El motor de la primera camioneta vibraba como un animal contenido, y en el interior se sentía la mezcla de sudor, ansiedad y humo de tabaco. Los hombres y mujeres se miraban entre sí, en silencio, sabiendo que lo que tenían enfrente podía ser su último trayecto.
Valentín iba en la cabina delantera, con el cigarro apagado entre los dedos.
El rostro estaba más delgado, los ojos más hondos.
Miró a Enzo y, sin apartar la vista del camino, murmuró.
—Si algo me pasa, te pido que te hagas cargo de Art