MAXIMILIANO.
Entro en mi despacho y cierro la puerta, dejando fuera el ruido y los problemas por un momento afuera. Me desabrocho el botón superior de la camisa mientras me siento frente a los monitores. Con un clic, me conecto a la videoconferencia. Los rostros de los directivos de la Fórmula 1 aparecen en pantalla. Es una reunión crucial; necesito que el plan de asistencia para el Gran Premio sea impecable para mantener a mis clientes más pesados.
—Caballeros —digo, apoyando los codos sobre e