero. Caderas rectas, sin esa curva que vuelve loco a cualquier hombre. Rollitos que se marcaban bajo la tela barata. Piernas flacas que parecían palillos bajo un torso ancho y sin forma. Y ese culo… Dios, casi no existía. Viktor sintió náuseas. Él, que rechazaba a misses por tener una imperfección mínima, ahora tenía que conformarse con esta… cosa. —¿Esto es lo que tu padre cree que vale un millón?, dijo con voz baja y cruel, levantándose. Sofía bajó la mirada, roja de vergüenza. Viktor se acercó. Olió su perfume barato, vainilla de supermercado. La tomó de la barbilla obligándola a mirarlo. Sus ojos miel estaban llenos de lágrimas. —Mírate —susurró con desprecio—. Cuerpo de caja. Ni cintura, ni caderas, ni nada que agarre. Rollitos que dan asco. ¿Sabes cuántas mujeres mataría por tenerlas aquí y las echo en cinco minutos porque no son perfectas? Y tú… tú ni siquiera eres bonita. Las lágrimas de Sofía cayeron. Pero no se movió. Viktor sintió algo retorcerse dentro de él. Odio. Asco. Y algo más oscuro: la necesidad enferma de poseer lo que nadie más querría. Porque si él la aceptaba así, fea y común, significaba que hasta lo peor del mundo le pertenecía. —Una noche —dijo, su mano tatuada bajando por el cuello de ella, sintiendo la piel cálida y suave a pesar de todo—. Una noche y tu familia vive. Pero te advierto, Sofía… no voy a ser gentil solo porque eres virgen. Te voy a usar como mereces: como el pago barato que eres. Sofía tragó saliva. —Acepto —susurró, voz rota. Viktor sonrió sin humor. La tomó de la cintura… y sintió los rollitos bajo sus dedos. Apretó con fuerza, casi con rabia. La sentó en la mesa de mármol frío. —Quítate el vestido —ordenó, voz ronca de desprecio y deseo mezclado. Ella obedeció temblando. Quedó en ropa interior blanca sencilla. Cuerpo cuadrado expuesto: hombros anchos, torso recto, rollitos marcados, piernas flacas abiertas por la fuerza de sus manos tatuadas. Viktor la miró de arriba abajo. Asco. Pura repulsión. Y aun así, su cuerpo reaccionó. Porque ahora era suya. Fea o no. Y nadie, jamás, se la quitaría. (Continuará…)MAXIMILIANO.Entro en mi despacho y cierro la puerta, dejando fuera el ruido y los problemas por un momento afuera. Me desabrocho el botón superior de la camisa mientras me siento frente a los monitores. Con un clic, me conecto a la videoconferencia. Los rostros de los directivos de la Fórmula 1 aparecen en pantalla. Es una reunión crucial; necesito que el plan de asistencia para el Gran Premio sea impecable para mantener a mis clientes más pesados.—Caballeros —digo, apoyando los codos sobre el escritorio de cristal sin perder tiempo en saludos—. Olviden el marketing tradicional. No estamos vendiendo entradas para ver coches dando vueltas; estamos vendiendo el acceso al evento más exclusivo y peligroso del año.Les proyecto la campaña. Nada de imágenes familiares. Es pura estética de alto impacto: el rugido de los motores, el asfalto quemado y la sensación de que, si no estás en las gradas, no existes.—La gente tiene que sentir que el Gran Premio es el epicentro del poder. Queremos
MAXIMILIANO.Conduzco mi Mercedes a través del tráfico de Moscú con una mano firme en el volante y la otra apoyada en la palanca de cambios. Victoria tiene la mirada clavada en la ventana, pero sé que no está viendo los edificios que desfilan ante nosotros. Su mente está en el desastre que acabamos de dejar atrás.—¿En qué piensas? —pregunto, sin apartar la vista de la carretera.—En mis sentimientos encontrados —responde con un hilo de voz—. Siento rabia, una decepción que me quema el pecho... y una tristeza que no puedo explicar. Es como si la versión de mi vida que conocía se hubiera evaporado en una mañana.Aprieto el volante. No me gusta verla así, tan vulnerable por culpa de un despojo como Moronov.—¿Lo amas? —La pregunta sale de mi boca con una carga de posesividad que no me molesto en ocultar.Ella suspira, cerrando los ojos.—Maximiliano... no se pueden borrar siete años de la noche a la mañana. Dos de novios, cinco de matrimonio. Pero hoy esa imagen de él se rompió. Ya no l
MAXIMILIANO..Viene apoyado en un bastón, con el rostro todavía marcado por los golpes, y del brazo trae a una mujer que no he visto en mi vida. Es mayor, vestida con una elegancia rancia y una mirada cargada de una prepotencia que me revuelve el estómago.Adel se detiene en seco al verme en su sala. Sus ojos se abren con pánico, pero luego mira a Victoria y su expresión se transforma en una mueca de cinismo absoluto.—Vaya, vaya... —suelta Adel, con la voz pastosa—. Sabía que eras una oportunista, Victoria, pero no pensé que traerías a tu amante a nuestra casa mientras yo todavía estoy sangrando.Me cruzo de brazos, dejando que mi sombra cubra el espacio entre ellos y ella. Siento cómo la furia empieza a hervir de nuevo. El idiota no tiene ni idea de que he pasado la mañana limpiando la mierda que él mismo sembró.—¿Quién es esta gente, Adel? —pregunta la mujer que lo acompaña, mirándonos como si fuéramos basura en la alfombra.Victoria está muda, temblando, pero yo no tengo ninguna
MAXIMILIANO.Me quedo ahí, suspendido en ese espacio agónico donde el beso parece inevitable, pero no cierro la distancia. Quiero que sufra un poco más. Quiero que entienda que el control, aunque ella sepa jugar muy bien, siempre termina en mis manos. Su mano sigue en mi pecho, sintiendo cómo mi corazón golpea con fuerza, y por un segundo, el silencio de la cocina es tan denso que casi se puede tocar.—Si quieres ese beso, Maximiliano, vas a tener que ganártelo fuera de esta cocina —murmura ella, con una sonrisa que es puro veneno—. Porque por ahora, solo eres el hombre que me preparó el desayuno.Se queda inmóvil, esperando mi siguiente movimiento, con los labios entreabiertos y la mirada fija en los míos.—Dime que no te mueres porque lo haga, Victoria —le susurro, bajando la voz hasta que es una vibración oscura contra su piel—. Admite que tú también me deseas. Que esto no es solo por los cinco millones.—¿Cómo estás tan seguro, Maximiliano? —responde ella, aunque su voz la traicio
Último capítulo