Mundo ficciónIniciar sesiónMAXIMILIANO MARKOV es un hombre cruel y calculador que no sabe perder. Para él, las mujeres son solo un medio para su propio placer. Conquista, usa y despues deshecha, hasta que puso sus ojos en Victoria, su secretaria. Obsesionado, Maximiliano hace de todo, cosas impensables solo para tenerla en sus manos y meterla a su cama. Pero el sexo ya no es suficiente. Para ganar una guerra de poder contra su primo y reclamar una herencia, Maximiliano necesita una esposa intachable, y Victoria es la única pieza que encaja en su tablero. Lo que empezó como una cacería se convierte en su única salvación dándole el poder ahora a Victoria. Solo que, entre deudas y traiciones, ambos corren el riesgo de caer en la trampa más peligrosa. El amor. Por fin, ese CEO se notará que la atracción de su secretaría a él no es solo física, en realidad ya la ama demasiado, pero ¿él podrá conseguir el amor de ella?
Leer másVICTORIA
El aire acondicionado de la oficina central me golpea la cara, pero no logra enfriar la ansiedad que me recorre la columna. Son las seis y media de la mañana. Falta exactamente dos horas para que se inicie la junta que decidirá el destino de un contrato de decenas de miles de millones de dólares, y el asiento presidencial sigue vacío.
Ajusto mi falda de tubo con mal humor a estas alturas. Mis dedos tamborilean sobre la superficie de cristal de mi escritorio mientras miro la pantalla de mi teléfono. Cinco llamadas perdidas. Todas a él. Todas ignoradas.
—¿Dónde diablos estás, Maximiliano? —susurro para las paredes mudas de la recepción.
Es un hombre exasperante.
Un tirano con carácter volcánico que parece disfrutar llevándome al borde del colapso nervioso. Ser su asistente es como caminar sobre una cuerda floja. Un paso en falso y me desintegro. Es exigente hasta la médula, impredecible como una tormenta en alta mar y carente de cualquier atisbo de cortesía básica.
Y cuando quiere, un completo irresponsable, pedante, descarado y….
Vuelvo a marcar. El tono de llamada suena una, dos, tres veces antes de saltar al buzón de voz. Aprieto el aparato con una fuerza que me hace doler los nudillos.
Me pregunto, por milésima vez en este mes, qué demonios hago aquí. Por qué soporto esto y su arrogancia desmedida.
Pero recuerdo la clínica de fertilidad.
También el salario, es jugoso.
Ser madre no es un capricho para mí; es un proyecto de vida que requiere una buena planeación financiera y el tratamiento es muy costoso.
Tengo problemas para concebir y llevo casada cinco años, y tres años intentando quedar embarazada y ya un año de tratamiento.
Entro en la sala de juntas y coloco los dossiers sobre la mesa de caoba. Markov no tolera un solo milímetro de error. Me acerco a la cafetera, el aroma del grano tostado llena el espacio, pero mi mente está en otra parte, lejos de los millones que se discutirán aquí.
Saco el teléfono y marco el número de Adel. A mi esposo.
—¿Sí? —su voz suena distraída.
—Adel, es por lo de mañana —digo, bajando la voz por si los pasos de mi jefe se acercan—. La cita en la clínica de fertilidad es a las diez. ¿Me vas a acompañar o nos vemos allá?
Escucho un suspiro al otro lado de la línea.
—No puedo, Victoria. Me surgió un imprevisto en la oficina, tengo demasiado trabajo acumulado. Ve tú, encárgate de los trámites, firma lo que sea necesario y ya en la noche... bueno, en la noche "hacemos el trabajo" nosotros dos.
El corazón se me hunde. No es la primera vez que usa esa broma cínica para restarle importancia al proceso.
—Adel, se trata de que hagamos esto juntos —respondo, sintiendo un nudo de frustración en la garganta—. Es un camino de dos. No es solo firmar papeles y acostarse.
—No te pongas dramática —suelta él, cortante—. Tú querías esto, ¿no? Pues adelante. Tengo que colgar, el jefe me llama.
El tono de ocupado me golpea el oído. Me quedo inmóvil frente a la cafetera, con la mirada perdida en los documentos de la junta. Una tristeza pesada, de esas que se instalan en los huesos, me invade. Parece que en este matrimonio soy la única que le pone empeño al sueño de ser padres. Yo pongo el dinero, yo pongo las citas, yo pongo el cuerpo y la ansiedad, mientras él solo lo ve como un trámite molesto que se soluciona en la cama.
