Mundo ficciónIniciar sesiónVICTORIA
El silencio que siguió a mi declaración fue tan denso que podía palparse. La mujer, con el rímel corrido y el pánico instalándose en sus pupilas, empezó a recoger sus prendas con manos torpes.
—¿Cómo es posible? —balbuceó, cubriéndose el pecho con un vestido de seda arrugado—. ¿Él... él está casado? Es imposible, él me dijo que...
—¿Imposible? —la interrumpí, dando un paso hacia ella que retrocedió intimidada con mi presencia—. Entonces, ¿por qué crees que tengo la llave de esta casa? ¿Crees que soy el servicio de limpieza?
La chica me miró, luego miró a Maximiliano, quien seguía sentado en el borde de la cama con una calma que me resultaba insultante.
—Lo... lo siento —tartamudeó ella, a punto de llorar—. Perdóname, cree…Yo... me voy. Ustedes hablen... por favor.
Recogió sus tacones del suelo y salió huyendo de la habitación como si los mismos demonios la persiguieran. Por un momento me dio tristeza, senti lastima de ella, que saliera de esa forma, pero eran las cosas que tenia que hacer por mi estúpido jefe.
Maximiliano no se inmutó. Se puso de pie con una lentitud, ignorando su desnudez y tenia un miembro muy grande.
Mire a otro lado mientras el buscaba su camisa
—Cada vez actúas mejor, Moronova —soltó con esa voz de barítono que siempre parecía burlarse de todo—. ¿Embarazada? ¿De dónde sacaste eso? Tienes una imaginación peligrosa. Aunque debo decir que la bofetada fue excesiva. Todavía me arde la cara.
—¿Excesiva? —mi rabia, lejos de apagarse, encontró combustible nuevo—. ¿Sabes que hoy hay una reunión de diez mil millones de dólares? Los clientes ya deberían estar sentados en la sala de conferencias, esperándote. Y tú estás aquí, hundido entre las sábanas con una mujer cuyo nombre probablemente ni siquiera sabes escribir.
Él se volvió hacia mí. Solo llevaba los pantalones puestos, la cremallera a medio subir. La luz de la mañana se filtraba por el ventanal, delineando los músculos de su torso, las sombras de sus abdominales perfectamente definidos y las cicatrices que contaban historias que yo prefería no conocer. Era una visión de poder puro, de una masculinidad cruda y violenta que, por un segundo, me dejó sin aire.
Mi mirada se detuvo en su piel un par de segundos más de lo estrictamente profesional. Él lo notó. Una sonrisa arrogante y ladeada curvó sus labios.
—¿Qué pasa, Victoria? —se burló, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Mucho mejor que tu inútil marido, ¿verdad? Al menos yo sé cómo mantener tu atención.
Fruncí el ceño, ignorando la punzada de deseo que me traicionaba en el vientre.
—¿Qué quieres decir con "inútil"? —le espeté—. No metas a Adel en esto. Él no tiene nada que ver con tu falta de ética laboral.
Maximiliano soltó una carcajada seca mientras se abotonaba los puños de la camisa de seda negra.
—¿No lo sabes? Esta sin trabajo. Un hombre que ni siquiera puede conservar un empleo mediocre en una oficina de seguros... bastante inútil, ¿no crees?
El mundo pareció detenerse. La imagen de Adel esta mañana, quejándose del "exceso de trabajo" para no ir conmigo a la clínica, me golpeó como un mazazo en el pecho.
—¿Cómo sabes que mi marido fue despedido? —pregunté, mi voz bajando a un susurro peligroso.
Maximiliano se quedó paralizado con el último botón de la camisa entre los dedos. Sus ojos, antes llenos de burla, se volvieron dos pozos de sombras indescifrables. El cazador acababa de revelar que conocía la ubicación de la presa antes de tiempo.
—Contesta, Maximiliano —insistí, dando un paso hacia él—. ¿Cómo lo sabes?
La tensión en la habitación cambió de frecuencia. Ya no se trataba de su infidelidad fingida o de mi mentira del embarazo. Se trataba de algo mucho más oscuro.
