Cinco días después, el apartamento seguía oliendo a cloro y pólvora vieja, con la humedad atrapada en las paredes, el eco de pasos que se repetía en el piso de madera y el peso del encierro respirando con ellos como un animal invisible.
El reloj de pared marcaba horas que nadie obedecía; el sol apenas era una sospecha detrás de las persianas.
Dormían de a ratos, comían lo que podían, hablaban en susurros como si la ley los escuchara a través de las paredes.
Enzo se movía mejor.
El vendaje del b