Me limpio una lágrima antes de que arruine mi maquillaje. No tengo tiempo para desmoronarme. Soy la secretaria de un imperio y el dueño de ese imperio está a punto de entrar por esa puerta. Guardo el teléfono, enderezo la espalda y asumo mi papel.
El pitido del mensaje entrante me saca de mis pensamientos. Saco el teléfono esperando una disculpa de Adel, pero el nombre en la pantalla es
Maximiliano Markov.
Solo tres palabras, breves y tiránicas.
“Ven a mi casa”.
Frunzo el ceño y la irratacion que se desata me recorre las sienes. Miro el reloj de la sala de juntas; la reunión es en menos de una hora y el sigue son aparecer.
—Otra vez con tus caprichos, Maximiliano…
Salgo del edificio a zancadas, bajo al estacionamiento y subo al sedán negro de la compañía. Cierro la puerta con una fuerza excesiva y no me importa, que se dañe, es un vehículo de la empresa, como lo es mi tiempo y, a veces siento, que hasta mi propia paciencia.
Conduzco hacia la villa de los Markov con el pulso acelerado por la indignación.
Apenas cruzo el umbral del vestíbulo, el silencio de la mansión se ve roto por una amalgama de sonidos inconfundibles que provienen del piso de arriba. Jadeos, risas ahogadas, el roce de las sábanas.
El maldito está cogiendo otra vez.
Un suspiro pesado escapa de mis labios; es la enésima vez que tengo que lidiar con sus "descuidos" de faldas antes de una junta importante.
Subo las escaleras. No necesito tocar. El sonido que escapa por la rendija entreabierta es crudo, animal y rítmico.
Es el sonido de Maximiliano tomando lo que quiere, con esa voracidad que aplica a todo en su vida.
Me acerco un poco más, impulsada por una curiosidad que me quema las entrañas.
Miro por el espacio de la puerta.
y..
Él está de espaldas a mí, pero su presencia llena cada rincón de la habitación. Veo la tensión en sus hombros anchos, el juego de los músculos de su espalda tatuada bajo la luz tenue. Le está dando con una fuerza brutal, casi violenta, a la mujer que gime debajo de él. No hay ternura en sus movimientos; es una embestida tras otra.
Una, dos, tres, diez, va y viene poniéndome la respiración inestable.
Verlo así, tan entregado a su instinto básico mientras el negocio de los miles de millones espera abajo, me dispara la adrenalina. La rabia me sube por la garganta como ácido. Es la bajeza de su descaro, la forma en que usa a las personas como objetos desechables.
Aprieto los puños hasta que las uñas se clavan en mis palmas. No puedo seguir mirando, pero no puedo retirarme. El aire en el pasillo se vuelve pesado, cargado con el olor al sexo ajeno y a mi propia indignación.
Empujo la puerta de golpe, dejando que el estruendo rompa el ritmo de sus cuerpos.
—¿Qué estás haciendo? —grito, con la voz entrecortada por la adrenalina y una rabia que ya no sé si es profesional o personal.
Maximiliano y la mujer rubia se detienen en seco. Me acerco a la cama y, antes de que él pueda articular una sola de sus excusas arrogantes, descargo mi mano contra su mejilla.
El sonido de la bofetada es nítido, contundente.
—¡Cómo puedes ser tan descarado! —le espeto, mientras mis ojos se llenan de unas lágrimas que son puro fuego—. ¿Recuerdas lo que me dijiste anoche? ¡Dijiste que yo era la única en tu vida!
La mujer, cubriéndose torpemente con las sábanas de seda, me mira con una confusión absoluta.
—¿Quién eres tú? —pregunta ella, con la voz temblorosa.
—Soy su esposa —suelto y mientras hablo, llevo mi mano a mi vientre en un gesto deliberado—. Y además, soy la madre de su hijo.
El silencio que sigue es sepulcral. La mujer se queda atónita, pálida como el mármol. Pero es la expresión de Maximiliano la que me sostiene: sus ojos, siempre calculadores, están fijos en mi mano sobre mi vientre, procesando una mentira que acaba de cambiar el tablero de juego para siempre.