—Tenemos una reunión de diez mil millones esperándonos, Moronova. Muévete —suelta con brusquedad, dándome la espalda.
No me sirve. Maximiliano empieza a bajar las escaleras, pero yo no me quedo atrás. La duda es un ácido que me quema por dentro. ¿Cómo sabe lo de Adel? ¿Desde cuándo?
—¡Dímelo! —le grito, siguiéndolo de cerca—. ¡Maximiliano, no me dejes con la duda! ¿Qué tiene que ver mi vida personal contigo?
Él se detiene en seco a mitad de la escalera. Se gira con una rapidez que me obliga a frenar para no chocar contra su pecho, pero antes de que pueda retroceder, sus manos se estrellan contra la pared a ambos lados de mi cabeza. Estoy atrapada. El espacio entre nosotros desaparece, dejando solo el rastro de su perfume amaderado y el calor abrasador que desprende su piel.
Mis ojos se pierden en los detalles de su rostro, una geografía que he estudiado en secreto durante años. Tiene una pequeña cicatriz cerca de la ceja derecha, la mandíbula tan tensa que parece mármol y unas pestañas espesas que enmarcan esos ojos de acero que ahora mismo parecen querer devorarme. La tensión eléctrica es tan fuerte que el vello de mis brazos se eriza.
—¿Cuándo te vas a dar cuenta de que tu marido no te conviene? —su voz baja de frecuencia—. Es un imbécil, Victoria. Un fraude. —¿Qué tratas de decirme? —mi respiración es errática, mis labios están a centímetros de los suyos—. Adel tiene problemas, sí, pero es mi esposo...
—Eres una ciega —me interrumpe, y una de sus manos abandona la pared para sujetar mi mentón con una firmeza que bordea la posesión—. Ese tipo no te merece. No sabe lo que tiene entre manos. Mientras tú te desvives por construir un futuro, él se encarga de demolerlo a tus espaldas.
Me mira con una intensidad que me hace sentir desnuda, mucho más que la mujer que acaba de salir huyendo de aquí. Sus dedos en mi mandíbula queman.
—Dime la verdad —le exijo, aunque me tiemblan las piernas—. ¿Tuviste algo que ver con su despido?
Una sonrisa gélida y letal asoma en sus labios.
—Yo no provoco el fracaso de los mediocres, Victoria. Solo me encargo de que los restos no ensucien mi camino. Ahora, camina al auto si no quieres que te demuestre aquí mismo lo que es un hombre que de verdad sabe lo que quiere.
Me aparto de su toque con un movimiento brusco, sintiendo cómo la indignación me sube por la garganta. Esa manera de referirse a la gente, esa arrogancia de sentirse un dios capaz de decidir quién estorba en su camino, me revuelve el estómago.
—No me hables así, Maximiliano —le espeto, sosteniéndole la mirada a pesar de que el corazón me martillea las costillas—. No eres quién para juzgar a mi marido ni para decidir qué restos ensucian tu camino. Te exijo que me digas exactamente qué hiciste.
Él se yergue, recuperando toda su estatura, y su expresión se vuelve de una frialdad absoluta.
—A mí no me exiges nada, Victoria —su voz es un látigo—. No confundas las cosas por una bofetada que te permití darme frente a una extraña. No olvides nunca la posición que ocupamos cada uno en este juego.
Da un paso hacia abajo, obligándome a retroceder si no quiero que me pase por encima.
—Pero.
—Ahora, muévete. Tenemos un contrato esperando la firma de nuestra empresa de publicidad. Cada minuto que pierdes defendiendo a un mediocre es dinero que mi compañía deja de ganar. Y mi paciencia tiene un precio que no puedes pagar.
Pasa por mi lado sin volver a mirarme y respiro profundo porque, por mucho que lo odie en este momento, él tiene el control total. Él sabe algo que yo no, y tengo que saber lo que es.
Respiro hondo, me aliso la falda y lo sigo. El trabajo es mi única salida por ahora, aunque el precio sea venderle mi alma cada mañana al diablo que cruza la puerta delante de mí.







