MAXI
Suelto una risa ronca, acomodándome la camisa con una calma que sé que la exaspera. Me quedo ahí, de pie frente al sillón, observándola como el depredador que sabe que su presa no tiene a dónde correr. El deseo sigue martilleándome las sienes, pero su insulto me divierte.
—Quizás lo sea —le respondo, dando un paso lento hacia ella—. Pero soy el único demonio que puede firmar ese cheque de un millón de rublos. Soy el único que va a evitar que tú y tu preciado marido terminen en una fosa ant