SIN SALIDA

VICTORIA

Miro a Adel y, por primera vez en años, su rostro me resulta extraño. Ya no reconozco al hombre con el que me casé.

Sin embargo no me voy, me quedo junto a el, cumpliendo mi deber aunque me duele el alma. Aunque este decepcionada profundamente.

Cuesta mantener la compostura cuando despierta, pero lo logro.

—Adel... mi amor, ¿cómo te sientes? —le pregunto, acercándome y acariciando su mano con una suavidad que me cuesta mantener—. Me tenías muerta de miedo. ¿Qué te pasó? ¿Por qué llegaste así?

Él evita mi mirada, sus ojos se mueven erráticos por la habitación.

—Me robaron, Victoria —balbucea con voz ronca—. Unos tipos me asaltaron al salir del trabajo... querían el maletín y el reloj. Se ensañaron conmigo.

Lo observo en silencio. Cada palabra es un clavo más en su ataúd. Lo he pillado en la mentira; sé que no tiene trabajo y sé quiénes le hicieron esto. La decepción me quema la garganta, pero decido soltar el anzuelo de golpe.

—¿Te robaron? Qué extraño —suelto con una calma que lo hace tensarse—. Hace una horas estuvieron aquí tres hombres. No parecían ladrones comunes, Adel. Parecían cobradores. Me dijeron que les debes un millón de rublos.

Él se queda pálido, el monitor cardíaco empieza a pitar con más fuerza.

—¿Con qué dinero estuviste apostando? —le pregunto.

—Nuestros ahorros... —susurra, hundiendo la cabeza en la almohada.

—¿Sabes que ese dinero era para tener un hijo? ¡Eran nuestros ahorros para la clínica de fertilidad! —le grito, y la rabia me desborda.

Al verse descubierto, Adel empieza a llorar de forma patética. Me suplica ayuda entre sollozos, dice que perder el trabajo lo destrozó y que solo quería multiplicar el dinero para darnos un futuro mejor.

—Unos amigos ganaron mucho, yo solo quería que tú y nuestro hijo vivieran mejor... por favor, ayúdame, no volverá a pasar. Lo hice con buenas intenciones —me ruega, intentando tomar mi mano.

Siento un asco profundo, pero verlo así, tan roto y cobarde, me dan ganas de llorar. No puedo seguir en esa habitación; el aire me falta. Salgo al pasillo y camino de un lado a otro, sintiendo que el suelo se mueve bajo mis pies. Mi mente es un caos total. Pienso en Maximiliano, pero pedirle un adelanto es absurdo; tardaría décadas en pagar esa suma con mi sueldo. Pienso en mi hermana, pero me detengo de inmediato. Valentina ya tiene suficientes problemas como para cargarle los míos, además de que me restregaría su desprecio por Adel en la cara.

Salgo del hospital con la ropa arrugada y el alma hecha jirones. Llego a casa, me doy una ducha rápida para intentar quitarme el rastro de esa noche y me cambio de ropa. Tengo que volver a la empresa, tengo que ser la asistente perfecta aunque mi vida se esté cayendo a pedazos.

Ya en el taxi, saco el teléfono. Mis dedos tiemblan mientras busco el contacto de mi suegra. Nuestra relación siempre ha sido tensa, ella nunca me consideró suficiente para su "perfecto" hijo.

—¿Diga? —responde Nadia con ese tono de superioridad que tanto detesto.

—Nadia, soy Victoria. Adel está en el hospital. Le dieron una paliza y está bastante mal. Necesito que vayas a cuidarlo porque yo tengo que trabajar.

—¿Qué? ¿En el hospital? —dice, pero en lugar de angustia, escucho reproche—. Victoria, no sé qué habrás hecho para que mi hijo terminara así, pero él es tu responsabilidad. Tú eres su esposa, tú tienes que estar ahí. Yo tengo mis planes y mis compromisos.

La rabia que he estado acumulando durante toda la noche estalla de repente. Ya no soy la nuera sumisa que baja la cabeza.

—Escúchame bien, Nadia —le contesto con una firmeza que me desconoce—. No te estoy pidiendo permiso, te estoy avisando. Tu hijo está en una camilla, solo y golpeado. Si tienes un poco de sangre en las venas, vas a ir a verlo. Yo soy la que mantiene esta casa y la que está pagando cada factura de ese hospital, así que mueve un dedo por él al menos una vez en tu vida.

Cuelgo sin darle oportunidad de replicar. No le digo ni una palabra de la deuda; no merece saber la clase de hijo que crió.

Llego a la empresa. Me esfuerzo por caminar con la espalda erguida y el rostro sereno, ocultando el temblor de mis manos. Subo al último piso. Al entrar en su oficina, me sorprende encontrarlo ya allí. Él está observando la ciudad a través del ventanal, imponente y sombrío.

