Mundo de ficçãoIniciar sessãoMAXIMILIANO
—Jefe, ella ya se enteró de la deuda de su marido.
Siento una satisfacción recorriéndome la espalda. Esbozo una sonrisa leve; cada pieza del tablero se está moviendo exactamente como predije.
—Bien —respondo y cuelgo.
Todo está bajo mi control. Pero la calma me dura poco. Un mensaje de mi madre aparece en la pantalla: otra propuesta de matrimonio, otra heredera insípida que quiere unir su linaje al mío. Mi estado de ánimo se pudre al instante. Tecleo una respuesta directa, sin filtros:
«Mamá, no voy a casarme. Alguien como yo no es adecuado para el matrimonio».
Me levanto y voy hacia el mueble bar, pero ignoro el licor. Necesito la mente clara para lo que viene. Me preparo un café, negro y amargo, y bebo mientras espero que ella aparezca.
—Matrimonio… —la palabra me amarga más que la cafeína.
He sido meticuloso. Primero hice que despidieran a su marido, luego provoqué su caída en las apuestas. He cerrado cada una de sus salidas hasta dejarle un único túnel: yo. La deseo con una fuerza que me descoloca, pero casarse nunca ha estado en mis planes.
Ahora, la tengo frente a mí, sentada en esa silla. Me acerco tanto que puedo ver el temblor de sus pestañas. Mi rostro está a milímetros del suyo y mi cuerpo reacciona de inmediato; noto mi propia excitación presionando contra el pantalón.
—¿Qué tal si te vendes a mí? —le suelto, y su mirada se llena de una mezcla de horror y furia.
Victoria reacciona rápido, intenta cruzarme la cara con una bofetada, pero le sujeto la mano en el aire. Sus dedos son pequeños, delicados, atrapados en mi palma de hierro.
Ella me sostiene la mirada, aunque veo el pánico en sus pupilas. Intenta mantener su mentira hasta el final.
—No sé de qué hablas —responde con un hilo de voz.
Suelto una risa seca, sin una gota de humor. Me inclino hacia ella, invadiendo su espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclan.
—Ambos sabemos que lo de tu hermana es una mentira, Victoria. Estás haciendo todo este teatro por el patético y perdedor de tu marido. Quieres salvarle el cuello a ese ludópata.
Ella palidece. El golpe ha sido directo y certero.
—¿Cómo sabes todo eso? —me pregunta, y esta vez su voz tiembla de verdad.
—Un hombre, cuando se interesa de verdad por una mujer, se encarga de saberlo todo sobre ella —le suelto, dejando que mi mirada recorra sus labios—. Sé lo que debe, sé quiénes lo golpearon y sé que no tienes a nadie más que a mí para sacarte de este fango.
Victoria se pone de pie de un salto, intentando huir de la verdad y de mi cercanía.
—Me voy —dice, buscando la salida.
No la dejo dar ni un paso. La sujeto del brazo con firmeza, la atraigo hacia mí con un movimiento brusco y la beso. Es un beso cargado de toda la rabia y el deseo que he estado acumulando.
Ella se separa de un tirón y me cruza la cara con una bofetada que resuena en toda la oficina. Mi mejilla arde, pero eso solo alimenta mi fuego.
—¡Soy una mujer casada! —me grita, con el pecho agitado.
—Eso es lo que más me divierte —le respondo en un susurro peligroso.
Cuando intento atraparla de nuevo, ella forcejea, golpeando mi pecho con sus puños cerrados.
—¡Suéltame! ¡He dicho que no! —exclama, tratando de zafarse de mi agarre de hierro.
Sus protestas no son más que ruido para mí. La ignoro por completo. La tomo por la cintura y, con un movimiento dominante, la obligo a retroceder hasta que sus piernas chocan con el borde del sofá de cuero. La empujo hacia atrás sin dejar de besarla, haciendo que caiga sobre el asiento mientras yo me cierne sobre ella, atrapándola con mi peso.
Victoria intenta girar la cara, pero hundo mis dedos en su cabello para mantenerla fija. Mis labios vuelven a estrellarse contra los suyos con una urgencia que me quema las entrañas. Quiero borrar cualquier rastro de ese hombre de su boca. Quiero que entienda que, a partir de este segundo, sus negativas no tienen valor frente al millón de rublos que solo yo puedo darle. El beso se vuelve más profundo, más hambriento, mientras la atmósfera en la oficina se vuelve tan espesa que apenas podemos respirar.
Me presiono con más fuerza contra ella, restregando mi miembro contra su regazo, dejando que sienta cada centímetro que quiero meterle.
Victoria se estremece y, de repente, ese gemido que intentaba contener escapa de su garganta, húmedo y cargado de una respuesta que sus labios no quieren admitir.
Ese sonido me termina de desquiciar.
—¿Ves? —le susurro, hundiendo la cara en el hueco de su cuello—. Eso que acaba de salir de tu boca... eso lo provocas tú. Tú eres la que me pone así, Victoria. Tú eres la que me tiene al borde del abismo con solo mirarme.
Me muevo de nuevo sobre ella, lento, posesivo, obligándola a sentir la dureza de mi deseo mientras mis manos se clavan en sus caderas. Ya no hay marcha atrás. El contrato está firmado en el aire y el precio no son rublos, es cada gramo de su piel entregado a mi voluntad.
—No soy... soy una mujer casada —balbucea ella, pero sus acciones desmienten sus palabras.
Victoria se inclina y me muerde el labio inferior, poniéndome a gruñir con la fuerza de su agarre. No se detiene ahí; baja su boca a mi cuello, marcándome, reclamándome, con un desespero que no esperaba. Su cercanía es un incendio que consume cualquier rastro de mi autocontrol.
No puedo evitarlo más. Mis manos, hambrientas de ella, suben por su torso hasta atrapar sus pechos. Se sienten perfectos, firmes bajo la tela de su blusa, y los aprieto con fuerza, con ganas, demostrándole mis ansias y gime.
Bajo rápidamente a sus caderas, enterrando mis dedos en su carne, pegándola a mi erección para que no quede ni un milímetro de aire entre nosotros.
Me encanta su cuerpo en mis manos. La sensación de su piel respondiendo a mi tacto es la droga más potente que he probado jamás. Es mía. En este despacho, bajo este sol de mañana y con la sombra de su marido pudriéndose en un hospital, hare que mi secretaria se entregue a mi.
—Mírame —le exijo, mientras mis manos siguen recorriendo sus curvas con desesperación—. Mírame y dime que ese inútil te ha tocado alguna vez así. Dime que alguien más te ha hecho sentir este hambre.
Justo cuando mi mano se desliza por el borde de su falda, buscando su vagina, ella se tensa. Me empuja logrando separarme lo suficiente para ponerse de pie, tambaleándose, con la respiración rota y los labios hinchados por mis besos.
Se limpia la boca con el dorso de la mano, como si intentara arrancarse mi rastro de la piel. Sus ojos, antes nublados por el deseo, ahora me miran con un horror genuino.
—No... no, esto no está bien —jadea, retrocediendo hacia la puerta mientras se arregla la blusa con dedos temblorosos—. Eres un demonio, Maximiliano. Un maldito demonio.







