VICTORIA.
Siento que el corazón se me va a salir del pecho cuando Maximiliano suelta esa frase, tan cruda y cargada de una posesividad que me marea. «En quitarte la ropa». Mis piernas flaquean, pero me obligo a sostenerle la mirada.
Es un hombre detestable, un demonio, pero sería una hipócrita si negara que el aroma de su colonia, esa mezcla de cuero, madera y algo peligrosamente masculino me está nublando el juicio.
Es elegante, es imponente, y la forma en que su camisa blanca se ajusta a sus