VICTORIAEl silencio que siguió a mi declaración fue tan denso que podía palparse. La mujer, con el rímel corrido y el pánico instalándose en sus pupilas, empezó a recoger sus prendas con manos torpes.—¿Cómo es posible? —balbuceó, cubriéndose el pecho con un vestido de seda arrugado—. ¿Él... él está casado? Es imposible, él me dijo que...—¿Imposible? —la interrumpí, dando un paso hacia ella que retrocedió intimidada con mi presencia—. Entonces, ¿por qué crees que tengo la llave de esta casa? ¿Crees que soy el servicio de limpieza?La chica me miró, luego miró a Maximiliano, quien seguía sentado en el borde de la cama con una calma que me resultaba insultante.—Lo... lo siento —tartamudeó ella, a punto de llorar—. Perdóname, cree…Yo... me voy. Ustedes hablen... por favor.Recogió sus tacones del suelo y salió huyendo de la habitación como si los mismos demonios la persiguieran. Por un momento me dio tristeza, senti lastima de ella, que saliera de esa forma, pero eran las cosas que te
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