MAXIMILIANO.
Me quedo ahí, suspendido en ese espacio agónico donde el beso parece inevitable, pero no cierro la distancia. Quiero que sufra un poco más. Quiero que entienda que el control, aunque ella sepa jugar muy bien, siempre termina en mis manos. Su mano sigue en mi pecho, sintiendo cómo mi corazón golpea con fuerza, y por un segundo, el silencio de la cocina es tan denso que casi se puede tocar.
—Si quieres ese beso, Maximiliano, vas a tener que ganártelo fuera de esta cocina —murmura ell