AMENAZA DE MUERTE

VICTORIA

Llego al hospital con el corazón saliéndome del pecho. No me importa nada más que encontrar respuestas inmediatas. El ambiente es pesado, pero mis pies se mueven por puro instinto hacia la recepción de urgencias y el medico que lo atendió, me informa-

—Señora Moronova, el estado de su esposo es delicado —me dice el doctor en cuanto me ve. Su tono es seco—. Tiene múltiples golpes en el cuerpo y el rostro, costillas fracturadas y una contusión fuerte en la cabeza.

—¿Pero qué le pasó? —le pregunto, sintiendo que me falta el aire—. ¿Por qué llegó así? ¿Tuvo un accidente?

El doctor niega con la cabeza.

—No lo sabemos. El paciente aún no despierta, así que no ha podido decir nada. Lo único que le puedo asegurar es que está fuera de peligro. Ya puede pasar a verlo.

Cuando entro a la habitación, me quedo paralizada. Adel está irreconocible. Tiene la cara hinchada, llena de moratones y vendas. Verlo así, tan destrozado, me duele en el alma. Me siento a su lado y las lágrimas empiezan a caer sin que pueda detenerlas. Es mi esposo, el hombre con el que estoy desde que no teníamos nada, y verlo así me rompe por completo.

Saco el teléfono con las manos temblorosas y marco el número de mi hermana. Necesito soltar esto con alguien que no sea un médico o un policía.

—¿Victoria? —responde Valentina. Su voz es plana, como siempre, libre de cualquier rastro de urgencia.

—Valentina... estoy en el hospital. Adel está destrozado, no se sabe que paso, pero hasta muy mal herido —suelto de golpe, esperando un grito o una expresión de horror.

Hay un silencio breve. Escucho cómo suspira al otro lado de la línea.

—¿Mal herido de muerte?

—No hermana, esta fuera de peligro.

—Qué lástima —dice con una frialdad que me hiela la sangre—. Qué lástima que no puedas aprovechar para deshacerte de una vez de tremendo bulto. Sería el momento ideal, Victoria.

—¡Valentina! ¿Cómo puedes decir eso? Está en una camilla, ni siquiera ha despertado.

—Te lo he dicho desde el primer día: ese hombre no me gusta. Me da mala espina, tiene algo turbio que tú te empeñas en no ver porque estás cegada con ese romanticismo de universidad. Es un estorbo en tu vida, una piedra en el zapato que solo te quita energía.

—Es mi esposo —le digo, aunque mi voz suena débil—. Y ahora me entero de algo más... Maximiliano, mi jefe, me dijo hoy que a Adel lo despidieron. Que no tiene trabajo.

Valentina suelta una risa seca, carente de humor.

—Pues créele a tu jefe. Por una vez, alguien te está diciendo la verdad en la cara.

—Es imposible, Vale. Adel sale todos los días de casa a la misma hora, con su traje, con su maletín... vuelve cansado de la oficina. Lo veo salir a trabajar cada mañana. Mi jefe debe estar confundido o solo quiere fastidiarme.

—Victoria, no seas ingenua. Que salga de casa no significa que tenga a dónde ir. Si tu jefe, que tiene ojos en todas partes, te lo dice, es por algo. Abre los ojos de una vez. Ese tipo es un parásito y te está mintiendo en la cara mientras tú te matas trabajando para pagar una clínica de fertilidad.

—No quiero hablar de esto ahora —corto, sintiendo que me duele la cabeza—. Solo quería que lo supieras.

—Ya lo sé. Avísame si se muere o si finalmente decides dejarlo en la calle. Lo segundo me daría más alegría.

Cuelga sin despedirse. Me quedo mirando el teléfono, sola en el pasillo, con la duda de Maximiliano y el desprecio de mi hermana pesándome más que los golpes de Adel.

Limpio mis lágrimas rápidamente cuando el estruendo de la puerta golpeando la pared me sobresalta. No son médicos. Tres hombres irrumpen en la pequeña habitación, llenándola con una presencia pesada y peligrosa. El que viene al frente tiene una cicatriz que le divide la ceja y una mirada que no tiene un gramo de humanidad.

—Vaya, qué escena tan conmovedora —suelta el líder con una voz que parece lija.

—¿Quiénes son ustedes? Salgan de aquí o llamo a seguridad —intento decir, pero antes de que pueda alcanzar el botón de auxilio, uno de los tipos se mueve con una rapidez que no parece humana.

Me atrapa por el cuello con una mano aplastándome contra la pared. El aire se me escapa y el pánico me nubla la vista. El otro me sujeta los brazos hacia atrás, tirando de ellos hasta que siento que mis hombros van a salirse de sitio. Me tienen inmovilizada, a merced de su violencia.

—Escúchame bien, muñeca —uno de ellos se acerca tanto que puedo oler el tabaco en su aliento. Me toma de la mandíbula, apretando mis mejillas con sus dedos—. Tu marido es un ludópata de m****a. Nos debe un millón de rublos y nuestra paciencia se agotó ayer.

—¿Un millón? —logro jadear, mientras el tipo que me sujeta el cuello aprieta un poco más—. No... no tenemos ese dinero. Mi esposo es un hombre trabajador, debe haber un error.

El hombre suelta una carcajada seca y mira a Adel en la camilla.

—¿Trabajador? Ese imbécil se ha gastado lo que no tiene en las mesas de apuestas. Y nosotros no aceptamos excusas. Esa paliza que tiene encima solo fue un recordatorio, una advertencia de cortesía para que entiendas que hablamos en serio.

—Ustedes—mis ojos se abren con horror mientras miro a Adel y luego a ellos—. Ustedes fueron los que dejaron a mi marido así.

—Sí, fuimos nosotros —responde sin rastro de arrepentimiento—. Y la próxima vez no lo vamos a dejar respirando. Si el millón de rublos no está en nuestras manos para el final de la semana, no solo lo mataremos a él. Tú también vas a terminar en una bolsa de basura.

Me sueltan de golpe y caigo al suelo, tosiendo y frotándome el cuello donde todavía siento la presión de sus dedos. El dolor en mis brazos es insoportable, pero el miedo que me recorre es mucho peor.

—Recuérdalo bien, Victoria —dice el líder antes de salir—. Un millón de rublos. Paga la deuda o ve eligiendo el color de tu ataúd.

Salen de la habitación y me quedo en el suelo, temblando, dándome cuenta de que mi vida acaba de convertirse en una pesadilla de la que no sé si voy a despertar.

Me quedo en el suelo, apoyada contra la pared fría, tratando de recuperar el aliento mientras el eco de sus amenazas todavía retumba en mis oídos. El dolor en el cuello y en los brazos es real, pero no se compara con el vacío que siento en el estómago.

—Un millón de rublos —susurro, y la cifra me suena a una sentencia de muerte.

Me levanto con dificultad y miro a Adel. Él sigue ahí, ajeno a todo, atrapado en su inconsciencia mientras el mundo que construimos se cae a pedazos. Mi mente empieza a trabajar a mil por hora, buscando una salida, una grieta por donde escapar, pero no encuentro nada.

¿De dónde voy a sacar esa cantidad de dinero?

¿O a quien acudir para que me facilite esa cantidad de dinero?

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