La tercera noche fue peor, la iglesia improvisada en el callo estaba llena de luces cálidas, un capellán joven sostenía un libro con manos que le temblaban de emoción y todos aplaudían muy despacio como si temieran espantar la belleza, y de pronto el piano volvía a sonar como una alarma disfrazada y alguien gritaba su nombre desde la playa y el mar se volvía una pared de ruido.
Despertó con un grito que Valentín amortiguó con un abrazo; la sostuvo, le puso la mano en la nuca, le habló bajito y