La mañana amaneció clara, aunque una gaviota lanzó un grito extraño sobre el tejado y el reloj de la sala se detuvo un instante, como un presagio sutil de que la perfección no duraría sobre Coconut Grove, con las buganvilias en orden y el olor a pan tostado saliendo de la cocina; había nervios en el aire, pero eran nervios buenos, de esos que tiemblan por promesa y no por miedo. En el salón, la mesa estaba puesta con platos sencillos, dos botellas de champán esperaban en una cubitera y un mante