—Buenos días, señor Markov —digo, intentando mantener la voz profesional.

Él ni siquiera se molesta en responder al saludo. Se gira lentamente, con esos ojos de depredador que parecen disfrutar de mi miseria.

—¿Cómo está tu marido? —suelta de forma brusca, sin rodeos.

—Fuera de peligro —respondo secamente, tratando de no mostrar debilidad.

—Bien —dice él, caminando hacia su escritorio mientras se sirve más cafe—. Porque tenemos mucho de qué platicar para la próxima campaña. El reinado de Rusia no va a organizarse solo y te necesito al cien por ciento.

Siento que el corazón me late en la garganta. Es ahora o nunca.

—Señor, antes de iniciar con la agenda, me gustaría hablar de un tema personal con usted —le digo, deteniéndome frente a su escritorio.

Él deja el vaso de cristal sobre la madera y me mira con una intensidad que me desnuda.

—Dime.

—Necesito un préstamo —suelto, apretando los puños—. Un millón de rublos.

Maximiliano se queda en silencio un segundo, procesando la cifra, y luego estalla en una carcajada gélida. Es un sonido amargo que rebota en las paredes.

—Niña, ¿sabes lo que estás diciendo? —dice, levantándose y rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí—. Un millón. ¿Sabes cuántos años tendrías que trabajar para mí para pagar eso? Es ridículo.

—Lo tengo claro, señor —respondo, intentando que no me tiemble la voz—, pero si no fuera algo de vida o muerte, no se lo estaría pidiendo.

Él se queda mirándome, analizando cada milímetro de mi expresión. Deja el vaso de café sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Para qué quieres esa cantidad de dinero, Victoria? —sabia que iba hacerme esa pregunta.

No puedo decirle que es para salvar la vida de Adel y la mía, no puedo confesarle que si no pago para el fin de semana nos van a matar a los dos. No quiero morir, no ahora que tengo tantos sueños por cumplir. Tengo que mentir.

Cierro los ojos un segundo y le pido perdón mentalmente a mi hermana por lo que voy a hacer. No tengo otra opción.

—Es un tema personal —insisto.

—¿Qué tema? —presiona él, dando un paso hacia mí.

—Mi hermana... —suelto, sintiendo una punzada de culpa—. Valentina está enferma y necesita un tratamiento urgente. Muy caro.

Maximiliano me clava una mirada fría, calculadora. Siento que no me cree, que sus ojos están leyendo la mentira que acabo de soltar, pero no retrocede.

—No tengo esa cantidad disponible para préstamos personales —dice con una indiferencia que me destroza.

—¡Por favor, señor! —le suplico, olvidando el orgullo—. Se lo ruego.

Inclina su cuerpo sobre el escritorio y entrelaza los dedos mientras me observa.

—¿Y cómo piensas pagarme? —pregunta con una sonrisa cínica.

—Con mi sueldo... iré devolviendo cada rublo mes a mes.

Él estalla en una carcajada que me humilla.

—¿Con tu sueldo? Victoria, sé realista. Ni dándome todo tu dinero durante los próximos cinco años lograrías cubrir esa cifra. Estarías muerta de hambre antes de terminar de pagarme.

El pánico me recorre la espalda. Me quedo en silencio, derrotada, esperando el "no" definitivo.

—¿Entonces qué es lo que quiere de mí? —le pregunto casi en un susurro.

Maximiliano no responde de inmediato. Se pone de pie, rodea el escritorio y se acerca a la silla donde estoy sentada. Su presencia es una sombra que lo cubre todo. Se inclina sobre mí, atrapándome entre su cuerpo y el respaldo, y me toma del mentón con una mano firme, obligándome a mirarlo.

El calor que desprende ese hombre me golpea la cara, es una mezcla de perfume caro y algo mucho más primitivo. Su cercanía es invasiva, dominante. Al estar tan cerca, con sus muslos rozando mis rodillas, noto la tensión en su cuerpo. Mis ojos bajan por un segundo y el corazón me da un vuelco porque noto su erección presionando contra la tela de su pantalón.

—Tengo una opción —susurra, y su voz vibra directamente en mi garganta debido a la cercanía—. ¿Qué tal si te vendes a mí?

Me quedo sin palabras, con el pulso martilleando en mis oídos. El deseo oscuro que brilla en sus ojos me deja claro que el precio de ese millón de rublos no se pagará en una oficina, sino entre sus sábanas. Maximiliano no quiere una empleada agradecida; quiere poseerme por completo, y sabe que me tiene exactamente donde quería: sin salida.

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