VICTORIAEl dolor me cruzó la espalda como un hachazo. Solté la taza de té que tenía en la mano; el cristal se estrelló contra el granito de la cocina, esparciendo astillas y líquido caliente por todo el suelo. Me apoyé con ambas manos en el borde de la barra, apretando los dientes para no gritar. El estómago se me contrajo en un espasmo violento, duro como una roca.—¿Victoria? —la voz de Max retumbó desde el pasillo. Sus pasos rápidos y pesados no tardaron en llegar.Me quedé estática, esperando a que la ola de dolor disminuyera, respirando a bocanadas cortas. Cuando abrí los ojos, Max ya estaba frente a mí. Su mirada oscura barrió el suelo roto y luego se clavó en mi rostro pálido.—Empezó —articulé, con la voz ronca, forzando las palabras—. Las contracciones. Son seguidas, Max. No es como las falsas de la semana pasada.Maximiliano no dudó un solo segundo. Me tomó del brazo con firmeza, sosteniendo mi peso mientras otra punzada me obligaba a doblar las rodillas.—Camina despacio.
VICTORIA.Cuatro meses pasaron volando. La calma había regresado a la casa, y con ella, el crecimiento innegable de la vida en mi vientre. Con poco más de seis meses de embarazo, el vestido verde oscuro que elegí para la ocasión se me ceñía por completo a la barriga, redonda y prominente. Ya no había forma de ocultarlo, ni quería hacerlo.Maximiliano terminó de ajustarse el saco del traje y se colocó a mi lado en el gran recibidor de la casa. Me pasó una mano por la cintura, atrayéndome hacia él con esa posesión que mantenía intacta, mientras esperábamos la llegada de los invitados. Esta noche la casa se vestiría de gala para la familia.El timbre sonó puntual. Los primeros en cruzar la puerta fueron Valentina y Sergio. Ver a mi hermana caminar del brazo de ese mafioso todavía generaba un contraste fuerte, pero la seguridad en el rostro de Valentina y la forma en que Sergio mantenía la mirada atenta en ella dejaban claro que el terreno entre ambos estaba firme. Enzo venía con ellos, c
VICTORIACaminé rápido por el pasillo de la comisaría, sin rodeos. Empujé la puerta de la oficina del detective y entré con el abogado detrás de mí. Saqué el grabador digital del bolso y lo dejé caer sobre el escritorio.—Ahí tiene su prueba, detective —le solté—. La confesión completa de Raquel.El hombre frunció el ceño. Tomó el aparato y presionó el botón. La voz histérica de la madre de Adel llenó la oficina, admitiendo palabra por palabra que la carta era una farsa inventada para perjudicarnos. Al terminar el audio, el detective apagó el dispositivo y me miró.—¿Cómo consiguió esto, Victoria?—Eso no le importa —le corté—. Ahí está la prueba material de que la acusación es falsa. Saque a mi esposo de esa celda ahora mismo.El abogado intervino de inmediato, poniendo su carpeta sobre la mesa con autoridad.—Con esta evidencia, el cargo de homicidio calificado se cae por completo al demostrarse la falsedad de la declaración. Exijo la liberación inmediata de Maximiliano. Tramite la
VICTORIARaquel desvió la mirada por una fracción de segundo. Ese era su punto débil.—No sé de qué hablas —dijo con voz trémula.—¡Claro que lo sabes! Adel violó a mi hermana Valentina. La destrozó. ¿Y sabes qué es lo más asqueroso? Que el hijo de Valentina, el pequeño Enzo, es de Adel. Tu hijo engendró a un niño bajo el terror y la violencia. Era un monstruo, Raquel. Un parásito que vendía a su propia esposa al mejor postor en las mesas de apuestas para salvar su propio pellejo. Eso es lo que defiendes.—¡Cállate! —Raquel me soltó una bofetada limpia que me giró la cara. El golpe me ardió en la mejilla, pero no me moví. Le sostuve la mirada con los ojos inyectados en rabia, sonriendo con amargura.—Pégame todo lo que quieras. Eso no va a cambiar la verdad. Tu hijo está tres metros bajo tierra porque se lo buscó solo. Y ahora pretendes hundir a Maximiliano con una maldita carta manuscrita. Una carta que convenientemente apareció tres meses después de su muerte.Raquel respiraba agita
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